· 

Demonios de mar

Ilustrado por Deivid Sáenz
Ilustrado por Deivid Sáenz

El cielo es gris como solo puede serlo cuando amenaza tormenta y la mañana se ha levantado demasiado fría para esa época del año. La casa está en una calle cerrada que termina en un pequeño muelle de cemento. Es el primer día de las vacaciones y el niño no puede dormir más. Después de vestirse con un pantalón corto y una camiseta tipo polo, sale de la casa por la puerta de atrás, escucha el ruido de la cocina donde ya se trabaja, y cruza el jardín hasta la calle. El olor del agua salada lo llena todo, es una de las cosas que más anhela cuando no está allí, después viene todo lo demás.

 

Junto al muelle hay una breve playa de arena oscura llena de algas y ramas que ha arrastrado la corriente. Va hasta allí saltando un murete de ladrillo y se acuclilla para buscar cangrejos ermitaños. Cuando encuentra uno lo mete en el frasco de vidrio que ha llevado para la ocasión. Un pequeño crustáceo bajo el caparazón de un caracol saca sus antenas extrañado, las patitas le resbalan sobre el cristal haciendo un ruido ligero y agradable.

 

 

 

 

Al subir al coche pregunta por su abuelo y Tito le responde que hoy no vendrá.

 

—Me pidió que te llevara de pesca, si tú querías — dice mientras enciende el coche, apaga el cigarro y lo lanza a través de la ventana que ya está subiendo. Él sabe que es una pregunta en la que solo cabe una respuesta, lo haría tuviera ganas o no. Por alguna razón siempre desea complacer al viejo.

 

— De acuerdo — le contesta.

 

En el espejo, los ojos cansados y enrojecidos de Tito lo observan como invitándolo a alegrarse. Y pese a lo lacónico de su respuesta, la verdad es que la idea lo emociona: todavía se siente atraído por los juegos infantiles; disfruta en el barco inventándose historias sobre piratas y monstruos marinos. Ha crecido leyendo las novelas de Salgari y Julio Verne y pocas son las ocasiones que como aquella le permiten acercarse, aunque sea un poco, a los exploradores imaginarios.

 

— Entonces vamos primero a desayunar — le dice desde el asiento delantero al tiempo que saluda con un gesto de la mano al guardia de la urbanización e inmediatamente después le pregunta — ¿te gusta la música? — y sin recibir ninguna respuesta enciende la radio de la que salen los compases, adornados con el sonido viejo de la estática, de una balada alegre que Tito coge al vuelo — va’l carretero cantando, conduciendo la carreta, que de caña va repleta y nada se está ganando. Cual montuno platanal, haciendo la caña a la prisa, convirtiéndola en huarapo, se ve a lo lejos “el central”, que bonito es contemplar los transparentes celajes, sobre los bellos paisajes que forma el monte oriental…

 

El cielo parece tranquilo y a través del cristal se ven balancear las palmeras impulsadas por el viento al ritmo de la música. Los asientos en los que se hunde el niño son de piel negra, suaves al tacto, casi sedosos, con un olor que recuerda al de un armario antiguo y bien conservado. Las molduras, igual que el salpicadero, son modernas a la vez que clásicas y no se hubieran visto fuera de lugar rodeadas de rascacielos y grandes avenidas, incluso el nombre del coche provoca esa idea: New yorker. Sin embargo, en lugar de la Quinta Avenida, el niño desayuna mirando desde la terraza del restaurante el paseo marítimo de una ciudad tropical y a Tito que lo espera en la puerta.

 

 

 

 

Una vez en el agua, Tito le hace una señal para que coja el timón y él lo hace, pero se siente inseguro, es la primera vez y no es como se lo imaginaba, el barco responde muy lentamente y el viento y las olas parecen ser factores más relevantes que sus delgados brazos infantiles.

 

— Agárralo fuerte y mantenlo en esa dirección –le dice señalando un punto vacío en el horizonte—.

