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La lengua muerta

No hay forma de ponerse cómodo en esta miserable cama. Llamo cama a la ocurrencia de un sádico que decidió poner colchones de gomaespuma sobre un soporte plegable de madera. A mi izquierda, la pared; a mi derecha, Greta, la guardia de mi celda. 

 

Ay, Greta, Greta. Con esa cara de puerta cerrada no podía haberse dedicado a otra cosa. Hace tiempo que ya no me quedan palabras para ella. Sé que me ve. Por fuera es un mamotreto robusto, como una columna de parking; por dentro es puro escombro. Su cara siempre arrugada, como una bola de papel con el comienzo de una historia poco satisfactoria o como si oliera los vapores de la cocción de una coliflor. Qué asco me tiene. Le hago un corte de manga con mi dedo cordial que, para ser sinceros, es el menos cordial de todos. Pero esto, que me ha reconfortado durante años, ahora lo hago con desgana, alzando el dedo corazón a media asta. 

 

Ya no tengo dominio de ningún idioma, sea verbal o gestual. Mi cuerpo está enjaulado aquí; mis escasas conversaciones, en mi mente. Soy preso de todos los modos posibles. 

 

Hubo un tiempo en el que yo manaba como una fuente inagotable de palabras. Era hábil con esta bella lengua en la que aún pienso, el castellano. Tan versátil y elocuente a la vez que gamberra, ¡qué lengua tan rica! Pero esos tiempos pasaron. Por aquel entonces, la gente se callaba y formaba un corrillo para atender a las narraciones de mayores, de niños y de todo aquel que se animase a alzar un poco el tono y agitar las palabras con cierto salero. Con frecuencia una historia detonaba otra de la persona que tenías al lado o en frente en ese corrillo y así, una tras otra, completaban el círculo. Esos momentos de unión me enseñaron a relacionarme con el mundo a partir de las historias. Pronto me aficioné a inventar las mías propias. Pasé de ser un tipo callado a estar siempre dispuesto a entretener o inspirar a quienes hacían ademán de escucharme. El instinto me llevó a la técnica: no necesitaba preguntar por las preferencias del potencial público, yo sabía qué querían. Siempre tenía la historia perfecta y el tono adecuado.

 

Pronto aprendí que lo importante de las historias no era que fueran verdad sino creíbles. Nadie se planteaba dónde se hallaba el filo de lo real o lo ficticio, siempre que afloraran sensaciones y conexiones emocionales. Mi sensibilidad era el barro con que construía las historias, y por eso mis narraciones la supuraban, haciendo reír y llorar a mi auditorio. Aprendí a modelar anécdotas y cuentos y me di cuenta de que eso significaba construir el mundo. 

 

Cada noche, cuando callaba, el universo se desmontaba, las aceras desaparecían, las personas se esfumaban y los edificios sufrían una descomposición instantánea. La vida se quedaba en pausa, en el no mundo, en la inexistencia. Sin palabras, no hay nada. 

 

Un día, gracias a mi amigo Dante, que era mucho más hábil con el pincel de lo que yo sería jamás con verbos, adjetivos y conjunciones, pude descubrir que había otras formas de contar, sin palabras. Era increíble verle trazar con unas pocas líneas lo que a mí me costaba párrafos enteros. Me quedó claro entonces, que lo importante era narrar. Y durante algunos años, emergieron diferentes lenguajes y construimos el mundo utilizándolos todos. Pero ese estado utópico de la narrativa duró poco. No recuerdo el momento exacto en el que se torció la cosa, no creo que nadie lo sepa. Nos han torturado demasiado.

 

Pero sí fui consciente de que las cosas estaban cambiando. Oleadas de odio ante un chiste oscuro, malas caras ante lo políticamente incorrecto. Cuando comenzaron a asesinar a dibujantes de cómic, me di cuenta de que llevábamos mucho tiempo evitando darnos cuenta de que los que iban a la cárcel eran los raperos. Cuando el humor se convirtió en ofensa, los chistes se tornaron delitos. Cuando el ofendido dictamina lo que no puede decirse, se le toca con un halo de santidad y se le inviste con poder. Y cuando hay cosas que no pueden decirse, pasa a haber cosas que no pueden hacerse, sentirse o pensarse.

