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Delicatessen

Ilustrado por Deivid Sáenz
Ilustrado por Deivid Sáenz

Una barbaridad. Una pasta gansa, eso era lo que me iba a costar. Pero supongo que ya sabía a lo que venía cuando contacté a este tipo. Le conozco a medias. Un contacto de un colega de un amigo de la facultad. Me ha llevado horas de Facebook y un par de birras con gente cuyo apellido apenas recordaba llegar a él. Tampoco puedo quejarme porque, en definitiva, ha sido más fácil de lo que esperaba. 

 

Pero el precio, ay, el precio. Es incluso más caro de lo que había presupuesto. Está en ese punto dentro de lo disparatado en que puedo permitírmelo, pero escuece. No obstante, tengo la suerte de ganar el suficiente dinero como para que haya pocas veces en que mi cuenta bancaria se resienta de verdad, y por una vez no pasa nada. Porque la recompensa merecerá la pena. 

Esto es mi culpa por encapricharme de alguien fuera de mi alcance. Marina, la hija del jefe. Trabaja con nosotros, más o menos. Aparece y desaparece de la oficina y hace lo que le da la gana con su padre, los negocios, y con todos nosotros. Yo soy consciente de que soy un perro faldero más, y lo asumo, con tal de conseguir entretenerla más que nadie en la perrera. Pero ahora quiero algo más, quiero ser el cachorrito que se lleve a casa. Lo que pasa es que no basta con poner ojitos. He visto a otros intentarlo, claro que sí, contándole penas reales o inventadas para conseguir su compasión. Esta es una treta con poco recorrido. Dárselas de seductor o de perdonavidas tampoco funciona porque incluso de eso se aburre, Marina. 

 

El problema es cómo impresionar a una chica que lo tiene todo, que podría elegir a cualquiera y es imposible cautivarla durante más de cinco minutos si no juegas bien tus cartas. La suerte y la desgracia que tengo es que Marina y yo hemos tenido un par de citas, lo cual me indica que tengo posibilidades de avanzar con ella más allá de tontear en la oficina. Algo en mí le hace gracia y quiero creer que no me ve sólo como un bufón. Es verdad que las anécdotas más sórdidas que le cuento no han sido necesariamente protagonizadas por mí, si no que han llegado a mí como rumores en la universidad o he llegado a presenciarlas desde un segundo plano. La mayoría, de hecho, las descubrí gracias al amigo que me ha servido de enlace para conseguir mi caballo de Troya. Ese objeto de deseo lo suficientemente extravagante como para que Marina no lo haya probado jamás.

 

Se le conoce como Kuri. Viene de Kurimuzon, que en japonés significa “carmesí”. Por lo que he podido comprobar, el nombre se refiere al color del caparazón del crustáceo. La carne de este marisco es, ahora mismo, la más buscada por aquellos que pueden permitirse comer algo cada vez más selecto. Sé que Marina es una de esas personas, sé que no la ha probado aún y que no se espera de ninguna de las maneras hacerlo de mi mano. Con un órdago así, puedo cambiar su percepción sobre mí y pasar a ser algo más que otro pelele que le cuenta cuatro tonterías para llamar su atención. Conmigo tendrá a un compañero capaz de sorprenderla y hacerla sentir especial de verdad. Actos, no zalamería. Eso es lo verdaderamente eficaz. 

 

Si bien los trámites para encargar el Kuri fueron más sencillos de lo esperado, lo que no habla demasiado bien de la clase de amistades que tengo, la espera es otro cantar. Me han dicho que puede tardar hasta tres semanas, porque tienen que traerlo desde Japón, pero me han garantizado que su conservación es impecable y que cuando esté en mis manos estará como recién sacado del agua. Por un momento pensé que lo traerían vivo y eso me acongojaba un poco, porque yo soy de los que van a la pescadería y si es necesario hago la cola más larga para comprar el lenguado bien limpio y diseccionado. Sin embargo, el animal debe de ser bastante grande y, por lo tanto, se complica la logística. Mi contacto me dijo que se vendía troceado y que no debía preocuparme por ello.

 

Así que no me preocupo. He plantado la semilla de la curiosidad en Marina y le he prometido que, si me concede otra cita, le invitaré a una cena espectacular. Hay que crear un poco de suspense para que la sorpresa sea mayor. Mientras tanto, me doy cuenta de que no soy tan cocinillas y, en realidad, ni siquiera la mayor parte de cocineros con estrella Michelín han tenido la oportunidad de trabajar con el Kuri. Empiezo a pensar que esto podría fracasar si, después de todo, destrozo un producto impecable achicharrándolo o disfrazando su sabor. Soy consciente de que no voy a encontrar una receta adecuada en los manuales de Arguiñano, así que acudo a esa fuente de infinita sabiduría que es internet. 

