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El mundo en caos 1: La crisis del viejo orden

POR JUAN VÁZQUEZ ROJO

 

 

Con la descomposición del orden mundial que estructuró el sistema-mundo desde la década de los cuarenta hasta la actualidad, se evaporan también las certezas y los mapas que teníamos para entender lo que nos rodea: la realidad nos supera, nos cuesta explicar lo que pasa y las reacciones de las poblaciones son, parte de las veces, difíciles de comprender. Los revuelos mediáticos ante fenómenos como la victoria de Trump, el Bréxit o, más recientemente, la irrupción de VOX en la agenda mediática española, son un buen ejemplo de esta falta de brújula.

 

Así mismo, la quiebra del orden mundial de posguerra viene acompañada de una recomposición cultural, política, económica y social, además de la reconfiguración de los actores que participaban y participan en la construcción del nuevo orden. En consecuencia, cualquier análisis de la realidad política, social o económica viene directamente atravesada por esta etapa que, utilizando la terminología de Giovanni Arrighi, podemos denominar como caos sistémico.

 

 

El viejo orden mundial

 

Un orden mundial está formado por una estructura hegemónica, esto es, una determinada correlación de fuerzas congelada en un conjunto de instituciones, una determinada cultura y una forma de ver el mundo que impera y dirige a la sociedad en una dirección determinada, todo ello bajo la batuta de una potencia que actúa como hegemón. Así pues, después de la II Guerra Mundial, EEUU se convirtió en el motor principal de la acumulación de capital a nivel mundial, así como el director de las reglas de dicho proceso, liderando el ámbito económico, tecnológico, comercial, financiero, militar y cultural. La configuración de este orden mundial fue cimentada en los acuerdos de Bretton Woods, en la creación de las Naciones Unidas, la OTAN e instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

 

Además, en el aspecto socioeconómico, en Occidente esta etapa se caracterizó por la consagración del modelo laboral fordista, la estabilidad financiera mediante un cierto control de capitales a nivel mundial, el auge de las políticas keynesianas, pleno empleo, sindicatos fuertes y la consolidación de los Estados del Bienestar. De esta forma, durante las primeras tres décadas de liderazgo de EEUU se configuró el elemento clave en cuanto a la legitimidad de los sistemas políticos occidentales durante el siglo XX: la clase media. Como señala Emmanuel Rodríguez en su última obra, La política contra el Estado, “la versión secular de la unificación social, lo que hoy llamamos «clases medias», consiste en la suma de las provisiones garantizadas por el Estado más el acceso de la mayoría al consumo de masas.”

 

Con la crisis del modelo fordista de posguerra, en la década de los 70 se gestaban las bases de la expansión que se viviría durante la globalización financiera (1980-2007), que como señala Wolfgang Streeck, daría lugar a que los Estados se localizaran en los mercados, y no los mercados en los Estados como hasta ese momento. Esta etapa se cimentaba en tres pilares: el primero, era la libre flotación del dólar, que proporcionaba a EEUU un poder adicional que le permitía evitar restricciones macroeconómicas tales como el déficit público o el déficit en la balanza por cuenta corriente. El segundo, las políticas neoliberales caracterizadas por los ajustes salariales, el control estricto de la inflación y del gasto público, así como por la privatización del sector público y la liberalización de los sectores comerciales y financieros. El tercer pilar es la financiarización de la economía, que venía empujada por los dos elementos anteriores y que facilitaba una vía de escape a la crisis de sobreacumulación de capital.

 

 

Crisis y caos sistémico

 

Esta configuración colapsa con la crisis del año 2008, en la que el orden liderado por EEUU empieza a descomponerse ante los límites de la globalización financiera. Como contrapartida, ante el deterioro del imperio estadounidense, se acelera la batalla por controlar las reglas del juego geopolítico y geoeconómico. Así, China y Rusia se establecen como actores políticos de primer orden empujando el orden unipolar hacia la multipolaridad. La llegada de Trump es la respuesta a la decadencia del hegemón: pérdida de hegemonía mundial y la ruptura del sistema político en EEUU. En definitiva, entramos de lleno en una etapa de caos sistémico.

 

El deterioro de las instituciones hegemónicas a nivel global y la propia salida de la crisis, que ha acelerado la tendencia de aumento de la precariedad y desigualdad del ciclo 1980-2007, ha dejado fuera a una parte importante de la población. Como hemos señalado, el rol del Estado redistribuidor ha sido fundamental para generar legitimidad durante el largo siglo XX. Al final, la construcción de la clase media era el pegamento de los regímenes políticos del centro y semiperiferia del sistema-mundo: cuando esta clase media empieza a descomponerse, los sistemas políticos comienzan a tener dificultades para generar legitimidad. Comienzan a acumularse demandas insatisfechas, desconfianza, pérdida de certezas e incertidumbre ante el futuro.

 

La ruptura social se manifiesta en distintas partes del mundo con el inicio de las revueltas árabes, el 15M en España, Occupy Wall Street hasta las protestas actuales de los chalecos amarillos en Francia, entre otras. Las protestas sociales distan de ser homogéneas, o de tener una traducción política inmediata. En concreto, en gran parte de los países centrales la fractura social se transforma en una crisis política, fundamentalmente por el descosido que provoca el deterioro de las clases medias. Así, en la parte de la población que pierde su lugar en el sistema, crece un sentimiento de desprotección y desorden: ya no confía en el bloque dominante. De esta forma, la pérdida de legitimidad del sistema de partidos crea una brecha, que dará pie a la aparición de nuevos actores políticos. En definitiva, la crisis de hegemonía interestatal se manifiesta de forma particular en distintas crisis de hegemonía intraestatal.

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