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Los que regresan a Omelas



gabriel piñero fotografo gabriel saldias cuento omelas
Imagen de Gabriel Piñero

Cinco de marzo. Esa fue la fecha en que abandonamos la ciudad. Efectivamente, a través del paso sur. Silvia llevaba a las niñas en brazos y yo cargaba los bolsos. Sí, así es señor, los tres. Nadia nació estando afuera. Diez años. No, primera vez que regresamos. Porque… bueno, no lo sé. Claro, entiendo. Déjeme ver, déjeme pensar. Porque las cosas no salieron como lo creíamos, supongo.

 

Si me permite hablar, se lo explicaré. Vivíamos en el centro, en la calle a la orilla del río, ¿sí? La misma vida de cualquier omelita. Usted sabe como es aquí, o como era entonces al menos. ¿Para qué le voy a relatar los gozos, los privilegios de la vida que usted mismo lleva? No, no es sarcasmo, señor, es la más pura verdad. No quiero narrarle la felicidad a quién ya la conoció, a quién todavía la conoce. Esa certeza solo debemos tenerla los que hemos estado afuera, ¿sabe? Por eso volvemos, porque no podemos olvidar.

 

¿Puedo hacerle una pregunta? No, claro. Claro. Usted manda: sí, la vida afuera no fue lo que esperábamos. ¿Tengo que decir estas cosas? ¿Me están grabando? Bueno, lo digo, no tengo nada que perder. La noche que decidimos irnos, Silvia acababa de regresar de su turno de servicio. 


Había llorado todo el camino hasta la casa y, en cuanto abrió la puerta, supe que la situación no daba para más. Yo también había tenido mis dudas, no le mentiré. Un par de meses antes tuve que rendir servicio a una nueva niña. La acababan de encerrar en el sótano y creo que fui uno de los primeros en verla doblada sobre un estómago inflado, casi calva, tuerta y babeando. En lugar de tomar la escudilla con el alimento que acababa de dejar en el suelo, se aferró a mi pierna y sollozó en voz baja, como los perros cuando se sienten solos. Temblaba como una hoja, no sé si de frío o de miedo. No habría tenido más de seis años. Después de eso, no sé, no pude dormir más. Digo la verdad, no dormí por meses. Cuando Silvia explotó, aguantándose los gritos para no despertar a las niñas, la abracé y le dije que entendía, que no tenía que darme más explicaciones. A la semana siguiente, ya estábamos en ruta. Ni si quiera miramos atrás.

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Imagen de Gabriel Piñero

Nos acogieron unos tíos lejanos que vivían en una granja hacia el sur, y de ahí nos hicimos camino a través de las montañas en calidad de refugiados. Sí, efectivamente, así nos abrieron las puertas. Fue entonces que nos enteramos del éxodo de omelitas que lleva más de medio siglo sucediendo. Ustedes lo sabían, ¿no es así? Y nunca dijeron nada. Claro, perdón, sí, pregunte. Ah, no. Al principio creíamos haber tomado una buena decisión. Las niñas fueron a la escuela, aprendieron a vestirse y a socializar. Yo me dediqué a la panadería y Silvia a remendar ropa. No era una vida lujosa, eso es seguro, pero por un tiempo, estuvo bien: no pasábamos hambre ni grandes penurias. Nosotros sobrevivíamos, eso era seguro, pero a nuestro alrededor, las cosas no marchaban tan espléndidamente. Y no me refiero a los otros refugiados. La vida en Omelas lo prepara a uno, lo vuelve eficiente, práctico, refinado. A raíz de esto, el mundo de afuera nos recibe con los brazos abiertos y nos abre las puertas a sus más exquisitos y delicados manjares. Somos, en gran medida, los mejores ciudadanos de un país que no nos pertenece.

