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El primero

Quinientos treinta millones de televidentes siguen la histórica retransmisión: siete peldaños separan al homo sapiens Neil Armstrong del irrepetible acto de pisar la Luna por vez primera.

 

(04.13.22.48 h) Houston: Estamos esperando, cambio. [Pausa larga.] Eagle, aquí Houston. Cambio.

 

Fija a una de las piernas articuladas hay una videocámara en blanco y negro sobre la que descansa la responsabilidad de inmortalizar el suceso: un plano general maestro con el que el mundo será testigo del acto de exploración más radical de la historia humana.

 

(04.13.22.59 h) Houston: Vamos Neil, no te vemos en la escalerilla. Estamos en el aire.

 

Situada en los bajos del módulo, la imagen no capta la escotilla: “El salto” y los “Primeros Pasos” gozan de prioridad.  

 

(04.13.23.32 h) Houston: Neil, nos das una lectura de ciento sesenta pulsaciones. Tenemos aquí a Doc haciendo aspavientos. ¿Podrías bajar tu ritmo cardiaco?     

 

El lado diestro de la pantalla, de un gris blancuzco, se asemeja a una banquisa ártica y muestra el suelo lunar como si el haz de luz de un gran foco colgante barriera sin oposición la superficie. El horizonte de esta desolación helada es un cielo cósmico vertiginoso en el que no se advierten estrellas. Tampoco la tierra. No hay nada allá fuera, tan solo una araña de aluminio que ha recorrido trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros y de la que emergerá Armstrong, primero, Buzz Aldrin, en algún momento, después. A la izquierda reconocemos las extremidades inferiores del aparato y parte de la escalera por la que se descolgará el Jasón del siglo veintiuno.  

 

(04.13.23.50 h) Houston: Buzz, tenemos problemas para copiar a Neil, ¿puedes decirnos qué está pasando?

 

La historia aguarda: Marco Polo, Cristóbal Colón y ahora Neil Armstrong. Gracias a la invención del radiotelescopio y de los tubos catódicos el acontecimiento lo presencian millones. La imagen llega a la tierra en un blanco y negro de técnica litográfica y una textura de carboncillo. El aparato de filmación (una cámara ligera de orticon) no da para más.

 

(04.13.24.11 h) Houston: Neil, Buzz, si tardáis tanto nos adelantarán los soviéticos…

 

El espectáculo entra acompasadamente en su clímax: en el dintel de los televisores, aún fuera de plano, se advierte una sombra en movimiento. El público se yergue y acerca el rostro a la luz de sus cajas de entretenimiento. Aparece un traje espacial.

 

(04.13.24.47 h) Houston: Te vemos Neil, estupendo. Empezamos a respirar. [Pausa larga.] ¿Qué demonios sucede? [Pausa larga. Rumor de fondo.] Dios mío Neil.

 

Armstrong, como un pesado batiscafo, cae en paralelo a la escalerilla vuelto del revés, un brazo junto al pecho sujetando una cuerda imaginaria, como un nadador de apnea directo al fondo del océano. Con la otra mano intenta, sin éxito, asirse a la barandilla. El primer hombre se dirige de cabeza hacía el suelo selenita. Los libros de historia tiemblan. Al presidente Nixon la saliva se le vuelve ginebra. De repente el descenso se detiene. Su bota derecha está en los guantes del otro astronauta -que acaba de hacer su aparición en la parte superior de la escena-. Buzz Aldrin, como un perezoso de documental, ayuda a su compañero a volver a la escotilla.

 

(04.13.25.02 h) Houston: Providencial, Buzz. Tenemos dos infartos ya aquí.

 

A medida que el cuerpo de Armstrong gira y da la vuelta, una singular antena en el casco llama la atención de la ya estupefacta audiencia. Buzz Aldrin es lo primero que le quita. Pero tal y como se la quita se la vuelve a poner en otro lugar. Así hasta tres veces.

 

(04.13.25.32 h) Houston: Aquí control, muchachos, ¿nos copiáis? Buzz, ¿eso que llevas en la mano es el destornillador?

 

 

El primer astronauta está ahora flotando más allá de la escalerilla en dirección a la parte superior del plano, impulsado por una fuerza que brota de su propio traje. Armstrong desaparece de los televisores directo a la negrura, a cámara lenta, como el hombre volador de un sueño. El segundo astronauta, Buzz Aldrin, desciende escalón a escalón, torpe pero solemne, y se coloca al final de la estructura. Luego, de un pequeño salto, posa su bota en la superficie lunar.