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El gato Filomenus

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Ilustrado por Deivid Sainz

Pido permiso para subir al puente de mando.

 

— Adelante — responde la voz del comandante.

 

Trepo por la escalera, me aseguro con el arnés y salgo al exterior donde soy asaltado por el rugido del viento y un frío impregnado de humedad. Me amarro con las dos manos al resbaladizo metal de la barandilla y presencio la proa del submarino abriendo un pasillo entre la bruma del Atlántico Norte, navegando a ciegas, sin ver horizonte, la quilla restregándose sobre la superficie del océano a diez o doce nudos. Saludo al navegante y al viejo, ambos, codo a codo en cubierta, con pesados chubasqueros de goma sobre pulóveres carcomidos y botas con suela de corcho, los rostros azotados por escupitajos salados provenientes del oleaje que acomete repetidamente contra el metal del sumergible. El viejo tiene la tez amarillenta, ojos grandes e intensos y una cicatriz en el labio. El navegante, una nariz combada de aire semita y un cabello fosilizado y brillante. Sus facciones denotan que desde nuestra partida del puerto fortificado de Lorient, cinco semanas atrás, no hemos hundido ni una tonelada.

 

Algo extraño ha detectado el operador del sonar y hemos emergido en medio del cuadrante

H65 a trescientas cincuenta millas de Groenlandia, tras semanas como percas en una pecera, rastreando en busca de fantasmales convoyes.

 

— ¡Por Júpiter, oigo una hélice! — exclama el navegante y enfocamos, el capitán y yo, nuestros prismáticos hacia el frente, como si las lentes de nuestros gemelos amplificaran el sonido.

 

Una fuerte ráfaga de aire helado disipa la neblina y presenciamos el lento rotar de cuatro aspas de una hélice de bronce del tamaño de un edificio de dos plantas girando lentamente sobre lo que debió ser un carguero de primera clase. No vemos el resto del barco, sumergido, solo la popa se mantiene, milagrosamente, en vertical sobre el mar, como si la hélice, con su girar, mantuviera al cachalote metálico sobre la superficie, como una pinza pellizcando in extremis una enorme toalla empapada, como si el aleteo de una mariposa pudiera sostener a un elefante. Alrededor flotan incendios de aceite y combustible, huele a madera ardiendo.

 

— Un carguero clase Cyclon — explica el navegante.

—Treinta y cinco mil toneladas…

— No durará mucho, — confirma el viejo— un tanque inundado más y va para abajo.

— ¿Quién lo ha torpedeado? — pregunto.

 

El comandante encoge sus hombros huesudos.

 

— Werner se encuentra a 100 millas de aquí y nosotros no hemos sido.

 

El viejo sigue con los binóculos hacia donde apunta el índice del navegante, alzándolos

repetidamente como si no diera crédito.

 

— ¿Y eso? Junto a la hélice.

 

Algo, en efecto, se mueve allá arriba, sujeto a una inestable baranda.

 

— Avante media. Nos acercamos.

— El buque se quiebra, cuidado capitán.

— ¡Avante media, he dicho! — Un extraño fulgor chisporrotea en sus ojos.

 

El submarino se aproxima cuando el carguero, en medio de tres o cuatro sordas explosiones procedentes de las profundidades, se eleva como si cogiera impulso, para hundirse a la velocidad de una cerilla incendiada. Al menos una sala de máquinas continua en funcionamiento bajo toneladas de agua pues la hélice sigue girando cuando la perdemos de vista.

 

— ¿No habrá maquinistas vivos? — pregunto en voz casi inaudible, imaginando con horror a un humano a oscuras en una sala estanca descendiendo hacia el fondo del mar, sin posibilidad de salvación, tan solo aguardando el abismo. Del buque desaparecido queda chatarra flotante, unas pocas manchas en llamas y un oleaje bamboleando peligrosamente al submarino.

 

— ¿Dónde está el capitán? — digo mirando a mi espalda.

— ¡Por Júpiter, ha caído al agua!

 

El viejo nada desorientado.

 

— ¡Rápido, un salvavidas!

 

El comandante bracea en dirección contraria.

 

— ¿Qué hace?

 

Los marineros lo atrapan a la increíble distancia de cincuenta metros del submarino y lo suben a una balsa neumática.

 

Con la piel morada por el frío sus ojos febriles señalan los restos del naufragio.

 

— ¿Capitán, ha perdido el juicio?

— Allí, allí, allí — dice. —¡Está allí!

