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Tocar Tierra

La noche y el cielo con

pocas estrellas y la escasa luz

derramándose sobre todo lo que estaba vivo,

y aquella brisa que venía de lejos a envolvernos

como un abrazo. Nada de aquello era nuestro,

pero lo parecía, y quisimos creer que

estaríamos en aquel lugar

 

para siempre.

 

Éramos unos cuantos.

El de los dientes torcidos.

El de las nubes y los ojos de polvo.

El que traía una navaja para cortar telarañas.

La que traía el desierto en las uñas.

La que vestía de hombre.

 

Daba igual.

 

Allí éramos todos

la misma pregunta.

 

El mismo hilo enredado en las

aspas de aquel torbellino.

 

El mismo mar.

El mismo mapa incompleto.

 

El mismo deseo de pertenecer  

a algo ajeno a nosotros.

 

Era grato sentir por una vez que el

mundo no nos daba la espalda.

 

“Días como hoy”, dijiste, “te hacen

creer. Es como tocar tierra”, dijiste, 

y yo me quedée colgando de tu voz,

aunque sabía que todo aquello era

 

En realidad un artificio, y que para

nosotros siempre serían breves las palabras, 

y que el tiempo nunca sería suficiente.

 

No nos importó entonces -ya nos importaría

más tarde-, y apretamos el aire como el que aprieta

una navaja y presiente en la caricia de su filo la

trágica inminencia del final 

 

y no se asusta.

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