— De acuerdo —responde sin saber muy bien que significa "agarrar fuerte" un timón que es de su tamaño y tampoco muy bien dónde está el punto que le señala. La costa cada vez está más lejos y Tito se mete al camarote bajo la cubierta durante unos minutos que parecen interminables.

 

Sale cargado con bolsas de plástico, cosas que ha comprado antes, refrescos, queso envuelto en cera, pescado, y las acomoda en las hieleras que hay bajo los asientos de popa.

 

— Buen día para pescar — dice ofreciéndole un refresco.

— ¿Sí? — pregunta el niño un poco incrédulo, apretando el timón entre sus dedos. El viento le da en la cara y tiene la sensación de que las olas son como los lomos de enormes ballenas. 

— El mar está movido y eso saca a los peces pa´ arriba. Son los mejores días para ir por pulpo — explica y se queda pensativo —. Son muy listos los jodidos y se van al fondo, los encuentras a todos juntitos, agarrados unos a otros para que la corriente no los arrastre.

 

El niño mira el mar e imagina las corrientes como torbellinos en el fondo que arrastran todo lo que se cruza en su camino, ve a los peces girando sin control.

 

— ¿Y cómo sabes lo de los pulpos? —pregunta ansioso.

— Soy pescador — responde Tito y como si aquellas palabras hubieran invocado a la atmósfera, las olas dejan de chocar contra el casco del barco y el viento cesa. El mar, ahora parece una enorme tabla plana. Tito toma los mandos de la nave y los apaga. El barco se balancea ligeramente inclinándose primero a babor y después a estribor. El silencio abruma al niño. 

— Bueno, era pescador… — dice soltando el ancla que se hunde rápidamente llevándose tras de sí una cadena de metal que tintinea mientras se desenrolla, los eslabones chocando contra el barco — antes de trabajar para tu abuelo.

 

Es la primera vez que está con Tito a solas, nunca antes había tenido tiempo de escucharlo, era más bien como una presencia obvia, como la casa y tan antigua como ella. No tenía recuerdos antes de él, siempre había estado allí, era un elemento esencial de las vacaciones en que él motu proprio iba a visitar a su abuelo mientras sus padres se quedaban trabajando en otra ciudad. Lo recordaba saludándolo amablemente cuando iba a recogerlo a la estación de autobuses, limpiando el coche por la mañana antes casi que saliera el sol, hablando con el jardinero mientras esperaba. Casi siempre esperaba, esa era su principal función. Esperar fuera de la casa. Esperar en el estacionamiento. Esperar en el restaurante. Esperar. No sabía si tenía familia, quienes eran o qué hacía en su tiempo libre, eso no existía, era una realidad inimaginable. 

 

Pero ahora estaban aquí, hablando entre ellos y esa existencia inaudita fuera de lo que era esperar, se abría como un universo entero. El niño se sorprende al descubrir a aquel hombre de piel oscura, de cara tiznada y de ojos redondos y cansados como un sujeto separado de su propia existencia, de la existencia de su abuelo, de sus padres, del jardinero, de la casa, y se siente por un segundo terriblemente avergonzado de jamás haber tenido en consideración esa posibilidad.

 

— Hace veinte años — dice mirando al horizonte como si buscara en cada uno de los días que habían pasado, una vida entera que no le pertenece. El niño lo observa sin comprender del todo aquel momento y se siente de alguna manera apenado aunque no termina de encontrar el sitio exacto del que emana esa tristeza como si se tratara de un fenómeno atmosférico más: una ráfaga de viento, una lluvia imprevista.

 

 

 

 

Han cogido ya algunos peces, sin embargo, todos son demasiado pequeños y los devuelven al mar. Tito los sujeta con fuerza, boqueando entre sus dedos, al mismo tiempo que tira del cordel hasta que el estómago les sale por la boca, parece imposible que sigan vivos, pero lo están. Con agilidad, les extrae el anzuelo enterrado, les mete las tripas empujando con los dedos índice y anular de la mano derecha y los lanza al mar.