 

Algo chapotea a pocas brazas, ¿es el individuo de la popa, un superviviente entre el desastre?

 

Es un gato.

 

Los primeros días, saltándose los protocolos de la armada, el capitán introduce al minino en el submarino, lo seca, lo desparasita, lo alimenta y lo cuida como el hijo pródigo de la parábola. De nombre le pone Filomenus. Como un apéndice de su cabeza lo lleva encaramado a la espalda, con los bigotes cosquilleándole los oídos. También se le puede ver con el gato en el regazo, presionándole las almohadillas de los pies con ternura maternal. A ratos lo suelta para que, como una emperatriz, se pasee sobre las bombas de presión del aceite, sortee con elegancia las palancas de los timones de profundidad o duerma sobre la mesa de cartografía para fastidio del navegante. Cuando se aventura por los pasillos los marineros compiten en captar su atención, ofreciéndole comida que tras oler acostumbra a desdeñar; si alguno consigue un mimo se siente tan importante que corre a contárselo a los compañeros o a fijarlo en correspondencia a los familiares.

Al séptimo día despierto en mi litera, entre sudores, con un mal presentimiento. Suena Ich stand einst unterm Fenster einer Señorita de Gay Lombardo en el hilo musical. Consulto el reloj, son las tres de la madrugada; la luz artificial, siempre encendida, recorre el submarino de proa a popa. Pongo los pies en el suelo y me desplazo hacia la central.

 

Del techo cuelgan chorizos y plátanos que sorteo como puedo. El olor en los pasillos es nauseabundo y uno nunca termina de acostumbrarse. Me cruzo con un par de tripulantes. Todos tenemos barba, llevamos más de un mes sin ducharnos y aspecto de haber sobrevivido a un experimento médico. Hace poco el enfermero detectó extrañas costras en las axilas de algunos marineros, ladillas y piojos. Nuestro buque es una especie

de laboratorio bacteriológico sumergido.

 

A medio pasillo encuentro a Filomenus y me pongo de cuclillas a acariciarlo. Tiene las orejas levantadas y desea mimos. Sus ojos son dos deflagraciones de color cambiante, leche-miel o verde-amarillo, pequeñas estrellas circundando en implosión pupilas negrísimas: me estudia y toma la decisión de depositar en la cuenca de mi mano su suave y caprichosa cabeza. Es entonces cuando me fijo en el collar: una mano temblorosa ha

inscrito las siglas U-579, nuestro submarino, a la cola de un ciempiés formado por otros nombres de barcos. El gato se roza con mis rodillas, ronronea y la baba le cae en perlas por el bigote. En el anverso y reverso del collar de cuero leo: Sultana, SMS Gneisenau, Ertuğrul, Utopia, Regina Margherita y HMT Cameronia. En la cinta de cuero, tras U-579, aún hay espacio para algún nombre más.

 

Siento el tableteo de unos pasos y cuando me incorporo tengo la mirada vidriosa del capitán frente a mí. Lleva una mano en el bolsillo y en la otra una pistola. Estamos solos y la bombilla de luz mortecina tintinea. El gato le trepa hasta la espalda y se estira sobre su cuello como un gimnasta, bosteza, aprieta los ojos y me observa como si yo fuera un planisferio del espacio exterior. La mirada del comandante no resulta muy distinta.

 

— ¿Todo bien, capitán? — tartamudeo, inquieto, por la presencia del arma.

 

El comandante no me entiende.

 

— Señor, tiene la Luger en la mano.

— ¿La Luger?

— Sí, lleva la pistola desenfundada.

 

El viejo se contempla la mano y luego las pupilas dilatadísimas de Filomenus, buscando explicación. El felino bosteza de nuevo, alarga una patita y las uñas le asoman como puntas de compás.

 

— Será mejor que la guarde en mi camarote — dice finalmente.

 

Me da la espalda y se aleja con el felino en los omoplatos, su graciosa testa fija en mí, sus ojos en llamas siendo lo último en desaparecer por el pasillo.

 

Al cabo de pocos días la situación degenera. El viejo ha intentado torpedear un convoy repleto de destructores a plena luz del día contraviniendo las más elementales normas de la guerra submarina. Todos nuestros disparos fallan y lo sucesivo es una inmersión de emergencia y dieciséis horas de terror con cargas de profundidad estallando por todas partes. Volvemos a superficie de milagro. Nuestro antaño precavido capitán ha mutado en lobo suicida. 