 

La información que encuentro al principio es poco clarificadora. Ni siquiera hay una página de Wikipedia. Doy con un hilo de Reddit donde la gente comenta sus experiencias al respecto, dónde lo probaron y cómo estaba cocinado. Algunas de esas historias suenan a bulo, y supongo que no tengo manera de comprobarlo. No hay nada parecido a una receta o un tutorial, pero intuyo que mi idea de hacer un arroz caldoso con él sería un insulto para un producto tan exquisito, así que decido seguir investigando. 

 

Para cuando se ha hecho de noche, ya he llegado a las páginas japonesas. Hay un extraño secretismo en torno a ello que hace que sea imposible encontrar demasiada información útil. Tampoco ayuda el hecho de tener que descifrar las páginas con el traductor de Google que sólo arroja conceptos inconexos. Estoy a punto de rendirme cuando doy con una página con imágenes, y tengo la esperanza de entender algo, por fin. Quizás sea una receta paso por paso o unas fotos del plato preparado que me den alguna idea. 

 

Las fotos tardan apenas unos segundos en cargarse, pero cuando lo hacen me desconciertan tanto que tardo en entender lo que estoy viendo. Las primeras fotos se parecen a las famosas fotos de Nessie, unas imágenes borrosas del mar y un bulto indefinido asomándose entre las olas. Poco a poco, las imágenes son mejores, no sólo en cuanto a calidad, si no en cuanto a que el bulto indefinido adquiere protagonismo, y entiendo los problemas de logística a los que aludía mi contacto. 

 

Resulta que el Kuri es enorme. Incluso no teniendo una perspectiva muy buena, lo puedo apreciar. En una de las fotos se aprecia la esquina de un humilde bote, y una de las tenazas del Kuri está atravesando la popa. Sólo la tenaza da la impresión de medir más de un metro, lo cual me hace imaginarme rápidamente lo que aguarda bajo el agua. Pero si no tuviese imaginación, no pasa nada, porque las siguientes imágenes me enseñan al monstruo desde todo tipo de ángulos. Porque eso es lo que es: un auténtico monstruo. La palabra me viene a la cabeza inmediatamente cuando encuentro la foto en la que un Kuri está partiendo en dos otra embarcación.

 

Recuerdo cuando leí Moby Dick, una edición de páginas amarillentas con dibujos en blanco y negro de la ballena arrasando con todo. A pesar de lo impresionante del relato, aquellas ilustraciones tan antiguas hacían que todo me resultara muy lejano, como podía ser un cuento de hadas o una aventura de Julio Verne. Algo remoto que sólo estaba en mi imaginación y de lo que podía desentenderme.

 

En este caso, sin embargo, las fotos me atrapan. Son de bastante buena calidad. El color carmesí del monstruo es tan llamativo que es inevitable fijarse en él antes de poder desviar la atención al resto de los elementos de la imagen, pero una vez lo hago, ya no puedo apartar la mirada. 

En la costa, presentando batalla a esos engendros, cabría esperarse a unos fornidos marineros. Yo mismo no sería capaz de embarcarme en algo así ni vestido como un caballero medieval. Por eso, aún me resulta más grotesco descubrir que los que intentan capturar a los monstruos no son más que un puñado de mocosos. No sé si es que parecen más jóvenes de lo que son o realmente son unos críos de primaria, sin más defensa que unos arpones rudimentarios. Descalzos sobre las rocas, atacan a un monstruo entre varios. Una parte de mí siente alivio al ver que los niños son mayoría, como si ese planteamiento hiciera que el enfrentamiento fuese menos desigual. Como si así no fuera una idea tan desastrosa. 

 

Llegados a este punto, no puedo detenerme, y tengo que seguir bajando, desvelando una tras otra las imágenes como un carrusel terrorífico que confirma que la situación puede ser aún peor de la que podía siquiera imaginar. Niños desfigurados. Miembros hechos trizas flotando en el agua. El rojo de la sangre de esos bebés disolviéndose en las tenazas carmesí del monstruo. Una espeluznante colección de muñones. Fotos de adultos gritando. Casi puedo oír las súplicas desgarradoras de los que probablemente sean los padres de esos niños involucrados en misiones prácticamente suicidas. 

 

Las fotos se acaban y no tengo valor para volver a subir la página y verlas de nuevo. Tengo ganas de compartir lo que he visto con alguien y al mismo tiempo no quiero que nadie lo descubra jamás. No puedo explicarlo sin confesar que yo mismo he encargado carne de esa bestia. No es lo mismo comprarse unas zapatillas que ha fabricado un niño con sus manitas en Bangladesh, que haber contribuido a brutales amputaciones que traumatizarán a familias enteras solo para tener una cena deliciosa. Para que yo pueda chuparme los dedos, hay un niño que no volverá a tener dedos jamás. 

