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Mal viaje


gabriel piñero fotografo saldias cuento mal viaje
Imagen de Gabriel Piñero

Se ha despertado en el vertedero. Debe ser media noche, pero sus ojos, acostumbrados a la penumbra, no se pierden: allí está el sendero que lleva hacia los cerros de basura que descargan los camiones por la tarde; en dirección opuesta, Antofagasta. Los automóviles se difuminan a la distancia. Pocos, algunos perdidos o perdedores que frecuentan la periferia para deshacerse de algo o de alguien. No los conoce, ellos tampoco a él. Es una mancha entre las jeringas usadas. El viento costero le despeina y revela su rostro magullado a las estrellas. Cara sucia, ropa vieja, espalda manchada de barro y suciedad, olor a axila, pero, dentro de todo, en las tripas que es lo que cuenta, una angustia suprema por meterse algo, lo que sea. El sudor frío lo levantó de la tumba donde el compadre José lo había dejado después de inscribirse en el programa: un sepulcro casero, pero familiar, literalmente un hoyo en la tierra para morirse en vida, bien volado.

 

Deambula sin dirección, sintiendo al máximo esa modorra asesina que lo guía como por entre nubes de desechos plásticos y revistas viejas. Se pregunta si es que le pagarán y de repente siente ganas de matar. Se golpea en el rostro para calmarse y se repite que es una cosa del gobierno, que ellos se harán responsables. Lo verá en el consultorio, se dice. Allí le dirán cómo hacer para cobrar.

 

Se apoya sobre un montón de basura, clavándose las puntas en desuso de una burguesía que duerme muy, muy lejos, y mira hacia el mar, aburrido. Este le escupe sal sobre los labios, sal que le recuerda el saborcito carcelario de un buen lo que sea. Ya ni le importa. Se metería lo que fuera con tal de dejar de sentir el frío jodido de Antofa, que lo ultraja con su declaración de realidad indiscutible. “De esta no te escapas, Chico”, pareciera decirle: “aquí te vas a morir y tus huesos se van a fundir con los envases de Tetrapak. A dormir en la basura, Chico: que la tripa se te achique como un agujero negro y te trague junto a esta noche Antofagastina. Ahógate en el espacio que pudiste ocupar y que dejas vacante, hoy, esta noche, implosiona de una vez”.

 

De rodillas sobre una mesa rota, llora sin lágrimas. Más bien, hace el gesto de llorar: imita el lamento de una vieja gorda que vio una vez en la casa de una tía, en la televisión, miles de años atrás. No le resulta, ni él mismo se lo cree. ¿Y por qué habría de llorar, también? ¿Por un hijo muerto o una mujer perdida? ¿Por su mala infancia? ¿A quién le importan esas superficialidades? Sería un gran gesto de estúpida infamia juzgar el llanto mudo de un hombre, piensa alguien, a partir de cinco minutos de conocerlo, como si con tres párrafos de su vida uno pudiera desprender la novela entera de esas lágrimas ausentes. Nada, el Chico lo sabe, y por eso se lo dice al mar, con ojos secos y mirada cortopunzante:

 

gabriel piñero fotografo saldias cuento mal viaje
Imagen de Gabriel Piñero

– ¿Y qué mierda sabes tú?

 

Las luces del centro de Antofagasta nunca se apagan: sugerentes carteles de neón inundan calles anchas y limpias, paseos peatonales adornados con flores de la temporada y pintorescos cafés con mesas exteriores en donde las familias disfrutan de los lujos costeros. A la salida de uno de los muchos cines del balneario, una niña comenta con algarabía incontenida:

 

– ¡Estuvo genial! Me tocó ver a través de una señora que lavaba ropa todo el día. Tenía muchas gallinas y como nueve hijos. ¡Nueve!

– Vaya –comenta su madre, con una sonrisa satisfecha en el rostro: – Y a ti, Juan Guillermo, ¿qué vida te tocó seguir?

Un vendedor de helados –respondió decepcionado el adolescente: – Me pasó lo mismo cuando fuimos a Roma. Siempre me tocan vendedores de helados que se suben a las micros o que venden en las esquinas. Ninguna gracia.

– Bueno, serán los que más se prestan para esto, supongo. En lo que respecta a mí, me tocó un borrachín de lo más simpático. Decía unas cosas, ay, que no lo puedo ni repetir, pero era para morirse de la risa. Bailaba y todo.

 

 

La alegría general se mantuvo durante todo el camino de regreso al hotel. Los niños reían y continuaban comentando sus experiencias a viva voz mientras su madre compraba comida para la familia. Su padre, por otro lado, permaneció taciturno y callado durante todo el trayecto. Nada dijo frente a las preguntas de sus infantes, y cuando su mujer, finalmente cansada de su mutismo lo increpó en el lecho matrimonial, el muy blando se echó a llorar como una colegiala. Qué manera de arruinar unas perfectas vacaciones.


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