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Run boy run

El muchacho tropezó, pero se levantó en el acto para seguir corriendo. Aunque iba con los ojos vendados, sus delgadas piernas parecían saber a dónde se dirigían. Notaba el ardiente, seco y cortante viento contra las rodillas; sentía cómo su sudor se iba evaporando antes de llegar a refrigerar su torso. Podía oír las dentelladas alrededor de sus tobillos, pero no tenía miedo: había nacido huyendo. Esto era lo que le había enseñado su madre. Había forjado su cuerpo en la carrera.

 

Pisaba rítmicamente el terreno, blando y pegajoso, de plástico derretido. Los estaba dejando atrás. Dejó de oír mandíbulas chocando. Los jadeos de los depredadores se fueron difuminando y comprendió que estaba corriendo solo. Fue ralentizando el paso hasta que, por fin, paró. Controlando su respiración desbocada, se sentó y estiró las piernas, pero volvió a recogerlas de súbito, asustado. Diez centímetros más adelante, no había suelo. 

 

Decidió mirar a ese abismo, aunque corriera riesgo de quedarse ciego al exponer sus ojos al sol. Lentamente, temblando más que cuando las criaturas lo perseguían, retiró la tela que tapaba su cara, y después de aspirar profundamente, abrió los ojos.

 

Se asomó, cubriéndose la mirada con la mano a la altura de las cejas. Al fondo, unos veinte metros más abajo, envases de diversas formas oscilaban, produciéndole una sensación de mareo. ¿Por qué no estaban derretidos? ¿Por qué se movían así? Y, en ese momento, los envases empezaron a arremolinarse en una especie de sorbo horizontal, y desde ese punto, se agitaron creando una figura circular en expansión. Pero ahí no acabó el milagro: del centro del sorbo, surgió un triángulo brillante y gris, tan alto como el chico, y palmeó contra ellos, como si intentara retirarlos. Unos segundos después, una mole inmensa surgió entre el plástico, retirándolo hacia los laterales, y el chico se dio cuenta de dos cosas. La primera, que estaba viendo el mar. La segunda, que ahí abajo había algo vivo.

 

Entonces, oyó los chasqueantes sonidos de las criaturas a su espalda y se puso en pie de un salto. Un punto naranja surgió en el centro de su campo visual y se extendió hasta tintarlo todo del color de la luz. Giró la cabeza, pero no distinguía nada más allá de sombras rojizas. Recordó la nana que su madre le cantaba mientras corrían, llorando de cansancio y hambre, entre cenizas. Y, entonces, con el sonido de su propia huida retumbando dentro de su cabeza, tomó impulso y saltó.

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