 

Es repugnante. Yo soy repugnante. Y es verdad que, esa noche, no duermo. Me alivia mucho que no hubiese videos en la web, pero tampoco me han hecho falta para poder imaginarme vívidamente los grotescos movimientos de uno de esos monstruos.

 

Me imagino enfrentándome a uno de ellos. Me imagino teniendo un hijo, adorándolo, queriendo el mejor futuro para él, tratando de ganar ese dinero extra para apuntarle al conservatorio y descubriendo que ese trabajillo en el que se ha involucrado arruinará para siempre sus sueños de ser pianista. 

 

No apreciamos lo suficiente el tener todas nuestras extremidades. Lo cómodo que es tener dos manos y dos piernas. Pienso en ello cuando me lavo los dientes, cuando escribo un email, cuando corro para pillar el metro, cuando me pica la espalda y necesito rascarme con precisión. Pienso en lo sencillo que es para un crustáceo gigantesco el cercenar un bracito, o una piernecilla. Imagino esos tijeretazos cada vez que mi mente se queda en blanco. Zas. Zas.

 

Con el paso de los días, sin embargo, me doy cuenta de dos cosas. La primera de ellas es que el daño ya está hecho. He pagado por el Kuri, ya está en camino, y en este tipo de compras no se aceptan cambios o devoluciones. La segunda, es que Marina no tiene ni idea de la procedencia de este marisco, y dudo que la llegue a tener. Si, he comprado un producto que se obtiene de una manera moralmente reprobable, pero me prometo a mi mismo que no volveré a hacerlo y, con suerte, el universo lo pasará por alto y no me castigará por este pequeño desliz. 

Marina está tan entusiasmada con la cena que, la verdad, me lo pone todo bastante fácil. Nunca había visto semejante interés por su parte. Como se me dan muy mal las sorpresas, le he confesado que planeaba cocinar un plato de Kuri para ella, y en lugar de estropear la intriga, ha servido para crearle expectativas. Después del mal trago de las fotos, me cuesta creer lo bien que se está desarrollando mi plan. Me lo tomo como una señal de que estoy haciendo lo correcto. Bueno, tal vez no lo correcto, pero al menos sé que no debo dar marcha atrás. Mi vida después del Kuri se adivina mucho más prometedora que la que tengo ahora. 

 

Como no me atrevo a mirar más recetas porque no quiero estropear este cauce optimista, decido tirar a lo sencillo y limitarme a cocer el Kuri. Esperaba algo mucho más sobrecogedor cuando por fin he recibido mi paquete, incluso me daba mala espina desenvolverlo, pero lo cierto es que una vez troceado y envasado al vacío, cuesta creer lo que ha tenido que pasar para que yo tenga entre mis manos este producto. 

 

Esto me facilita mucho dejar los pensamientos siniestros a un lado y poder centrarme en aspectos más superficiales como la música que voy a poner para nuestra velada o el traje que más me favorece. 

 

Cuando Marina llega a casa, está espectacular: Se ha recogido la melena a medio lado y se ha puesto un vestido color turquesa que hace que parezca una sirena, lo cual tiene cierta sorna considerando la situación. Sirvo un par de copas de vino para relajar el ambiente, pero me doy cuenta de que no es necesario.

 

Ella está tan encantada de haber venido, tan receptiva, que dejo de estar nervioso en seguida. Ni en mis mejores sueños hubiera imaginado que el truco de conseguir algo exótico y exclusivo iba a funcionar tan bien. A lo mejor he sobreestimado a mis rivales, o a lo mejor ella tiene algún tipo de fetiche con el marisco y he dado en el clavo sin darme cuenta. 

 

El caso es que esto me hace ganar en seguridad. No quiero pecar de optimista, pero todas las señales indican que voy por el buen camino. La manera en que me mira a los ojos, o me roza casualmente mientras habla. Se ríe con ganas cuando le cuento algo e incluso yo sé que no tengo tanta gracia. Me siento invencible. Realmente tendría que cagarla mucho para estropear esta cena. Invito a Marina a sentarse a la mesa mientras termino de prepararlo todo y ella accede.

 

No soy un cocinero excepcional, pero enfrentarme al Kuri no me resulta más complicado que ayudar a mi madre a cocer langostinos en Navidad. Menos es más, dicen, y el producto es tan bueno que sería un crimen enmascararlo. A la hora de emplatarlo, tampoco necesito hacer gran cosa. El propio color brillante del crustáceo le otorga protagonismo. 