 

La voz discrepante se convirtió en enemigo de la humanidad. Las comisiones internacionales comenzaron a negar el uso de palabras por los supuestos casos de ofensa. Se ofrecieron baterías de vocabulario sustitutorio. Los que nos encontrábamos en las trincheras de la resistencia buscamos resquicios para saltarnos las normas. Creamos jergas, utilizamos palabras clave y acabamos usando emoticonos como referente a aquellos que nos oprimían. Pero nos robaron todos y cada uno de nuestros sistemas. Cada vez más elementos de comunicación eran calificados como ofensivos y, por tanto, alta traición al orden establecido. La condena por incurrir en conductas de vejación, como eran consideradas, era la cadena perpetua en uno de estos centros que, en un total y absoluto eufemismo, se llamaron de recalibraje. Obviamente la palabra tortura fue una de las primeras en ser eliminadas. 

 

Ha sido tan extrema la purga de la comunicación que hoy en día las personas tienen un cociente intelectual muy reducido y son incapaces de crear frases con sentido. Toda la forma de interactuar entre humanos ha quedado constreñida a una serie de imágenes muy básicas en las cuales se representan conceptos objetivos (casa, coche, árbol, comer, dormir, mirar). Estas imágenes están colocadas en la interfaz de un dispositivo en que pulsas una combinación de imágenes. El aparato es tu voz. 

Pero para extirparnos la comunicación a los contadores tuiveron que esforzarse un poco más. Desde mi celda puedo escuchar todavía a los que fueron artistas, intentando conjugar una oración que muere en la oscuridad o trazar un paso de baile que termina en caída. Nos han arrebatado los lenguajes. Nos arrebataron los órganos de contar.

 

A mí, me retorcieron la lengua hasta que no pude usarla más. A Dante le partieron todas las falanges de las manos. Él siguió atándose lápices a sus dedos chuecos para continuar plasmando trazos en la pared hasta que, un día, uno de los guardias le colocó la cabeza en el váter y le pisó el cráneo hasta partirle el cuello. Lloré más por que se había librado de esta tortura antes que yo que por la muerte de mi amigo. Han pasado diecisiete años desde entonces. Cada uno con 365 días en que he querido morir. 

 

Llevo aquí más de veintitrés años. Mañana cumpliría los setenta y seis. Pero ya no tengo ganas. Como es de suponer, el suicidio es considerado ofensivo y, por tanto, no se permite bajo ningún concepto. Pero, al final, la victoria siempre es de los pacientes. Hace unos días cometieron un error. Me retorcieron otra vez la lengua con el alicate pero, en esa ocasión, se me hinchó tanto que me bloqueó las vías respiratorias. Estaba ahogándome, por fin, en el suelo de la celda, recibiendo mi final con alegría y angustia. Pero Greta usó su silbato. Fui arrastrado hasta la sala del médico. El doctor me introdujo una manguera en la garganta y me pinchó un antiinflamatorio en la lengua. Soy viejo y parezco inofensivo. Por eso, apartó lo vista de mí unos segundos para hacer el informe de mi caso. Aproveché esos instantes para guardarme un bisturí en el calcetín.

 

Por eso he podido realizar mi acto final de rebeldía, ofensa y creación. Como quizá ya habrán intuido por el olor a óxido, este texto está escrito con mi propia sangre. No sé si alguien lo recibirá. No sé si queda todavía alguien que sepa leer, entender, sentir. Pero yo estoy siendo capaz de escribir y voy a irme de este mundo con todas mis palabras.

 

Prisionero 825926, Anselmo Díaz, rebelde y creador hasta el día de su muerte. 

 

¡Que os jodan!

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