 

— Antes pescaba de todo, pero lo que más dinero ha dejado siempre es el pulpo… ¿Sabes cómo se pesca? — le pregunta con interés y el niño mueve la cabeza de un lado a otro. —Pues es de lo más fácil — dice y después guarda silencio.

—¿Por qué? — pregunta el niño sabiendo que es lo que espera Tito para continuar. Éste deja de echar peces al agua, saca un cigarro del bolsillo de la camisa que lleva desabotonada, lo enciende y sonríe. 

— Solíamos ir mis hermanos y yo en la lancha de nuestro papá, un bote viejo con el motor oxidado. Nos levantábamos muy temprano, dos o tres horas antes de que saliera el sol…

 

Ramón, que es el que lleva la lancha, los deja en lo que parece ser el centro de la noche, dentro de un silencio abrumador, uno a varios kilómetros del otro. Cuando lo dejan a él, Tito se sumerge y lo primero que hace es mirar a su alrededor, al océano, pero normalmente a esa hora no logra ver nada, apenas sus brazos y piernas agitándose lejanos. Sintiendo como si nada importara al lado de este inconmensurable vacío, se deja arrastrar por las corrientes más cálidas que lo sostienen con ligereza a pesar de los plomos que lleva sujetos a la cintura.

 

La noche se resquebraja en la madrugada y la cúpula marina bajo la cual bucea se enciende con una luz fría que apenas ilumina un fragmento de agua. El corazón le late con lentitud, lo nota en los oídos y la calma inunda su pecho como si un trozo de mar se le hubiera metido dentro. Los segundos se dilatan haciendo que el mismo tiempo adquiriera la forma del agua. Es entonces cuando lo percibe. Las corrientes cálidas cambian de carácter y se vuelven más agresivas, violentas casi, el espacio se transforma por completo y el océano se agita con la presencia de una masa enorme y sin forma. La distingue girando en torno suyo, pero no la ve. Recuerda las historias que de niño le contaba su abuela sobre los demonios del mar, seres que cuidan de los habitantes marinos, pero también de los pescadores, manteniendo un extraño equilibrio natural. Y tal vez por eso, Tito no tiene miedo, los conoce demasiado bien. Él les teme a otras fuerzas más siniestras, poderes intangibles que lo mantienen hundido en el lodo, pero sin matarlo, boqueando como pez al aire. Estas fuerzas le generan una angustia que supera cualquier otro temor y que sube reptando hasta las chozas más pobres, las que se encuentran cerca de la playa, de tejados de palma y ventanas como ojos negros abiertos al mar.

 

Allí juega un niño en el suelo con los mocos escurriendo, la cara sucia, las manos manchadas. Juega con trozo de plástico mientras un perro flaco se rasca las pulgas. Imagina su madre que se hará grande, que irá a la escuela. Más allá no puede soñar, no le alcanza la imaginación. Piensa también en el padre del mocoso, en Tito, metido en el mar y le reza a la Virgen de la Candelaria. La angustia, ahora con nombre y cara, se desliza playa abajo, se sumerge en el mar y va en busca del otro.

 

Arriba el mar está agitado, el viento levanta cortinas de agua y las olas chocan confusas. La lancha y Ramón son solo un punto sobre una cresta lejana, pero debajo Tito avanza dentro de una aparente calma, parece moverse sin dificultad y, sin embargo, las corrientes son fuertes. El hombre es ágil y se mueve entre ellas como un pez, siempre un poco más abajo. Cuando llega al fondo nada en paralelo a la arena buscando al animal escondido y cuando lo encuentra le clava el arpón, después sube a la superficie y toma aire. Cuando está arriba, coge la línea de pesca que también está sujeta a la boya y ensarta al pulpo como una perla en un collar. Una y otra vez. A veces, los tiburones vienen atraídos por la tinta y la sangre y entonces no se puede hacer nada, solo esperar a que se lo lleven todo.

