cartas al capitán

NO ESCRIBIRÉ TORPEDO



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Imagen de Rodrigo Arahuetes

Primero que todo, porque no los conozco. No les tengo confianza alguna. ¿Desde cuándo regalo palabras yo? Las vendo, con suerte. Segundo, y quizás más importante, porque no entenderían lo que significa. Supongo que también tiene que ver con la confianza. Seguro creen que se han puesto un nombre épico y provocador, como si este guardara en su declamación insolente la explosión sin detonar del ataque submarino que corta el agua con destino incierto. Nada sospechan del significado secreto que su nombre tiene, tan lejos del mar, tan lejos de la gloria.

 

Si quisiera explicarlo, que no quiero, porque no se me da la regalada gana, tendría que hacerlo en retroceso. Comenzaría, quizás, con esa anécdota que no le he contado a nadie, en donde un catedrático me dice, con tono reprobatorio, que nunca use la palabra “mapear”, sino que en su lugar opte por “cartografiar”. Cuando le pregunté por qué, me responde, no sin cierta molestia: “Porque así es el español”. Y tenía razón, o debía tenerla, aclararía si es que se me antojara hacerlo, porque si en España un catedrático te dice que “así es” el español, pues no queda más que asumirlo como las heridas de Cristo.

 

Si ese es el español, entonces que yo he hablado una mentira toda mi vida, tendría que admitir con vergüenza. Largas noches encerrado en mi pieza, perdón, mi habitación, en ese departamento arrendado, qué digo, ese piso alquilado en los lindes de Gran Vía, pensando en el nombre del idioma que creía mío. 


 

Porque español no soy y nunca lo seré, no, ni modo, no con esta nariz de mierda, por lo que claro está que español no puedo hablar. Demasiada sangre india corroe estas venas como para fingir que digo ordenador en lugar de computador. Al final, creo que tendría que conformarme con alguna mutación histórica destinada al olvido. Quizás un francés torcido o un portugués desaliñado.

 

Habría que volver más atrás para clarificar mi duda: no, no es otro idioma, es un dialecto, como me clarificó en otra ocasión un castellano en confianza. Como quien habla de una receta de galletas, él aclaraba mi duda con una sonrisa en los labios. “Será algo dialectal”, señaló con condescendencia amorosa y educadora, al no entender una de mis expresiones animales. Claro, un asunto propio de las colonias, cómo no me di cuenta en su momento. Habrán sido los meses en barcos antes de pisar tierra firme, o el balbuceo infantil de los indios lo que habría manchado la sacrosanta lengua de los Reyes Católicos hasta hacerla degenerar en mis patatas que se llaman papas. Un dialecto, igual en categoría a todos los otros dialectos de la zona, que no pueden ponerse de acuerdo en si los frijoles han de llamarse porotos o habichuelas.

 

Pero ya con eso claro, por lo menos respiraría tranquilo. Después de todo, cuando uno asume la condición asignada es más fácil mantener el secreto de lo ignominioso escondido en un rincón, porque nadie quiere meterse allí. En su lugar, es uno el que, a fuerza de martillazos lingüísticos, termina metido en los agujeros oscuros de los demás y en una semana ya estás flipando mogollón por cualquier cosa. Se te olvida el taparrabos que cubre tus vergüenzas y por un segundo te crees gran señor, dueño de parte del virreinato que se extiende desde el norte de la chingada hasta la punta sur de la boludez.

 

Sin embargo, no dura mucho la ilusión, porque hasta en la madre patria resulta que soy expatriado entre apátridas. ¿No me daría la razón Ramón Llull y todo su linaje maldito, apretados como sardinas en unas fronteras que se les hacen demasiado estrechas para albergar ese condenado orgullo nacional huérfano? Yo, libre de toda lealtad porque soy originario del culo del planeta, como me lo confirmó un vernáculo de Girona, así lo pienso cuando contesto el teléfono, y una colombiana me trata de vender un plan de internet en catalá. “Castellano”, le imploro humillado, a medida que escucho ese rezongo ancestral por tener que rebajarse a hacer negocios en la lengua de su dueño. Al menos tenga el consuelo, hermana mía, que los dos cometemos el mismo pecado: usted, porque necesita salir a protestar el orgullo de una nación que no le pertenece, y yo porque necesito internet para hablar con mi casta perdida, allá, tan lejos, en ese agujero negro que convierte la lengua en lengüita.

 

Así pues, me guardo mi conchudo, digo, jodido secreto, de manera insolente y mezquina. Porque nada importa, al final, lo que signifiquen estas letras en un idioma apócrifo como el mío, que no lo hablan nada más que los fantasmas y Homero, digo, Homer Simpson. Ni mi propia tierra sabe explicar por qué dice lo que dice, así que por qué voy a darle yo ánimos de grandeza. No hay nada maravilloso aquí, así que quédense con su emblema rupturista que raja el alba del porvenir con la estela marina que deja a su paso. Yo me quedo con la otra versión, esa que hace de las armas un montón de garabatos en papel.

Incluído en el Torpedo Nº1: Iniciación a la Literatura Submarina.

Febrero de 2018.



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