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Distopías del fin del mundo

La industria del cine y la política

 

¿Cuáles son las últimas series y películas que has visto en los últimos años? Probablemente, entre vuestras respuestas se encuentren títulos como Blackmirror, El cuento de la criada, Westworld o The Walking dead. Todas ellas, grandes producciones, gozan de gran popularidad en plataformas como Netflix y HBO. Las distopías están de moda. Si indagamos en otras productoras audiovisuales, encontramos que, incluso Disney cuenta con la suya propia: Wall-E, dirigida a los más pequeños; así como, destinada a los adolescentes, la productora Lionsgate nos ofrece Los juegos del hambre. Desde Japón, adentrándonos en el mundo anime, podemos disfrutar de Psycho-pass. Tampoco el panorama nacional está exento de distopías, el director José Luís Cuerda ha dedicado su última película Tiempo después a este género, así como A3media está a punto de estrenar La valla. Finalmente, incluso la gran pantalla ha rescatado títulos como Blade runner o Mad max.

 

Podríamos pensar que la industria cinematográfica ha encontrado otro filón televisivo que exprimir económicamente, ya que, como hemos visto, actualmente estamos hiperestimulados con material audiovisual de tema distópico. Si nos preguntamos por qué, recibimos una rápida respuesta: el mundo en el que vivimos no es muy esperanzador. Pero analicemos más profundamente:

 

La industria del cine y la televisión, en su versión más comercial, nunca está despolitizada. Siempre existe un interés que la promueve, un interés que se proyecta de arriba a abajo. Basta recapitular en la historia: el cine anticomunista de la guerra fría con obras como Doctor Zhivago (basado en la novela de Borís Pasternak) o el cine de robótica y ciencia-ficción que nos preparó para ser una sociedad que aceptara la implantación de la tecnología en el día a día, con entusiasmo, como bien demandaba el mercado de trabajo. Ejemplos de ello podrían ser El coche fantástico o Regreso al futuro; el cine de emprendedores como En busca de la felicidad o Joy: el nombre del éxito que extiende la ideología neoliberal de la falsa meritocracia, así como un cine que nos relata las hazañas de multimillonarios y falsos filántropos como Steve Jobs: Una última cosa. Finalmente, en un momento de crisis sistémica, cuando las tensiones entre el hegemón mundial, EEUU, y su aspirante al trono, China, se recrudecen con las sanciones de Trump a Huawei, aparece el último bombazo de HBO Chernobyl, una serie que pretende recordarnos la tragedia ocurrida en Ucrania durante 1986, desde una óptica y narrativa descaradamente anticomunista, propia de la guerra fría. Todos estos ejemplos han procurado generar opinión social. Si nos centramos exclusivamente en la guerra fría, vemos como la labor del cine con propaganda anticomunista en las últimas décadas ha provocado cambios como el que se representa en la gráfica:

Distopías en el momento presente

 

Una vez comprendida la función performativa del cine, cabe preguntarnos, ¿de dónde nace este interés creciente por las distopías, de una incomprensión colectiva ante un futuro incierto o, más bien, de una industria con fines políticos y propagandísticos?

 

El futuro siempre será algo incierto, de hecho, si de algo nos informan las predicciones es de las condiciones del presente, no es casualidad que la obra magna de George Orwell, 1984, se escribiera durante la reconstrucción de una Europa que en menos de medio siglo había sufrido dos guerras mundiales. Actualmente, es lógico que la opinión social, occidental, se torne pesimista: desde un punto de vista ecológico, el sistema capitalista ha chocado de frente con los límites materiales del planeta. Vivimos rodeados de plástico, los casquetes polares están derritiéndose y la escasez de agua junto al aumento de las temperaturas predicen un panorama catastrófico. Películas como Mad max son el presagio de hacía donde nos puede llevar esta situación. En lo económico presenciamos la mayor desigualdad del reparto de la riqueza de la historia, según Oxfam el 0,7% de la población mundial posee el 45,2% de la riqueza global. Los juegos del hambre y su sociedad organizada entorno a capitolio-distritos son muestra de ello. En el plano político, presenciamos una deriva hacia la extrema derecha, ante la incapacidad de comprender y predecir nuestro mundo, opciones como Trump, Bolsonaro o Salvini se muestran como respuestas atractivas. Pareciera que a pesar de tener muchísima información hubiéramos tocado techo: guerras que generan millones de refugiados, desigualdades de raza, de clase, de género... Todo esto, porque, ante todo, lo material es la base de nuestro sistema socio-económico. El cuento de la criada cumple todas estas premisas, sobre todo en género, se nos presenta Gilead como una alternativa ecofascista de lo más aterradora. Por último, nos topamos con la combinación valores-tecnología. Los avances de las últimas décadas han sido enormes, tanto en lo positivo como en lo negativo: desde impresoras 3D que prometen crear comida, ropa o edificios en tiempos record, hasta sistemas de reconocimiento facial que ponen en riesgo nuestra privacidad. Por ello, no podemos evitar preguntarnos: ¿Sabremos darle un buen uso? ¿Contribuirá a mejorar la vida? Si echamos un vistazo a capítulos de Blackmirror, Westworld o Psycho-pass, veremos como el abuso de la tecnológica relega la vida a un segundo plano, con el fin de mantener un sistema económico. Lo cual puede llegar a provocarnos un eterno escalofrío.

