· 

Ser y Tiempo

Estaba sujeto a una terrible paradoja. Lo vi caer y no pude hacer nada, el tiempo era vertical y por mucho que estiré el brazo no llegué. El vaso cayó haciéndose añicos contra el pavimento y se esparció en círculo dejando en el aire un largo y vibrante silbido. ¡Joder!, que ya os he dicho

que basta de juegos, que este es un sitio decente, gritó de nuevo el patrón del bar, a lo que nosotros respondimos con una carcajada que rompió la tristeza inicial de aquella noche nublada y vacía, una risa que se amplió en la puerta del bar hasta hacerse infinita en la arena

de la playa y todavía más allá, en el horizonte desdibujado y negro. Salimos arrastrándonos de ahí, ateridos de frío y alegría.

 

Caminando entre los coches como animales atontados, llegamos a la Plaça del Rei y nos dejamos caer de tal manera que el tiempo se diluyó arrastrándose entre las escaleras llenas de latas y sombras alargadas que abrían y cerraban sus ojos metálicos rítmicamente.

 

Rafa me dijo entonces que sólo aquel momento estaba pasando de verdad, que mañana todo estaría en el pasado y que ya no existiría, y que mañana no estábamos aún y por lo tanto no era, que sólo era una suposición, un sitio que no es, que solo pretende ser, que ayer no era pues había solamente sido, entonces no existía, que sólo estábamos aquí, en esta plaza medio a oscuras, diciéndonos tonterías y que estaba feliz porque éste era un buen sitio para pasar la eternidad. Yo le dije que todo aquello era probable pero absurdo a la vez pues teníamos

recuerdos del pasado y tendríamos recuerdos de este momento en algún otro, otro momento que sería otro y no éste, a lo que me respondió que no, que los recuerdos eran mentiras, hechos que nunca habían pasado, que nos habían sido impuestos, falsificaciones de realidad.

 

Impuestas por quién, le espeté a sabiendas de que era un ateo y un radical. Pues por nosotros mismos, me dijo sonriendo, son ficciones que nos permiten seguir aquí, en esta plaza, sin miedo a la nada de ahí fuera y que además evitan que salgamos corriendo a comprobar si

existe algo más que nosotros mismos en esta plaza y esta plaza que nos sostiene. Le dije que si queríamos podíamos salir corriendo de aquí y encontrarnos en otro tiempo, otro presente en el que solo seríamos recuerdos, o, me dijo él apurando el último trago de la lata,

descubriríamos la nada y desapareceríamos en ella, en el justo borde de la hoja metafísica. Y diciendo esto se levantó y se fue, como solía hacer, sin ningún adiós.

 

Recuerdo cada día esa escena como si hubiera sucedido ayer, y tal vez sucedió hace unas pocas líneas, yo debía tomar un avión para Madrid a la mañana siguiente y no regresaría hasta un mes después. Jamás supe lo que le pasó.

 

Al volver de Madrid, un sentimiento de desasosiego me invadía, por eso, después de llevar las maletas a mi casa de Torrent de l’Olla, lo primero que hice fue dirigirme a su casa, que estaba a diez minutos andando justo en la plaza Rovira i Trias. Toqué el timbre varias veces, pero nadie me contestó; entonces llamé a su móvil, listo para echarle en cara su desaparición. Solía desvanecerse y no aparecer durante algún tiempo sin decir nada y a mí me gustaba reclamarle por ser tan mal amigo, pero su móvil estaba desconectado. 

 

Así pasaron los meses, el invierno llegó y él no apareció más. Cuando volví a buscarlo por su piso, los vecinos me informaron de que no  recordaban a nadie con las características de la persona que yo les describía, no era raro ya que Rafa sólo llevaba algunas semanas en aquel lugar y solía tener horarios poco comunes. Intenté ponerme en contacto con algún otro amigo, pero con la única con quien pude hablar fue con su ex pareja, tampoco sabía nada de él y me recomendó que no me preocupara demasiado, que ya aparecería como siempre hacía, con las manos dentro de la chaqueta y con cara de haberme visto ayer.

 

Así han pasado diez años. No fue por desinterés por lo que no seguí buscándolo, fue por distracción, un año después me habría mudado de ciudad e intentaría entablar una relación con una mujer que me dejaría por un hijo de puta desaprensivo, o eso me gustaba creer, y mi vida se fue complicando y alejando de aquellos días de Barcelona. Pero una y otra vez intenté volver atrás para girar con él la esquina de la plaza, para acompañarlo hasta el mar, para mojarme a su lado en la lluvia fría y matinal.

 

Lo hice tantas veces que poco a poco los detalles se fueron haciendo sólidos, ahora incluso podría describir la sensación de soledad que me causaba acompañarle, una tristeza profunda y dulce con olor a arena mojada, a meados del Raval, a flores de quisco.

 

Mis ficciones parecían haberse vuelto recuerdo, y comenzaba a despedirme de él, con los primeros brotes de sol, que se quedaba sentado en la orilla de un muelle de madera, recortado contra un horizonte azul, pensativo, borracho y solo. Aún hoy me pregunto cada día, si esa

noche al salir de aquella plaza, no dejé de ser y empecé a existir simplemente dentro del relato vulgar, la historia descorazonada de algún escritor fracasado. Me pregunto día a día si no fue aquella noche mi única oportunidad de pertenecer a la eterna narración del tiempo.

Escribir comentario

Comentarios: 0