Dos minificciones


Ilustrado por Deivid Sáenz
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Instrucciones para arrullar a una criatura

 

Procúrese una criatura. Si no sabe de dónde surtirse, diríjase al mar o a un río cercano ya que ciertos especímenes pueden pasar navegando en una cesta (el relato bíblico deja constancia de ello). Una vez que haya conseguido el bicho, forme con sus brazos una cuneta y colóquelo delicadamente dentro de ella (si es necesario, hágase ayudar de otra persona). Con movimientos oscilatorios (trepidatorios sería fatal), balancee con cierta dosis de ternura sus brazos en forma de cuneta. Válgase de una voz melodiosa (preferiblemente si usted es soprano o mezzosoprano) para cantar una canción de cuna con la mayor parsimonia posible. A veces las criaturas pueden llorar o hacer pucheros. Si esto ocurre, dele leves palmaditas en su espalda. Si se siente especialmente tierno, tome una de sus manitas y bésela, o en su defecto, tome uno de los quince tentáculos y béselo, pues no le podemos asegurar que lo que haya recogido del mar o del río sea humano y no un cefalópodo cría de Kraken abandonado a su suerte. 

 

Ilustrado por Deivid Sáenz
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Concatenación de malentendidos

Por un error de traducción (del griego al latín), y posteriormente debido a la errata de un somnoliento copista medieval, creemos que el Leviatán era una titánica criatura cuyos pasatiempos eran calcinar marinos y hundir barcos. En realidad, sólo se trataba de una anguila (Anguilla anguilla) bastante fea pero pequeña. Su mala fama se debía a la creencia popular de que si uno la comía por error, se intoxicaba (impertinente diarrea y vómitos asegurados), y en ciertas ocasiones podía quedarse paralítico (el caso del filósofo griego Anamínedes es un triste ejemplo) o simple y llanamente morirse. El gran problema es que si uno se moría (de acuerdo con la creencia pitagórica), entonces se reencarnaba en una pequeña y fea anguila que por un error de traducción (del latín a una lengua vernácula) y por la torpeza de un sinnúmero de copistas seguiría asombrando a varias generaciones de incrédulos con la falsa y terrorífica magnitud de un falso Leviatán.

Ilustrado por Deivid Sáenz
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