 

En un contexto como el que acabamos de analizar, no es de extrañar que nuestras series favoritas estén impregnadas de una ideología política con fines propagandísticos. La necesidad política de crear una opinión social que adapte nuestra sociedad a los cambios venideros se presenta imprescindible. ¿Cómo? Mediante tres maniobras performativas:

 

En primer lugar, ofrecernos una explicación a la actual situación de crisis (económica, social, ecológica…) en la cual la responsabilidad es individual, no sistémica. Un discurso similar al de las élites económicas ante la última crisis financiera en España: los culpables de la crisis son los individuos que han vivido por encima de sus posibilidades, no el sistema que ha promovido esas tendencias. En segundo lugar, la normalización de situaciones poco deseables para cualquier ser humano, como los recortes de derechos, la precarización, la desigualdad económica, nuevos hábitos de consumo consecuencia de la escasez… Dicha normalización se produce mediante la constante lluvia de imágenes de situaciones concretas. Por ejemplo, la primera vez que los informativos nos mostraron imágenes de un naufragio de pateras en el mediterráneo nos consternó, revolvió e indignó, hasta que poco a poco, imagen tras imagen y día tras día, somos capaces de mirar esos sucesos como naturales. Otro ejemplo paradigmático podría ser la creciente publicidad de los productos alimenticios basados en insectos, así como los ecofriendly, las dietas vegetarianas o veganas… es posible que en el futuro, una parte de la población cambie sus hábitos, pero dicho cambio no será producido por una cuestión de valores (ecologismo, conciencia animal…) sino más bien por una cuestión de clase inducida. Nuestras elites seguirán disfrutando de su despilfarro habitual. En tercer y último lugar, eliminar la idea de que otros futuros son posibles. Cada alternativa al futuro que se nos ofrece es diferente, pero todas tienen algo en común: la pérdida de nuestras libertades. Pareciera que se pretende extirpar las utopías de la psique colectiva.

 

Pensar las utopías: la crisis como una ventana de oportunidad.

Toda crisis implica el cuestionamiento de un sistema, ya sea en su ámbito material o inmaterial. Ante la posible situación de colapso que se nos presenta, la óptica desde la que observemos puede marcar la diferencia, podemos limitarnos a ser meros analistas de un presente turbio que se ennegrece cada segundo, o, por el contrario, ver en dicho colapso una oportunidad, el contexto ideal para pensar utopías. Empecemos por plantearnos qué significado queremos darle a la palabra utopía. Cualquier persona, imagina todos los días un futuro maravilloso. El problema reside en el abismo que separa su propia realidad de dicho futuro, asumido como un imposible. Llegados a este punto, resulta inevitable recordar una conversación de la serie Mad Men ambientada en la década de los sesenta: Rachel Menken, relata a Donald Draper cómo en la universidad estudió la etimología de la palabra utopía. Los griegos tenían dos palabras eutopos que significa “buen lugar” y utopos que significa “lugar imposible”. Si bien estamos acostumbrados a utilizar la palabra utopía como una idea bonita pero imposible, aprovechando esta coyuntura, instauraremos como significado principal “el buen lugar”. De modo que no solo imaginaremos lugares futuros preciosos, sino que, estructuraremos cuáles van a ser los pasos para llegar hasta allí.

 

Resultaría genuino que, de repente, aparecieran producciones con nuestros y nuestras directoras, actrices y demás profesionales de la industria cinematográfica realizando una serie sobre cómo la humanidad lucha a contrarreloj contra el cambio climático, implantando medidas diferentes en todos los lugares del mundo; películas sobre cómo la conciencia social (de clase, de raza, de género, de orientación, animalista, ecologista…) se planta frente a un sistema económico dañino para la inmensa mayoría de la población mundial y comienza a darle prioridad a la vida, dejando de lado las finanzas, buscando un mundo en el que todas y todos tenemos la misma valía como seres. Protagonistas que nos guíen por el camino que hemos de recorrer y que nos conciencien de la importancia y el trasfondo de nuestros pasos.

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