 

Hay un fugaz momento, cuando observo los dos platos que he preparado, en que recuerdo unas enormes tenazas ensangrentadas. Sin embargo, el aroma que desprende el plato es tan delicioso que se lleva por delante cualquier pensamiento sombrío. 

 

Marina se muestra impresionada, y exhibe la máxima reverencia que se le puede hacer a un plato de comida hoy en día: Saca su móvil y le hace una foto. La va a colgar en Instagram, dice, porque ninguno de sus amigos ha probado Kuri y quiere darles envidia. La idea de que yo haya sido capaz de producir algo digno de envidia me resulta tan disparatada que me echo a reír. Marina no lo entiende y me mira desconcertada. Le digo que estoy muy contento, realmente muy contento de que ella esté aquí conmigo. Ella me coge de la mano. Me mira a los ojos. Sonríe. Huele fenomenal, dice. Pues muchas gracias. Que aproveche, sí, que aproveche. 

 

En buena sincronía, cogemos nuestros cubiertos y nos lanzamos a por el Kuri. Es muy fácil hacerlo, ahora que no es más que un cadáver. No quiero pensar más en ello. Quiero saborearlo de verdad. Joder, tiene que ser lo mejor que me he metido nunca en la boca. Parto un trozo pequeño y empiezo a masticar. No me había dado cuenta de lo hambriento que estaba hasta ahora. No quiero cerrar los ojos para saborearlo porque no quiero parecer un idiota, pero intento concentrarme en las sensaciones como el que paladea el vino más caro de la carta. 

 

El Kuri está buenísimo. Está francamente exquisito. Es todo un alivio pensar que no me han tomado el pelo. No voy a decir que está justificado todo lo que supone conseguirlo, pero al menos hace honor a su fama. Me meto otro bocado sin pensarlo, con glotonería, porque puedo. Miro a Marina, casi me había olvidado de ella, de que su opinión es la que importa realmente. ¿Habré conseguido impresionarla? ¿Habré conseguido llegar a su corazón a través de su paladar? Parece que sí, porque sonríe. Asiente. Es increíble, dice.

 

Increíble. Estoy de acuerdo y vuelvo a comerme otro trozo de Kuri, y me empieza a penar que esté a punto de acabármelo. Me va a saber a poco, y si lo llego a saber, puesto que ya me he prometido a mí mismo que iba a ser la única vez que lo hiciera, hubiese comprado más. 

 

Aunque pensándolo bien, tampoco sería tan grave comprar de nuevo. O incluso comprar de vez en cuando, siempre y cuando no fuera frecuentemente. Tampoco es que me lo pueda permitir cada semana, pero siendo sinceros no es como si yo estuviese sosteniendo toda una industria comprando unos gramos de Kuri ocasionalmente. 

 

Quizás para aniversarios y celebraciones. Mira, tendría su gracia ofrecerlo en el menú de nuestra posible boda… 

 

Marina tose. Se le habrá ido el vino por el otro lado. ¿Estás bien? Cabecea. Tose otra vez. Me levanto instintivamente y empiezo a darle palmadas en la espalda, como haría mi abuela, aunque sé que no sirve de nada, pero es un pequeño apoyo. Respira, tranquila, respira. Pero no está tranquila, y tampoco respira, aunque lo intenta. No creo que sea el vino. Empiezo a angustiarme. Ella ya está angustiada. 

 

Tose repetidamente y trata de acaparar todo el aire que puede, pero no puede. Me agarra de los brazos, desesperada. No sé que hacer. Sus ojos están vidriosos. No tengo ni idea de qué hacer. ¡Marina! No puedo creer que tenga tanta fuerza. Me rompe una de las mangas de la camisa. ¡Cuidado! Cojo su teléfono, que está a mano sobre la mesa, pero no puedo desbloquearlo. Marina no puede ni siquiera sollozar. Se está poniendo roja. 

 

Cojo mi teléfono, llamo al 112. ¡Respira! ¡Marina, respira! Marina está enfadada, está asustada, no consigue respirar. ¡Una ambulancia, por favor! Marina cae de rodillas, se lleva las manos al pecho, a la garganta, como si sirviese de algo. A Guzmán el Bueno, 22 tercero A. Rápido, por favor, por favor. Los intentos de respirar de Marina son más pausados. ¡Marina! Se desploma. ¡Por favor que venga rápido! Me agacho a su lado. Está inmóvil y no me atrevo a tocarla. ¡Marina! Le doy la vuelta con delicadeza. No se mueve en absoluto. En algún momento, su vestido se ha rasgado y su peinado se ha deshecho completamente. Marina… Le aparto el pelo de la cara y está completamente colorada. Carmesí. 

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