· 

Quitarse la máscara. La UE hacia un suicidio histórico

Uno de los mayores peligros para un buzo es vivenciar los efectos de la narcosis de nitrógeno. Este fenómeno llega a causar desórdenes mentales similares a los efectos de algunas drogas, además de una interpretación errónea de la realidad o sensación de euforia e invulnerabilidad. En consecuencia, en tales circunstancias, el buzo puede tomar decisiones que lo lleven a sumergirse a mayor profundidad o incluso a quitarse la máscara de oxígeno, lo que habitualmente deriva en un final trágico.

 

Con la misma escafandra del buzo, en las últimas décadas, la Unión Europea se sumerge en las profundidades de un modelo que hace peligrar su supervivencia. En efecto, el estado actual de la Unión se asemeja bastante al de un buzo que, invadido por la narcosis nitrogenada, decide continuar hacia el fondo ante su incapacidad de interpretar la realidad que lo rodea y actuar en consecuencia. La pregunta es: ¿Podrá salir a la superficie? ¿Sobrevivirá al hundimiento la UE?

 

En la superficie del actual modelo, la correlación de fuerzas derivada de la II Guerra Mundial condicionaría la evolución de la integración europea de forma determinante. Así, a finales de la década de los cuarenta el centro de gravedad se situaba en el eje atlántico, con EEUU como director que adquiría las riendas del nuevo orden mundial en detrimento de Reino Unido. En este núcleo, los países europeos obtuvieron adquirirían un papel central pero subordinado al poder estadounidense.

 

De este modo, la reconstrucción europea cobraba vital importancia para la estructuración del nuevo orden mundial y, fundamentalmente, para la contención a la principal amenaza de la hegemonía estadounidense: la URSS. Así, tanto el Plan Marshall como la creación de la OTAN se desarrollan en un contexto de posguerra en el que la estrategia hegemónica de EEUU se centra en dirigir una determinada reconstrucción de Europa, la cual resultará fundamental para la expansión del capitalismo occidental en las posteriores décadas, así como de contención al auge del comunismo y el socialismo durante el siglo XX.

 

Concretamente, las tres primeras décadas de integración vienen marcadas por dos actores fundamentales en el interior del viejo continente: Francia y Alemania. Las dos potencias europeas perseguían intereses geopolíticos similares, pero ambas temían que el peso político de la otra aumentase demasiado. La potencia gala mantuvo la superioridad militar y diplomática e intentó frenar un posible regreso de Alemania como gran potencia. Por su parte, Alemania gozaba de superioridad económica y la integración resultaba fundamental para el crecimiento de su industria.

 

De esta forma, la reconstrucción europea pretendía un equilibrio de las relaciones francoalemanas, elemento que resultaba decisivo para la estabilidad de la integración avalada por EEUU. En esta línea, tal y como señala el que fuera consejero de Seguridad Nacional en el gobierno de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, la integración y expansión europea se traduce en un aumento del área de influencia de EEUU. Además, debido a la correlación de fuerzas entre capital y trabajo, en los años de posguerra resultó clave encaminar la estrategia hacia el productivismo y las políticas sociales como legitimación de los regímenes políticos europeos ante la amenaza del socialismo. Este contexto cambiaría de forma determinante a partir de los años ochenta: el marco histórico y de intereses en el que se produce la integración europea entra en crisis con el auge del neoliberalismo.

 

Así pues, la estructura de la Unión Europea y, más concretamente, de la eurozona, viene determinada por el contexto histórico en el que se le da forma. En la década de los ochenta, con el punto de inflexión que supuso la crisis de sobreacumulación de la expansión material de posguerra dirigida por EEUU a principios de los setenta, la globalización financiera y, en efecto, las políticas neoliberales, llegaron a Europa a través del gobierno conservador de Margaret Thatcher. Además, en 1986, con la firma de Acta Única, el proceso de globalización financiera entraría de lleno en el viejo continente cimentando la integración europea en elementos monetarios y financieros.

 

En consecuencia, con el giro ochentero, la nueva configuración europea se dibujaba entre 1986 y 1992, con el Acta Única y el Tratado de Maastritch, llevando más lejos la institucionalización de las políticas neolieberales. Concretamente, la estructura de la eurozona implica la restricción de cualquier política monetaria nacional y, en gran medida fiscal, quedando los estados supeditados a las decisiones del BCE. El férreo control del déficit público, sumado a las sucesivas reformas fiscales regresivas (utilizadas como único elemento competitivo entre países en política industrial) y en a un contexto donde se hace cada vez más latente la caída de la recaudación, conlleva necesariamente a la reducción del gasto público. En consecuencia, la política económica de los estados queda reducida a la liberalización económica y a la disciplina salarial como único elemento de ajuste (y como única herramienta para mejorar su competitividad), es decir, el marco de la zona euro implica inexorablemente flexibilidad laboral y de precios.

