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El equilibrio

Francisco Puig limpiaba con pan la mayonesa del plato en el instante en el que llamaron a la puerta. Francisco gruñó, no le gustaba que le interrumpieran mientras comía.

 

Su mujer se levantó de la mesa diligentemente para ir a abrir la puerta. Francisco pudo oír los murmullos de una breve conversación que tuvo lugar en el recibidor hasta que, pocos minutos después, su mujer volvió al comedor con cara de espanto.

 

—¡Diohmío, Paco! ¡Aydiohmío!

 

Francisco preguntó indiferente de qué se trataba, acostumbrado a la facilidad con la que su mujer se alteraba.

 

—¡Ay Paco, Diohmío! Cuando ha preguntado por ti le he dicho que no estabas porque al principio he creído que era un vendedor; así tan bien vestido y tan educado... y como a ti te caen tan mal... ¡Pero ay Paco, que no es un vendedor, que es la Muerte que viene a buscarte!

 

Francisco se puso de pie de un salto.

 

—¡Coño! ¡¿La Muerte?! ¡Pero si sólo tengo cuarenta y ocho años!

 

—Ya lo sé querido —explicó su mujer entre sollozos—, eso le he dicho yo, pero dice que es algo relacionado con la mayonesa, que estas cosas pasan…

 

Francisco corrió hacia al lavabo, se dejó caer sobre las rodillas ante la taza del váter y seguidamente se metió en la boca los dedos medio e índice provocándose desagradables arcadas que no acababan de convertirse en vómito real. Su mujer pronto apareció y le quitó la mano de la boca.

 

—¿Pero qué haces Paco? Eso no sirve. ¡Ya no hay tiempo para eso, te está esperando en el recibidor, tienes que marcharte!

 

Francisco se puso en pie y apartó a su mujer de un empujón, salió del lavabo y se dirigió a la puerta que daba al patio trasero. Una vez fuera, trepó por la valla de madera que separaba su casa de la de su vecino. Saltó al jardín contiguo y se encontró en medio de una fiesta de cumpleaños repleta de niños, globos y ganchitos. Un padre advirtió su espectacular entrada.

 

—¡Oiga!, ¿se puede saber qué está haciendo?

 

Francisco no contestó, se limitó a iniciar una carrera entre los críos y sus papás.

 

—¡¡Apartaos, hostias!! ¡Qué me persigue la Muerte!

 

Francisco entró en la casa de su vecino, la cruzó por entero y salió por la puerta de entrada. En el patio delantero encontró una bicicleta en la que montó y con la que comenzó a pedalear torpemente. Varios padres intentaron alcanzarle, pero se dieron por vencidos al verle alejarse calle abajo con la bicicleta y se limitaron a amenazarle e increparle desde el umbral de la casa.

 

Su exitosa huida le produjo cierta sonrisa de orgullo que quedó interrumpida al doblar la primera esquina. Un BMW negro frenó en seco delante de Francisco bloqueándole el paso y haciéndole perder el equilibrio hasta caer al suelo.

 

Un individuo joven, alto y delgado, con traje y corbata oscuros, salió del coche con semblante molesto.

 

—Ya está bien señor Puig. Ha llegado su hora —dijo con severidad—. Haga el favor de subir al coche y deje de retrasar lo inevitable.

La Muerte agarró a Francisco por el cuello de la camisa y le hizo levantarse. Le empujó a continuación hacia el coche como lo haría un adulto con un niño travieso.

 

—Podría tener un poco de dignidad, señor Puig —continuaba la Muerte—. Recuerdo que su padre, en las mismas circunstancias, fue muy solemne.

 

—Mi padre era un pringao —masculló Francisco—. Cuando viniste por él estaba tan asustado que confundió mi nombre con el de mi hermano al despedirse de nosotros. Un pringao…

 

—Como mínimo él se despidió de su familia y no salió corriendo como usted —replicó la Muerte—. Y aceptó su destino sin discutir, era un hombre consciente de sus deberes. La gente como usted, en cambio, los que tratan de huir, no se dan cuenta de que están alterando el equilibrio cósmico. ¡Son todos unos egoístas y unos insensatos!

 

Francisco se preguntó qué le importaba a él esa mierda de equilibrio en el que él era gordo y su mujer estúpida.

 

La Muerte metió a Francisco en el asiento del copiloto y cerró la puerta. Por un instante, el señor Puig pensó que todo estaba perdido y que ya era hora de repasar los momentos más destacados de su anodina vida, que, en todo caso, eran tan insignificantes que resultaba difícil discernirlos de los demás. Pero sólo fue durante un segundo que pensó en ello, porque pronto recuperó el convencimiento de que por sus cojones hoy no moriría. Así que, mientras la Muerte daba la vuelta al coche, Francisco aprovechó para desplazarse al asiento del conductor y arrancar el motor. El BMW rugió y salió disparado dejando atrás a la Muerte atónita en mitad de la calle.

 

A Francisco se le acabó la gasolina cuando se encontraba ya a varios centenares de kilómetros de su casa. Durante el trayecto había podido comprobar cómo las cosas habían ido cambiando; los pájaros volaban a ras de suelo, los perros aullaban y las agujas de su reloj habían empezado a rotar en el sentido contrario.

 

Ahora Francisco se sentaba sobre el capó del BMW y contemplaba como se acercaba por el horizonte una tormenta de nubes color rojo sangre. Aunque de forma fugaz le asaltó algún atisbo de remordimiento, acabó por pensar:

 

—¡Bah! …que se jodan todos.

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