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Árboles


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Imagen de Gabriel Piñero

Abro los ojos: el mismo espectáculo desolador de siempre. No me molestaré en describirlo. Noto una ligera resaca y un sudor frío que me llega hasta los pies. Ya me lo dijeron mis vecinos de abajo: estoy en baja forma. Por el agujero de buey del baño, al que mi casera llamó con sorna “la ventana”, veo, a lo lejos, gente pasar. Parecen preocupados. Caminan deprisa con un café en la mano y tecleando el móvil con el otro.  Me siento como un cadáver en un mundo muerto. Estoy en mi sitio.

Mi novia llega a casa una hora después. Hacía dos semanas que no la veía. Practica, me dijo, el anarquismo emocional. Es decir, que se folla a quien quiere y después se viene a casa a tomar el café conmigo y a hablar. Me parece muy bien. Siempre trae su café ecológico y su cafetera italiana, lo cual simplifica bastante nuestra relación. En realidad, siento una fuerte admiración hacia ella: Patricia y sus compañeros han ocupado un solar que se usaba de vertedero, lo han limpiado y han creado un huerto urbano. Lo que pasa es que algunos vecinos se dedican a arrancar las plantas de raíz, a robar las herramientas y el abono que encuentran y, algunos, directamente pisan y rompen todo a su paso.  Con que, básicamente, se dedican semana a semana, a reparar con estoicismo lo que les han roto y a reponer lo robado. Es un mundo difícil…

 

Salgo a pasear con una energía impropia de mí. Será el café ecológico. Ella se fue a preparar chorizos veganos con sus amigos para recaudar dinero. Organizan una fiesta. Siempre están comprando latas de cerveza en el Eroski para luego venderlas y preparando comida vegana para sus fiestas, que son de lo más divertidas. El otro día, una chica se puso a hablar sobre los refugiados y para ello empezó a quitarse la ropa. Al final, acabó reivindicando los “coños al viento, los coños salados, los coños en mata…”. Me recordó a la película Abierto hasta el amanecer.  Después de aquello, los refugiados dormirían más tranquilos en su lodazal. Eso seguro.

 

Por la calle, me doy cuenta de que un nuevo movimiento está perturbando el espíritu cívico de esta ciudad dormida. Unos tipos se han hundido los pies en un montón de tierra, la han humedecido con un poco de agua y se han dispuesto en forma de cruz. La gente evita el contacto con sus ojos, pero ellos siguen a lo suyo, con la mirada perdida en el horizonte gris de la ciudad. El movimiento se extiende por distintos barrios. Cuando la policía se decide a tratar con su habitual dulzura —empujones y porrazos— el asunto, los tipos ya han echado raíces. Las aceras se han empezado a levantar.

Mucha gente del barrio sale a regarles aunque el Ayuntamiento haya prohibido cualquier tipo de apoyo para este grupo de radicales antisistema. Algunos ponen hojas secas en su pedazo de tierra para mantener la humedad y otros han plantado un bioindicador a su lado para saber cuándo necesitan agua. En fin, que la gente se ha volcado con ellos. Era cuestión de encontrar la fórmula para que sus acciones tuvieran incidencia en la ciudad y sus barrios. Poco a poco, florecen las primeras ramas.

 

El tiempo pasa y barrios enteros se llenan de árboles de todas las formas y tamaños. El Ayuntamiento sigue su particular batalla. No quiere dañar su imagen arrancándolos de cuajo, así que se dedica a tareas más ladinas: a cortar las fuentes de agua pública y a subir las tarifas del agua en las casas. Esta gente sabe lo que hace.

 

Mi novia también se ha plantado. Ella y sus compañeros lo tenían claro. Les jodió que no se les hubiera ocurrido a ellos.

Llueve y los árboles crecen. Año tras año. Castaños, cerezos, manzanos, olivos... van ocupando la ciudad.

 

He ido cada semana en los últimos años a regar a Patricia. Es primavera y las flores blancas del almendro han crecido por sus ramas. Le digo que, por fin, gracias a ellos, se puede vivir en esta ciudad. Entonces veo unos hombres grises, con la cabeza rapada, que se acercan en una camioneta. Los últimos vestigios de unas fuerzas del estado en plena decadencia. Sacan del vehículo un juego de hachas que les ha cedido, amablemente, el alcalde. Las afilan y observan cómo  tiemblan las ramas de los árboles. Clavan sus hachas en los más débiles. Se escuchan gruñidos. Y ellos ríen, y ríen y ríen.

 

Abro los ojos: un paisaje de árboles talados se extiende por el barrio. La gente que queda pasea, nerviosa, con el café en una mano y tecleando el móvil en la otra. Todo ha vuelto a la normalidad. Me encojo de hombros y cuando decido volver al sofá, veo, a lo lejos, a un niño dispuesto en cruz, con la mirada fija en el horizonte. No debe de tener más de nueve años. Unos hombres de gris se le acercan, ponen un poco más de odio en sus corazones y empiezan a afilar sus hachas.


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