 

Además, en la correlación de fuerzas interna, el equilibrio francoalemán de posguerra ha sido sustituido por un dominio de la potencia germana, más todavía desde la introducción de la moneda única. En este sentido, como señala un reciente estudio de Centre for European Policy (CEP), el país más beneficiado por la introducción del euro ha sido Alemania, ya que, en caso de que no se hubiese introducido la moneda, la riqueza por habitante sería de media 23.000 euros inferior. En contraposición, para Francia, la no introducción del euro le supondría una media de 56.000 euros más de renta por habitante. En efecto, el dominio germano, ha incurrido en una política favorable desde el primer momento a sus intereses económicos, lo que ha conformado una división europea del trabajo, con un centro y una periferia diferenciados. En esta línea, los desequilibrios entre los países miembros y dentro de los mismos no es una causa inmediata de la crisis del 2008, sino que es algo que está inserto en la dinámica de la moneda única desde su introducción.

 

En la misma línea, como señala Joseph Stiglitz en su libro El euro. Cómo la moneda común amenaza el futuro de Europa, para solucionar la crisis estructural dentro del marco del euro es necesario un alto nivel de precariedad laboral y de paro en los países del sur, esto es, para sostener la estructura actual de la eurozona, la periferia está condenada a la precariedad laboral. Con todo, la ampliación de la Europa social de posguerra desaparece del horizonte. Este hecho tiene implicaciones determinantes en la sociedad europea, ya que ha provocado una crisis en los sistemas políticos de los estados miembro, no solo de la eurozona, sino de toda la UE.

 

Por otro lado, desde el punto de vista internacional, a principios de la década de los ochenta, los países de la UE representaban cerca del 30% del PIB mundial en términos de poder de paridad adquisitivo, cifra que se reduce a casi la mitad (16,3%) para el 2018. En las relaciones internacionales, esta cifra se traduce en un peso geoeconómico y geopolítico cada vez menor, situándose en medio de una pinza entre China y EE.UU. De forma interna, la decadencia de la UE se acelera al apostar de forma irrefrenable, por la misma estrategia desde el año 1986, incapaz de integrar las demandas de las distintas poblaciones de la Unión derivadas de la crisis del 2008 y las posteriores políticas de austeridad. La etapa postcrisis ha traído más integración financiera y monetaria, pero nula integración política y socioeconómica. Además, lejos de aportar soluciones, las políticas de expansión cuantitativa únicamente han permitido ganar tiempo.

 

Así pues, el establishment de la UE, invadido por la narcosis nitrogenada apuesta por seguir hacia las profundidades, lo que pone en peligro la supervivencia de la estructura actual: el desmembramiento no se puede frenar sin emprender una profunda reforma de las instituciones europeas, algo que parece estar bastante lejos de materializarse. De esta forma, el camino hacia una integración más allá del ámbito monetario-financiero, profundizando en una unión política, social, económica y militar, parece estar lejos. El reciente intento de Macron de propulsar una tibia reforma de las instituciones europeas liderada por Francia no ha llegado a buen puerto. El liderazgo alemán eclipsa cualquier posibilidad de una Francia fuerte, volviendo irreversible el equilibrio francoalemán de posguerra. A su vez, el devenir del Brexit pone de manifiesto la incapacidad de la UE para integrar demandas, pues la estrategia es de puro dominio. Además, lejos de caminar hacia una Europa social y federal, profundizando en la integración política, el camino sigue siendo únicamente el de la integración financiera y monetaria, provocando una tensión que rompe las frágiles costuras de la unión.

 

 

En consecuencia, la famosa frase que pronunció hace casi treinta años Mark Eysken: “Europa es un gigante económico, un enano político y un gusano militar” va camino de pasar a la historia. La UE ha dejado de ser el gigante económico que era hace décadas y, como el buzo nitrogenado, se hunde en lo político y lo militar. La desintegración interna y la pérdida de poder externa de la UE se muestran cada vez de forma más evidente, tanto por el crecimiento del euroescepticismo, como por la pinza a nivel geopolítico que está sufriendo ante EEUU y el eje que conforman Rusia-China. En resumen, la resaca de la globalización financiera está dejando en fuera de juego a la UE. Con todo, el establishment de Bruselas se asemeja al buzo que, en las profundidades, invadido por la euforia de la narcosis nitrogenada, decide continuar hacia el fondo. ¿Cómo actuarán ante la próxima crisis financiera? Todo parece indicar que quitándose la máscara de oxígeno. De esta forma, parece difícil que la UE vuelva a la superficie.

Escribir comentario

Comentarios: 0