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El mercado contra el planeta: compre su billete para huir del apocalipsis.

Tendemos a relacionar el fin del mundo con un imaginario ficticio, propio del cine y la literatura.En  los últimos años el número de ficciones apocalípticas va en aumento, algo que quizás esconda una realidad reprimida. En la actualidad, vivimos una paradoja que nos cuesta asumir: en gran medida somos conscientes de que el Planeta Tierra está en peligro, que son necesarias medidas para frenar la crisis climática, estamos informados del catastrófico aumento de las temperaturas globales, pero, en realidad, nos cuesta trasladar ese escenario a nuestro día a día.

 

Así, sentimos la crisis climática como un futuro -lejano- para el que probablemente se encuentre una solución, ya que no vivenciamos los cambios: al fin y al cabo al abrir el grifo sale agua y al pulsar el interruptor se enciende la luz. Es lógico que esto ocurra, ya que culturalmente estamos cimentados en el imaginario moderno del progreso, de la abundancia material y del crecimiento y el consumo ilimitados, algo que no implica una mejora de las condiciones de vida, pero que asociamos como un hecho necesariamente positivo. En resumen, podríamos decir que los límites del planeta nos cogen emocionalmente lejos, lo que dificulta la intervención política en este ámbito.

 

Este hecho no resulta baladí, ya que la situación actual debería ser muy preocupante. Por anunciar lo ya sabido: sobrepasamos con creces la biocapacidad de la tierra, los recursos energéticos (hidrocarburos fundamentalmente) en los que basamos el crecimiento y consumo sistémico están tocando techo y, a su vez, la amenaza de la subida de las temperaturas globales es cada vez más difícil de contener en unos baremos aceptables. Las consecuencias son devastadoras: asistimos a la más que posible pérdida de biodiversidad, desequilibrio de los ecosistemas, así como límite de acceso a algo tan básico para la vida como el agua.

 

En relación al ámbito energético, nos encontramos ante un momento en el que el futuro de la geopolítica de la energía viene marcada por los límites de los hidrocarburos para hacer frente a la demanda, sobre todo de petróleo, ya que representa entorno al 40% del consumo total de energía mundial y más del 90% del transporte mundial es dependiente de esta fuente. En un contexto en el que el petróleo representa cerca del 40% de toda la energía consumida del mundo, además de la demanda creciente de países como China e India, la pelea por resignificar y reestructurar el orden mundial pasa en gran medida por la disputa de este recurso.

 

Concretamente, el problema fundamental en cuanto al petróleo como suministro energético no viene marcado por el agotamiento de las reservas, sino por los límites del petróleo barato y las dificultades de extraer las reservas no convencionales a un precio asumible por el proceso de acumulación de capital. De esta forma, el problema no sería tanto las reservas probadas de petróleo, sino la capacidad de aumentar la producción a precios asumibles por la economía y, sobre todo, para frenar las consecuencias del cambio climático: contamos con cerca de una década para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a la mitad para que el calentamiento global no supere 1,5º C. Ahora bien, ¿qué problema hay? Podríamos pensar que es tan sencillo como cambiar los hábitos de vida. Pero, ¿por qué no es tan fácil? Incluso asumiendo que en el último lustro existe cierto consenso en torno a valores ecologistas, asistimos a una contradicción de difícil solución: las necesidades reproductivas del sistema en el que vivimos y las necesidades del planeta para sobrevivir. Nuestra sociedad está construida en torno al mercado, esto es, el mercado es el centro ordenador de la sociedad. La clave para la reproducción del sistema es el crecimiento continuado bajo la lógica de la rentabilidad. Todo lo que es rentable económicamente es susceptible de generar inversión privada, generar más dinero, nueva inversión y, por consiguiente, crecimiento y así sucesivamente ad infinitum. Es decir, la lógica social tiene como objetivo el crecimiento por el crecimiento, la rentabilidad económica por la rentabilidad económica. Como fin último. Esto supone subordinar a las leyes del mercado la sustancia misma de la sociedad y asumir una gran contradicción: crecer ilimitadamente en un planeta finito.

 

Este hecho sistémico, que solemos relacionar como algo puramente económico, tiene enormes implicaciones culturales, sociales y afectivas. Es decir, la lógica descrita anteriormente, transforma directamente nuestra forma de ver el mundo, de sentir y de relacionarnos: la lógica mercantil marca nuestra prácticas vitales. Siguiendo la misma lógica, cuando un problema se mediatiza o, más aún, cuando se adquiere conciencia de un problema social, es el propio mercado el que nos proporciona la salida individual: canaliza las pulsiones sociales mediante su mercantilización en un contexto en el que, de forma creciente, nuestra identidad se crea a través del consumo. En este sentido, si en algún lugar se ejemplifican y sintetizan los cambios de época, los marcos culturales, las pulsiones sociales y, por tanto, la construcción de identidades es en la propia publicidad. En la actualidad podemos comprobar ejemplos de lo antes descrito. Así, por ejemplo, el mercado ha hecho su propia revolución feminista: uno de los casos más debatidos en este sentido es el de la camiseta con el lema “I’m feminist”, que se comercializa en distintas tiendas de ropa. Lo mismo ocurre con el concepto de masculinidad. Fijémonos en los últimos anuncios de productos de afeitado de distintas marcas en los que se plantea una definición de hombre distinta: “Hay que ser muy hombre para…” En última instancia, cuando compro una camiseta o una cuchilla de afeitar estaré comprando todo el imaginario que hay detrás y configurando mi propia identidad. En la misma línea, el mercado ha visto un nicho de rentabilidad en la catástrofe ecológica, proponiendo una salida mediante el consumo: los productos eco. Todo el nicho ecológico ya es un gran negocio, algo que podemos comprobar con un paseo por cualquier supermercado. Cualquier persona con la suficiente capacidad adquisitiva puede ser ecologista a golpe de tarjeta.

 

Con todo, la rueda sigue girando: el consumo resulta imprescindible para las propias necesidades de crecimiento. Un consumo cada vez más acelerado, para un tiempo cada vez más asfixiante. El ciclo de vida de los productos que compramos es cada vez más reducido: nuestra ropa, móviles, etc. Estamos insertos en la rueda del consumo y en una suerte de hamsterización de la vida. De tal forma, resulta complicado tomar perspectiva de que la crisis climática es un problema sistémico que tiene difícil solución individual. Por tanto, estamos atrapados en una lógica individual, de mirada cortoplacista, pero con la confianza del progreso y tecnoptimismo moderno asociado a la obtención de recursos ilimitados y de crecimiento indefinido. ¿Cómo parar esta máquina?

 

En definitiva, por mucho que sepamos las consecuencias del cambio climático, resulta complejo generar identificación con un proceso en el que debemos renunciar a lo que consideramos comodidad y progreso. La clave es evitar la canalización individual de la pulsión ecologista, esto es, romper con su mercantilización para provocar cambios colectivos profundos. De esta forma, la nueva ola ecologista que estamos viviendo a lo largo del globo tendrá que pugnar en buena medida contra la salida individual y proponer como deseable un nuevo imaginario de progreso que se aleje del consumo de recursos naturales de forma ilimitada. Luchar por salir de la rueda del hámster. Dicho esto, lo más probable es tengamos una salida para el fin del mundo: al fin y al cabo, para eso estará el mercado: “compre un billete a otro planeta para huir del apocalipsis”.

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