 

El malestar se incrementa tras dos innecesarias inmersiones de resistencia en las que, por suerte, nos hemos posado sobre el lecho marino. Ciento cuarenta metros y ciento sesenta metros cuando los fabricantes garantizan la viabilidad del sumergible hasta 90. Nadie acaba de entender hasta donde quería nuestro capitán hacer descender el submarino. Da órdenes con el gato aovillado sobre la nuca y corre el rumor de que ha perdido el norte.

 

Una semana después detectamos un convoy fuertemente armado y el comandante manda ataque de superficie a las diez de la mañana. La oficialidad protesta y parte de la tripulación va más allá y se amotina. Tenemos que defender al viejo (al fin y al cabo es el comandante) y se efectúan algunos disparos. Dos cabecillas (Johan, el operador de radio y Krupp, el ayudante del oficial Diesel) mueren y sus cuerpos son arrojados al mar. Doce tripulantes son esposados a tuberías lo largo del buque, como si fueran animales de carga a la espera de fardos. La situación es dantesca, nunca antes parte de la tripulación de un navío del Reich se ha alzado contra su capitán. El viejo se niega a regresar a puerto y ordena instalar una plancha de madera en la cubierta, al lado del antiaéreo de ochenta y ocho milímetros para hacerles el paseíllo a los amotinados como en un barco pirata del siglo dieciocho. Se lo quitamos de la cabeza durante el desayuno pero algunos de sus defensores empezamos a sospechar que nos hemos equivocado de bando.

 

Al día siguiente el capitán se pasea por la central con aspecto insomne, una mano en el bolsillo y la otra acariciando los suaves piececillos de Filomenus, posado, como casi siempre, sobre su nuca.

 

— Inmersión — dice de repente.

 

El navegante entorna los ojos. Otro descenso inútil. El submarino se pone a trabajar a regañadientes. La maniobra es siempre igual pero la tripulación disponible se ha reducido casi a la mitad. La orden sale del puente, la batería antiaérea se resguarda en la torre, las diesel paran máquinas, la eléctrica coge el relevo, los tubos de escape se cierran y la orden continúa su itinerario hasta que el último oficial de guardia bloquea la portezuela de seguridad por donde acaba de descender. Todo queda cerrado a presión.

 

Filomenus lanza un perezoso maullido y el comandante dice:

 

— A proa arriba diez, a popa arriba quince.

 

Las válvulas de las cámaras dejan escapar el aire que sostiene la nave y esta empieza el descenso en medio de un sonido de pesadilla. Al cabo de un rato ya no se oye el chapoteo de las olas contra el casco ni el rumor de los motores de combustión, solo un zumbido eléctrico y el silencio del fondo del mar.

 

— Sumergidos, señor.

 

— Cincuenta metros.

 

El gato maúlla y el capitán indica descender más.

 

— Ochenta metros.

 

Los ojos del gato, verdes como crisolita, cambian a amarillos y luego al color claro de

la albura de un árbol. Desde su privilegiada posición en los hombros del comandante nos

observa. En la central estamos el ingeniero, el navegante, nuestro artillero, dos técnicos

y yo.

 

— Ciento treinta metros.

 

Nadie sabe lo que soporta un submarino tipo VII-C. Los que superaron la cifra fatal nunca

volvieron para dárnosla y los que volvieron no pueden asegurar haber llegado a la

profundidad máxima.

 

Un sonido a metal oxidado nos atraviesa de la gorra a las botas. El navío se estremece.

 

A alguien le castañetean los dientes, pero el viejo continúa su trance.

 

— Ciento setenta metros.

— Capitán…

 

No tocamos fondo porque estamos sobre un foso de trece mil pies. Empiezan a saltar remaches como champán descorchado y las bombas se ponen en funcionamiento para contrarrestar las vías de agua. Músculos en tensión y respiraciones largas.

 

Otro maullido.

 

— Ciento noventa metros.

 

Un velo cubre los antaño brillantes ojos del capitán.

 

— Doscientos diez metros.

 

La estructura del sumergible vibra bajo toneladas de peso y las luces se apagan; la histeria recorre los pasillos.

 

— Doscientos treinta metros.

 

En la oscuridad, en medio de los crujidos escucho susurrar al navegante y al ingeniero.

 

Van a actuar.

 

— Doscientos cincuenta metros.

 

Un estruendo terrible. Los chorros de agua entran por doquier, como duchas instaladas

por un fontanero loco, y la presión en los oídos se torna insoportable.

