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Placenta

“Casi nada queda de ti salvo la continuidad de tu historia, aquello que logres retener pese al expolio continuado de la propia fisicidad, una frontera extremadamente frágil, permeable, atravesada cada día por ríos, cascadas, continentes, multitudes”.

Alicia Kopf, Hermano de hielo (2016)

Todos y cada uno de mis momentos felices han contenido su reverso; la posibilidad de su fin. Las rocas puntiagudas aguardando en el fondo… a quince centímetros de la orilla. Y sin embargo, nunca había pensado en este silencio. El silencio real. Después de que Él dejara caer los hombros. Y la puerta chascara al cerrarse. Después de recoger los platos de la mesa. De arrastrar los restos de la carne, demasiado hecha, al cubo de la basura. De balancearme contra la encimera de la cocina. Morderme un padrastro. Después del zumbido de la nevera. El goteo del grifo. La soledad, y permanecer en ella.

 

Entonces caí (quizá me dejé caer) en un profundo tanque de agua: una poza inmensa, de agua verdosa y algo turbia, con climatización e iluminación nocturna:(Ella se sumerge de golpe en el vaso profundo y cálido de la piscina municipal. Madrid, distrito de Arganzuela; Barcelona, Horta-Guinardó; Valencia, barrio de El Cabanyal; Sevilla, Alameda de Hércules.

 

Ella aterriza en el fondo, los ojos cerrados con fuerza. Después, poco a poco, se abre, se agita, zigzaguea entre las aguas: con la languidez, la elegancia y sobre todo la ductilidad de una medusa rosada).

 

 

Después, NADA.

 

Sail on silver girl

Sail on by

Your time has come to shine

I’m sailing right behind

Like a bridge over troubled water

I will ease your mind. 1

 

Ella (o sea, Yo): Mamá.

Ella (o sea, Ella): Toma más sopa.

Ella: Hace calor.

Ella: Pues más pollo.

Ella: Tengo bastante, mamá.

Ella: No comes suficiente carne.

Ella: ¿Por qué dices eso? Como de vez en cuando…

Ella: De vez en cuando no es suficiente.

Ella: Pero comemos carne en exceso, mamá, lo dice todo el mundo…

Ella: ¿Quién es todo el mundo?

Ella: No es bueno comer tanta…

Ella: Necesitas alimentarte, necesitas proteínas… ¿No te estarás haciendo vegetariana?

Ella: Mamá, estoy comiendo cocido.

Ella: Hay que comer carne… ¿Cómo conseguirás proteínas si no?

Ella: Pues hay un montón de alimentos que tienen proteínas y no son carne.

Ella: ¿Cuáles?

Ella: No lo sé… ¿Lentejas?

Ella: ¡Tampoco comes lentejas!

Ella: A veces como lentejas.

Ella: Aquí no.

Ella: Pero yo no vivo aquí.

(Silencio)

Ella: Toma un poco más de sopa al menos.

 

Y así es como, temiendo mi inminente derrumbamiento, acabo tomando un poco más de sopa. Con el paso de los últimos meses, las proteínas se han convertido en un tema recurrente en mis conversaciones familiares. He llegado a pensar, de hecho, que son la sustancia concreta de la que está hecho el amor de las madres. A pesar de su parecido con un mapa (el de Italia, quizá), cuando trato de visualizarlas yo únicamente veo la cara de la mía:

 

Cadenas de hasta veinte aminoácidos formadas por oxígeno, carbono, hidrógeno y, sobre todo, nitrógeno; parece que es este último elemento el que sirve para determinar los niveles proteínicos de un organismo. Todos los seres vivos estamos formados por proteínas, leo, sin ellas no podríamos existir. Entre otras, cumplen importantes funciones plásticas (constituyen el 80% del contenido de cada célula), forman parte de las enzimas y de los anticuerpos. Las proteínas nos conforman; al tiempo, evitan que enfermemos y muramos.

 

Un cuerpo como el mío vive en un estado de permanente negociación con esta necesidad compulsiva y profunda de información y conocimiento. Agotada o no, siempre necesito saber más, una parte de mí (que seguramente sea la misma que me permitió aprender a leer con solo cuatro años, el número suficiente de meses antes de que el resto de mi clase lo hiciera; suficiente para que, a día de hoy, esta anécdota aún se recuerde) está convencida de que las palabras (y sus significados) me salvarán.

 

Así que busco.

 

Así que leo.

 

Relaciono y asocio. En un desesperado intento por comprender lo que me pasa.

Wikipedia es mi primera droga; la mierda corrientita, de supermercado, que mi bolsillo me puede permitir. Si me la esnifo toda, agotaré el miedo, pienso.

Si me termino la sopa, se me irá el frío.

 

Internet me cuenta que la palabra metabolismo viene de la raíz griega ‘metabole’, que significa cambio. El término hace referencia a la capacidad de cualquier organismo para transformar químicamente la naturaleza de ciertas sustancias. O sea, de hacer alquimia; de hacer magia.

 

Estos procesos de cambio son los responsables del mantenimiento de eso que llamamos, sin en realidad saber muy bien qué es, vida. Ese pozo de angustia insondable. Ese milagro. Como desde que éramos niñas nos han dicho que la energía ni se crea ni se destruye, sino que solo se transforma, ahora es como si el círculo se completara. Eureka. El metabolismo tiene dos momentos distintos: uno en el que la energía se libera (catabolismo), y otro en el que esa misma energía se utiliza para construir nuevos componentes y sustancias (anabolismo). Como por ejemplo… sí, proteínas.

