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El mundo en caos 2: Ante un futuro incierto

POR JUAN VÁZQUEZ ROJO

 

 

La ruptura por arriba y por abajo de los sistemas políticos

 

Con la crisis económica del 2008 comienza una lucha entre élites ante una recomposición del poder nacional e internacional, además de la ya mencionada crisis de las clases medias. En consecuencia, con la crisis de legitimidad, las certezas, vínculos, perspectivas de futuro y prosperidad que imperaban en el sentido común dejan de operar. Todo ello en medio de la ruptura y atomización del tejido social provocada por tres décadas de lo que Alberto Santamaría denomina “activismo cultural neoliberal”.

 

En consecuencia, tomando el pulso de la realidad social e introduciéndose por las brechas de legitimidad, nacen los nuevos partidos populistas. Aunque entre los denominados partidos populistas han crecido los de perfil progresista, teniendo como máximo exponente la victoria de Syriza en Grecia, que expresó las contradicciones de estos movimientos en el seno de la UE, el mayor éxito político lo están canalizando los perfiles dextropopulistas o alt-right como la denomina una de sus máximos exponentes: Steve Bannon. Sin embargo, la nueva derecha dista mucho de ser homogénea, ya que, por ejemplo, el modelo que propone Le Pen tiene diferencias de peso con el trumpismo. No obstante, de entre todas las figuras nacidas de la nueva derecha, Trump es la imagen que hegemoniza este perfil y que más rápido se está mimetizando: discurso anti-establisment, nacionalista, antiglobalista, racista y antifeminista.  

 

Sin embargo, a la hora de caracterizar las variantes del trumpismo que tocan poder, como Salvini o Bolsonaro, es necesario tener en cuenta que son productos de nuestra época, ya que, aunque puedan tener tintes de distintos movimientos reaccionarios del siglo XX, están lejos de ser lo mismo. Más bien, estos partidos son una especie de neoliberalismo-autoritario, que cuestionan ciertos aspectos de la democracia liberal y abogan por un liberalismo económico interno (bajadas de impuestos), pero no externo (proteccionismo). En definitiva, una reacción al esquema de poder intra e interestatal que ha provocado la globalización financiera.

 

 

¿Qué futuro nos espera?

 

Las reacciones en este entorno de caos sistémico son los lodos creados sobre el polvo neoliberal, tanto en el aspecto económico, como político, cultural o social. De este modo, el problema al que se enfrentan estas nuevas élites es a la reconfiguración del papel del Estado para dar sentido a su propósito nacional, de la que emane un nuevo bloque hegemónico. El ciclo de acumulación a nivel mundial deja poco margen de maniobra para cualquier regreso de la clase media: los límites del crecimiento y del aumento de la productividad son palpables.

 

El ajuste permanente que vivimos se traduce en un modelo laboral que, como señala Esteban Hernández en El tiempo pervertido, encarna los elementos del taylorismo, pero adaptados al paradigma neoliberal: adaptación a la cadena de montaje. En relación a esto, el papel del Estado como aguja que cose las rupturas sociales entra en crisis, con lo que la legitimidad que puedan emanar estos nuevos gobiernos es limitada. De esta forma, volviendo a la obra de Esteban Hernández, nos enfrentamos a una tensión cultural entre “la división entre un sujeto con iniciativa, energía suficiente y actitud optimista y ese mundo atrasado, viejo, resentido y anclado en certezas ancestrales que hemos visto en el Brexit o en los votantes de Trump es la expresión que da continuidad a este conjunto culturalmente preeminente”. En este sentido, con el crecimiento de los gobiernos con tintes de neoliberalismo-autoritario, nos encontraremos en un contexto de degradación de las democracias liberales nacidas después de la II Guerra Mundial, transformándose en una suerte de democracias iliberales.

El final del largo siglo XX norteamericano y del modelo de acumulación que dirigió trae consigo un nuevo auge del neoliberalismo-autoritario. La reacción populista de las élites que dan un nuevo sentido a la desafección de ciertas clases dominantes nacionales y clases medias en decadencia. En todo este contexto, las democracias liberales, tal y como las entendimos en el siglo XX, están en decadencia. De la misma forma, el rol del Estado-nación está en pleno proceso de reconfiguración.

 

Con todo, en las épocas de caos sistémico el tiempo histórico se acelera y en el camino quedan intentos de liderar y dirigir ese cambio. Estamos lejos de vislumbrar el nuevo orden mundial: el caos perdura y con él el foso en el que cae una gran parte de la población mundial. La lucha por construir y dominar la nueva reconfiguración geopolítica y geoeconómica tiene una variable determinante: los límites del planeta. Este hecho hace que La trampa de Tucídides asome de fondo. En definitiva, tenemos pocas certidumbres y una única certeza, que heredamos de El largo siglo XX, la obra maestra de Giovanni Arrighi: nos encontramos en pleno caos sistémico.

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