 

El trabajo es peligroso. Cada vez que se baja se debe estar convencido de que se podrá regresar, el oxígeno es el que hay en los pulmones y es escaso. Puedes marearte y la cabeza jugarte malas pasadas. El mar es un diablo y te lleva cuando quiere. A su padre se lo llevó. Tito lo buscó durante una semana. El funeral fue en la única habitación de la casa, pusieron un retrato de él con sombrero y paliacate. Aquí no es raro velar a los muertos sin el cuerpo. Mal de pescadores. Dicen que a su padre se lo llevaron los demonios del mar.

     

Pero Tito ya no cree en demonios ni en sirenas ni en pulpos gigantes, es un descreído, y sabe que a su padre lo mató la pura tristeza.

 

— Lo de los permisos nos vino a quitar lo poco que teníamos —dice al terminar el relato.

— ¿Qué permisos? — le pregunta el niño confundido y una leve sospecha empieza a anidar en su mente.

— Los de pesca — contesta de forma casi automática —. Al principio seguíamos haciéndolo a escondidas, a fin de cuentas, era lo único que sabíamos hacer, pero cuando el viejo desapareció tuve que pensar en mi familia y el ingeniero, tu abuelo, me ayudó —.

— ¿Pero por qué se los quitaron? —pregunta el niño mientras nota como un nudo le crece en el centro del estómago. 

— Porque son unos hijos de puta —dice y se le encienden los ojos como dos carbones incandescentes—, decían que lo estábamos haciendo mal, que estábamos acabando con el pulpo, con el mero, con la langosta y con todo. Intentábamos tramitarlos pero siempre nos faltaba algún papel. Al principio no pasaba nada, seguíamos pescando sin los dichosos permisos y punto, pero una mañana, mi mujer me despertó, tenía los ojos abiertos como platos y me decía que había mucho ruido fuera. Se escuchaban camiones y gente gritando. Me puse los pantalones y salí corriendo, así sin camisa y sin nada. Había un montón de policías y trabajadores del ayuntamiento. Estaban subiendo nuestras lanchas en camiones. Reconocí la roja de mi viejo subida en uno y fui a por ella. Le dije a un hombre que estaba junto al camión con una libreta en la mano que esa era mi lancha y que la tenía que bajar, él me miró de arriba abajo y me pidió el permiso. Cuál permiso ni qué permiso, le dije gritando. Del permiso para el uso de la lancha, me respondió con una tranquilidad que le hubiera partido la cara. Las órdenes dicen que nos llevemos todas las que no lo tengan, así que si no me lo enseña, me la llevo. Pues no se la lleva, le dije y me trepé al camión, la gente estaba gritando. Ahora mismito la bajo, ¡cabrón! Pero antes de que pudiera subirme, sentí un porrazo en la espalda y me caí en la arena, un policía me había dado bien. La gente empezó a gritar más fuerte y se armó un desmadre bueno —.

 

— Cuando los policías se fueron solo dejaron manchas de gasolina, trozos de madera y algunas redes rotas que poco a poco se llevó la marea. Y para cuando salió el sol, apenas quedaba nada, solo el recuerdo. El viejo no dijo ni una sola palabra, simplemente se quedó mirando la playa vacía. Una semana después desapareció dejando sus chanclas atrás —.

 

 

 

 

-González tenía un camión de carga, de esos grandes con rejas de madera y allí que nos trepamos algunos. Después, de no sé dónde, aparecieron otros más y se subieron los que faltaban. Íbamos todos, las familias enteras. Traqueteando por aquellas carreteras de tierra, apretados, sudorosos, pero dispuestos a todo para recuperar nuestra vida. Vi a mi mujer subirse a otro camión con el niño colgando del brazo. No nos quedaba nada, pero tampoco teníamos miedo-. 

      

Iban a la capital del estado a ver directamente al gobernador por el que la mayoría de ellos había votado. Él los escucharía. Sin embargo, a pesar del coraje que los había impulsado a subirse a los camiones, conforme entraban en la ciudad se iban sintiendo menos seguros, más incómodos, y para cuando llegaron al zócalo, la plaza de la Constitución, se sentían como peces fuera del agua.