 

Así que las proteínas son como un instante de estabilidad dentro de esta gigantesca glosa de la volatilidad de la vida que es la química orgánica; aparte de indescifrable, la constatación, nuevamente, de que las aguas son turbulentas.

¿Instante real o fantasía?

 

Sigo leyendo. Que se tardaron no uno, sino muchos años en conseguir representar gráficamente una proteína cristalizada (fue la mioglobina del esperma de la ballena, por cierto). Hasta que no se cristalizan, las proteínas se mantienen bailongas e inestables; no sabemos qué son ni cómo se comportan. No sabemos a qué atenernos con ellas.

 

Eso que yo he plasmado más arriba, el mapa de Italia que también parece un collar de perlas ligeramente amorfas, evidencia que he hecho trampas, claro. Como el resto de este texto, no hay nada de auténtico en el dibujo de mi proteína; es un fake.

 

Como esas proteínas volubles, la vida es esencialmente inestable. El metabolismo lo dice. Todo es cambio, mutación. No puedes bañarte dos veces en el mismo río 2. Tampoco en el mismo mar. Incluso aunque el agua estuviera calentita y fuera agradable. Precisamente, este es el jarro de agua fría: en realidad te habías meado. Y aún hay más: aunque pudieras volver a hacerlo, tu meada ya nunca sería la misma…

 

¿Qué diferencia a la sopa de mi madre, cocida y enriquecida con pastillas de caldo Pot-au-feu, de ese modelo de proteína cristalizada?

 

“Tú agárrate a tus proteínas como si fueran rocas”, tengo ganas de decirle, mientras noto cómo desaparezco por el retrete. Estamos comiendo en la cocina de su nueva casa; una en la que yo apenas he llegado a vivir. Después de ese silencio incómodo (culpable, por mi parte) he sentido la necesidad de hacer un break y encerrarme en el baño.

 

Mientras me seco las manos con la toalla que es ahora de invitados, trato de ensamblar las piezas. Es marzo pero hace calor; el agua sienta bien en la cara. Mi madre seca compulsivamente el borde del lavabo cada vez que lo usa; una costumbre que yo heredé. Una costumbre que a Él le sacaba de quicio.

 

Frente al espejo, pienso: Quizá pretender controlar los legados sea como tratar de contener el agua de ríos, mares y cisternas, una prueba más de que la vida, aparte de metabolismo, es cuestión de chiripa.

 

Internet dice: Proteo, rey del mar, hijo de Poseidón. Se le atribuyen cambios continuos de forma, así como de opinión; también capacidades adivinatorias; Jung lo relaciona con el inconsciente. Cuando vuelvo a la mesa, mi madre ha retirado los restos del cocido.

 

Enfrentamos el duelo ante un frutero reluciente y las sobras del helado de no sé qué fiesta de su final de curso.

La observo mientras sirve.

 

He vuelto a secar el borde del lavabo, como si eso pudiera evitar cualquier tipo de resbalón. Me he terminado la sopa. No vaya a ser que.

 

Ella (o sea, Ella): ¿Te preparo la naranja?

 

Aquí estás, de nuevo, donde siempre es Navidad, y hay sopa caliente en la mesa, y bengalas de San Juan. Respira; sigues echada sobre el colchón, buscándote el pulso con terror.

 

La verdad, se me pasa por la cabeza, es que nunca llegué a irme. 

 

 Hace diez años ni siquiera era capaz de escribir hay que matar al padre porque para mí era exactamente igual que matarlo: intentar saltar de golpe a la cuerda con los dos pies juntos. Y caerme de morros. Mi falta de pulso es, en esencia, la suya. El final de su mundo es el final del mío; un duelo umbilical que ya dura: que entre nosotras es infinito.

 

 

¿Matar a tu madre? Castigada: al rincón.

¿Matar a la madre? No seas tonta, hija, no hace falta: todas las madres se mueren algún día. Dentro de muchos, miles de años, claro. Pero algún día.

 

 

Y resulta que el puente sobre las aguas, cuidadosamente suturado con aguja e hilo, es una cadena de aminoácidos en la que no soy capaz de vislumbrar el nivel de nitrógeno; que como todo en la naturaleza, me informa Wikipedia, en exceso también es tóxico.

 

 

En esta casa la nevera siempre está llena.

 

Cada gajo de naranja, un trozo de Ella (o sea Mi Madre); que un día que ya no recuerdo fui también yo. Al principio del todo.

 

Ella (o sea, Yo): Mamá, Él se ha ido.

 

 Se nos derrite el helado.  

 

 


1.  Navega, niña de plata / Sigue navegando / Tu tiempo ha empezado a brillar / Navego justo detrás de ti / Como un puente sobre aguas turbulentas / Yo aliviaré tu mente (Simon&Garfunkel, Bridge Over Troubled Water, 1970).

2.  Frase atribuida a Heráclito, filósofo presocrático nacido en Éfeso (más o menos 540-480 a.C.) y del que solo conservamos algunos aforismos fragmentarios que han perdurado gracias a testimonios posteriores.

 

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