 

Pero ¿y los demás? Yo no sé si usted está al tanto de esto, pero afuera, más allá de los Verdes Campos de Omelas, la gente muere en la mierda. No exagero: asesinados o asfixiados en la calle, sus cuerpos amontonados en los rincones, devorados por moscas y ratas. Gente buena, no crea que lo estoy exagerando: gente decente, digna, noble, niños, hombres, mujeres y ancianos. Hacinados, maltratados, enfermos, ignorantes, tristes, así mueren miles, día a día, más allá de las fronteras de Omelas. Y usted quizás piense que se trate de sacrificios, como los que aquí se estilan, pero estaría equivocado. La lógica trastornada de Omelas es un privilegio allá afuera, créame: ojalá los infantes nacieran deformes para entregar felicidad a sus familiares y vecinos, ojalá los niños fueran maltratados para bendecir con sus cicatrices a las ninfas desnudas que ríen mientras se bañan en las límpidas aguas del río. No, tal cosa es una fantasía. Allá afuera, el sufrimiento no obedece a ningún principio de caridad o solidaridad humana, sino que se esparce, como una enfermedad, sin ofrecer misericordia alguna al desafortunado. De hecho, mientras peor son las condiciones de la persona, más altas son sus probabilidades de sufrir. Gente decente, se lo digo, buenas personas, destruidas por una bacteria asesina o un padre alcohólico. Es espantoso, es inmoral.

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Imagen de Gabriel Piñero

Frente a esto, ¿usted qué habría hecho? Se lo pregunto, porque lo veo ahí tan cómodo en su sillón, que la curiosidad me corroe. No tengo que indagar mucho para saber, a ciencia cierta, que usted jamás ha dejado Omelas, ¿me equivoco? Claro que no. Demasiado íntegro, perfectamente holístico. No tiene las cicatrices del exterior, le falta el espíritu quebrantado de los que hemos vivido en el páramo. Y eso que el páramo ha sido benevolente con nosotros, por eso estamos aquí ahora. Haga el esfuerzo e intente imaginar todo esto que le narro y dígame si es que usted no habría vuelto también. Dígame, de verdad, se lo ruego, ¿no habría regresado también, con la cola entre las piernas, a rogar por un poco de la miseria que despreció inicialmente?

 

¿Cómo dice? No, no tema, que en este cuerpo ya no queda ni un gramo de idealismo. Silvia le dirá lo mismo. Una vez que nació Nadia, el regresar se volvió urgente. Nadia, verá usted, no es de aquí, ella nació en el barro, en la mierda, junto a todos los demás, por lo que sus oportunidades de ser feliz son cada vez menores. El año pasado casi la perdimos a causa de una peste que la dejó paralizada de un costado. Ahora cojea al caminar y no habla muy bien, pero al menos está viva. Otros no tuvieron tanta suerte. Por eso estamos de vuelta, ¿lo ve? Porque nos dimos cuenta de que es mejor un calvario planificado que uno impredecible. Nos hemos vuelto pragmáticos, compañero y la indignación se ha vuelto un lujo demasiado caro como para poder ostentarlo. Prohibitivo, sépalo.

 

Así que, ¿podemos entrar? Estamos arrepentidos, no le quepa la menor duda. Sí, también estamos al tanto de la alta demanda que hay por volver. Incluso cuando acabábamos de salir, recuerdo a algunos que anhelaban crear vías para el retorno. Traidores, pensé entonces, pero ya no lo pienso así. A juzgar por estas gigantescas aduanas, creo que lograron su cometido. Nosotros estamos agradecidos de su benevolencia, agradecidos de verdad por tener una segunda oportunidad, de verdad. Claro, sabemos que no es gratuito y que es necesario pagar un precio para poder volver a gozar los privilegios de nuestro hermoso país. Por eso nos eligieron, ¿no es verdad? Dígame la verdad, aquí entre nosotros, cuando revisaron nuestro archivo, seguro que notaron la condición de Nadia, seguro que no pasó desapercibida y por eso nos contactaron tan rápidamente, ¿no? Porque sé de otros que llevan meses sin escuchar respuesta alguna, pero a nosotros, en cosa de una semana ya nos habían dado audiencia. Fue por la niña, ¿no es así? Claro, tiene sentido. Comprendo, y sé que Silvia también lo comprenderá.

 

A Nadia habrá que explicárselo más detenidamente, con tacto, de tal forma que comprenda que su tristeza y su sufrimiento, lejos de constituir una maldición sobre ella, resultarán en una bendición sobre nosotros y sobre todos los demás habitantes del país. Entenderá, créame, con el tiempo entenderá que de sus llantos nacerán las más hermosas melodías y que sus lágrimas poblarán de risas los prados de la verde ciudad. Lo comprenderá, tenga certeza, pero puede que tome un poco de tiempo porque, verá usted… ella no es de por aquí.

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Imagen de Gabriel Piñero

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