 

— ¡Por todos los dioses del Olimpo, capitán! ¡El buque se pierde!

 

Otro maullido. A oscuras, los brillantes ojos de Filomenus indican donde está el viejo.

 

— Doscientos sesenta metros.

 

Escucho un forcejeo, gritos, el capitán está en el suelo. Se queja.

 

Habla el navegante. — ¡A superficie! ¡Rápido, todo el mundo a popa!

 

El submarino se endereza, la proa se orienta hacia arriba e iniciamos el ascenso salvador gracias al contrapeso y a los motores eléctricos de setecientos cincuenta caballos.

 

Tardamos seis larguísimos minutos en regresar al mundo de los vivos. El capitán, junto a Filomenus, es encerrado en el camarote de comandancia.

 

Nos hemos librado. Permitimos a los prisioneros volver a sus puestos e intentamos recobrar cierta normalidad. El navegante toma el mando. Treinta minutos después, de los bajos de la puerta del camarote escapa un humo negro que pronto invade hasta el último rincón del submarino. Se paran máquinas y se reparten máscaras antigás que se empañan en cuanto nos las ponemos. Abrimos escotillas, incluidas las de la cocina y evacuamos momentáneamente al personal prescindible a cubierta. Desatrancamos la puerta del camarote y apagamos el fuego con un extintor. Sacamos el cadáver medio carbonizado del capitán, apenas pesa cincuenta quilos. No hay rastro del gato.

 

Necesito respirar. Trepo por la escalerilla, subo a cubierta y me quito la mascara. Como danzantes borrachos la tripulación hace aspavientos y tose al aire libre. El mar está calmo y no hay nubes, el cielo se asemeja a una sábana.

 

— ¡Agarraos a las barandillas,mamarrachos, u os perderéis! — grita el navegante con los ojos fuera de órbita.

 

El tropiezo de un par de marineros no es lo único que le preocupa. Estamos varados en medio del mar en una zona infestada de aviones enemigos. Cuadrante H72. El cielo está despejado como el plato de un mendigo y una columna de humo oscuro se eleva indicando nuestra posición. Todo ha sucedido deprisa y somos un blanco perfecto.

 

— Debemos sumergirnos — apremia el navegante.

 

Entonces Zörner, uno de los fogoneros de la eléctrica, señala un puntito negro en el horizonte, empieza a gritar y se desencadena el caos: treinta personas luchan por bajar por la escotilla. El sonido del bombardero, un Mosquito o un Bristol, llega un minuto antes de que empiecen a caer las bombas. Algunos empiezan a poner en funcionamiento el ochenta y ocho y otros lanzan un bote neumático, pero la primera bomba impacta en la torre de mando y salimos despedidos al mar en direcciones aleatorias. Gritos.

 

Un sucedáneo de mi cadáver se sumerge en las eléctricas y heladas aguas de Groenlandia.

 

Contra pronóstico aún no estoy muerto y la adrenalina, como un chute triple de Pervitín, activa mis extremidades y me obliga sacar la cabeza para respirar. Los muchachos han desaparecido, también el navegante. El océano Atlántico está accediendo al U-579 por un boquete del tamaño de un Kübelwagen y ochocientas toneladas de acero aleado, maderamen y wolframio se hunden en cuestión de segundos entre enormes burbujas blancas. Antes de hacerme a la idea, mis brazos se agarran al lateral de la barca de salvamento y me desparramo sobre lonas y pertrechos. El avión se aleja. Donde flotaba un orgulloso ejemplar de la Kriegsmarine ahora no hay más que el oleaje sobre el que se columpia mi bote. Solo, sin apenas sustento, con la ropa mojada, sin previsión de ayuda, pienso en el gato y su collar, y en nuestro nombre inscrito al final de una larga lista de buques.

 

Epílogo...

 

Cuaderno de bitácora del destructor británico HMS Intrepide.

 

11/10 Mar picado. Visibilidad restringida.

 

12/10 Sin novedad en ruta.

 

13/10 Cuadrante H71. Sin novedad en ruta.

 

14/10 Sin novedad en ruta.

 

15/10 Avistamos bombardero amigo.

 

16/10 Cuadrante H72. Hallamos lancha de salvamento alemana con el cadáver congelado de un tripulante.

Pertenece al U-579. Bajo las lonas hallamos un gato vivo. Tirita de frío.

El capitán lo ha tomado bajo su protección y lo ha llamado Filomenus.


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