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Respirar de nuevo

Escuchó bajo las aguas la voz de un cadáver que pronunciaba su nombre. Con el aire que le quedaba en los pulmones, descendió unos metros más y vio la luz, por un momento. Se asustó y comprendió que debía ascender a la superficie, respirar de nuevo. Bajo el agua las promesas son distintas. La agonía es otra, también, como más alambicada, menos promiscua. La televisión se encontraba apagada en ese momento. Manuel Dávila dormía plácidamente. Su cuerpo encogido en un sofá demasiado pequeño. En una mesa baja, a su derecha, los platos se acumulaban, algunos con restos de comida, latas vacías de cerveza, una botella de bourbon, vasos de plástico, el cenicero repleto de colillas. La rutina se enmarcaba como una lámina de Miró, con un cristal protegiéndola del polvo, del humo del tabaco, que lo amarillea todo. La rutina convertida en consejera, como esos libros de auto ayuda que solidifican el amor o reclaman abrazos. Manuel Dávila llevaba tres días sin acudir al trabajo. El desamor flotaba en las aguas de Manuel, después del último adiós, la repentina ruptura con ella. Nada que nos sorprenda, por otra parte, una historia ya conocida. Otra ruptura.

 

La ciudad es un laberinto, la postal más o menos antigua que visualizamos cuando no hemos perdido, todavía, nada, ni siquiera la inocencia. Luego se convierte en una tarjeta triste y pendenciera que nos obliga a pensar en el tiempo El amor se consume como una vela. Las adquiría, Manuel, en la calle de la Pausa. Sin parafinas. Porque las encontrabas más baratas, pero también más nocivas. El amor es también nocivo cuando se rasga o se rompe como una cuerda de la que cuelga la ropa, expuesta a la inclemencia del tiempo, a la voluntad del sol o esa lluvia que llega de improvisto. Porque uno nunca se acuerda de descolgar la ropa cuando la lluvia hace su aparición de figura literaria. Tres días sin acudir al trabajo son motivo suficiente para una sanción, para el despido. Poco le importa a Manuel esa triste rutina del despacho, el desayuno previo, los titulares del periódico que casi siempre se  hallaba ocupado en el bar donde acostumbra a desayunar. Porque él quisiera ser como Banksy, un desconocido que retrata los muros, las paredes en distintas ciudades. Todos hemos deseado ser, alguna vez, otro.

 

El teléfono móvil vibra constantemente porque lo tiene en modo silencio. Las cosas que suceden o no suceden cuando se vive ausente nos pasan desapercibidas pero acontecen como si uno quisiera detenerlo todo: los relojes, los tranvías, la programación televisiva, el contacto con las ondas, la locura de vivir o habitar el fondo de una bañera. O simplemente ese silencio, esa desgana que surge cuando se pierde algo o alguien. Pero llega, acontece, ese momento en que te sientes mejor y recuperas el ánimo y al salir de nuevo al exterior, al ponerte en contacto con la realidad, descubres el desaguisado, las plantas secas, porque  no las regaste, el desolado presente que hace aguas en el escenario de la vida. El momento en que deshaces el nudo y la cuerda vuelve a extenderse.

 

Como un juego de cartas, Manuel Dávila piensa en cartas, en una baraja española con la que la gitana predice el futuro. Ese futuro que no siempre nos otorga la respuesta, lo que deseamos escuchar. Necesitamos que nos anuncien lo preciso, como un manual de supervivencia. Un futuro que no necesariamente esconde la respuesta correcta. Las acrobacias de la vida resultan de las mentiras de la muerte. Y Manuel intuye, sabe que en algún momento tendrá que levantarse. Regresar al espacio que le pertenece, como nos pertenece la razón, en ocasiones, o el equívoco latente, la visceralidad, el odio o la bondad. Necesita asearse, limpiar la sala, vestirse una vez mas para regresar a la calle y evaluar los destrozos de esa inmersión al fondo de la locura.

 

 

Olvida que Marta era de fuego. Un continente, tal vez, inexplorado. La mordedura de una serpiente venenosa. Bebías de su boca todo cuanto se derramaba, los besos, las babas, las mentiras. Marta te contó la historia de Tim Buckley y te habló también de Boris Vian. Y lo escuchaste todo de uno y leíste todo sobre el otro. Olvidando lo muerto porque sólo te interesaba la certeza. Y tal vez resulte mejor así, olvidar lo que un día te condujo a un laberinto de pasiones desbocadas. Marta era dueña de un imperio de sentidos. La necesidad de querer siempre lo imposible. Desconocías qué te atraía más, si su reflejo en los charcos o ella misma pisándolos, como si el agua no atravesara la suela de sus zapatos. El amor, quién conoce nada del amor, esa supervivencia de te quieros y más besos y más babas.

 

 

 

Fue aquella tarde en la bañera, cuando te sumergiste entero y abriste los ojos. Cuando todo había concluido en su color de banderas sin patria, cuando descubriste que no te quería y te había abandonado. Te convertiste en objeto, en tremenda derrota. Era el momento en que Manuel Dávila, después de vivir tres días cinematográficos, pretendía arrancarse la tristeza y el desasosiego. Lavarse por dentro, la piel y todas las circunstancias. De aquello en lo que creyó y le hizo derrumbarse, como un tronco viejo y seco. Fue el momento en que abrió los ojos, sumergido en el agua de la bañera, y escuchó la voz de un cadáver que pronunciaba su nombre porque, de alguna manera, Marta, que era de fuego, ni existía ni volvería a irrumpir en su monótona vida.

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