 

La plaza es grande y está rodeada de edificios coloniales construidos a principios del s.XVII con madrépora gris bien conservados. La parte peatonal está llena de jardineras con palmeras y flores. Los pasajes entre las plantas confluyen todos en un elegante kiosco circular que durante los fines de semana hace de escenario para las bandas de música que tocan a la caída de la tarde cuando el calor y la humedad dan tregua y son sustituidos por una agradable brisa marina. La plaza se llena de gente, vestidos blancos, tacones negros y sombreros de palma. 

 

Los arcos del edificio de gobierno se abren hacia el frente, es un edificio de estilo toscano, con una torre de reloj en un lateral y grandes ventanales y balcones. Debajo de los arcos y justo en el centro hay una alta reja metálica con puertas de hierro forjado ricamente adornadas que dan paso a una escalera de mármol blanco flanqueada por un imponente pasamanos de bronce. Más arriba, en la pared que enmarca el descansillo y justo en donde la escalera se divide en dos abriéndose hacia afuera y hacia atrás, hay un cuadro en el que está representada la fundación de la ciudad. El último tramo de escaleras desemboca en una balaustrada que rodea el patio de armas y desde el cual se puede acceder al salón de cabildos cuya vidriera se abre a la plaza de la Constitución con su kiosco de techo octogonal de latón, sus largas palmeras, su alegre ruido. Al fondo se ve el puerto y más atrás el mar azul.

 

 

 

 

No lo encontramos. El gobernador no estaba en su oficina. — dice escupiendo las palabras. — Pero tampoco nos íbamos a quedar allí como tontos y exigimos que nos atendiera alguien. No habríamos hecho el viaje en balde. Así que nos dijeron que esperáramos que ya vendrían a atendernos. Nos dejaron allí, en la puerta bajo los arcos y ni agua nos ofrecieron. Las mujeres estaban cansadas y los niños lloraban así que nos fuimos a esperar a la plaza. Nos instalamos en las jardineras bajo las palmeras. Los niños se pusieron a jugar entre las flores. La gente que pasaba nos miraba con malos ojos pero nosotros a lo nuestro. Allí nos quedamos…  diez días enteros. A la mañana del undécimo día, un funcionario bajito vino a explicarnos que teníamos que irnos, que aquello empezaba a oler mal y que la gente se quejaba. Nos prometió que cuando el gobernador volviera de su viaje nos mandaría llamar y que ya veríamos cómo todo se arreglaba. Nosotros ya habíamos perdido las ganas de bronca, y el hambre hacía estragos, algunos incluso ya se habían vuelto al pueblo así que nos conformamos con su palabra y nos fuimos de allí. Como te puedes imaginar el gobernador nunca nos mandó llamar y cada uno se buscó un trabajo en donde pudo, eran cosas temporales que esperábamos dejar una vez resolviéramos lo nuestro, pero al tiempo nos enteramos que todos los permisos se los habían vendido, casi regalado, a una empresa de un amigo del gobernador y entonces entendimos que ya no volveríamos más al mar —.

 

El corazón del niño parece quebrarse, algo sin duda se ha roto dentro pues la sospecha se ha vuelto certeza, sabe que su abuelo es el dueño de una empresa pesquera que tiene todos los derechos en el litoral. Parece que Tito continuará hablando y sin embargo ya no dice nada, se queda callado fumando frente al niño que se recuesta en la silla en la que se ha sentado con la caña entre las piernas. El niño no sabe qué decir, se siente avergonzado, pero decide respetar el silencio de Tito. El día de pesca llega a su fin y él ya no tiene más preguntas pues sabe de qué manera acaba la historia.

 

 

 

 

No es hasta el día siguiente que el niño se acuerda del pequeño cangrejo ermitaño. Busca el bote de cristal debajo de la cama y al abrirlo un olor fétido invade la habitación y el animalillo cae inerte, con las patas colgando como algas muertas. Lo recoge del suelo con los ojos enrojecidos y húmedos, toma la caña de pescar que se inclina junto a la puerta, sale al jardín, lo cruza hasta el canal y tira ambos objetos al agua.

Escribir comentario

Comentarios: 0