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Nesi, el monstruo del Guadalquivir

Ilustrado por Deivid Sáenz
Ilustrado por Deivid Sáenz

La primera víctima fue hallada una mañana de domingo entre las seis y las seis y cuarto en la zona del camino viejo de la Algaba, en la orilla opuesta al parque del Alamillo, no muy lejos del edificio abandonado de la Renfe, aunque por algún tiempo se mantuvo en secreto por parte de las autoridades por lo imposible del relato de la testigo P.R, menor de edad. Según lo que contó una temblorosa adolescente, ese día estaba discutiendo con su expareja Carlos Muñoz, natural de San Jerónimo, con motivo de la ruptura que había ocurrido la noche anterior en la Plaza de la Papachina no muy lejos del río, y que según los vecinos había estado repleta de escenas dramáticas y tensión entre los jóvenes.

 

En un estado de embriaguez y entre reproches y lloros, como pudo corroborar un jubilado que precisamente sacaba a pasear a su perro y vio a los muchachos cinco minutos después de las seis, el hombre escuchó un alarido proveniente de un varón y gritos de terror de una chica. Alarmado, decidió avisar a la policía, que cuando llegó al lugar, sobre las siete, solo pudo certificar la desaparición del chico entre restos de sangre y partes del cuerpo desmembrado y encontró a la menor en un estado en el cual era imposible razonar con ella. Pocas horas más tarde, la división de los buzos de la Guardia Civil encontraba los restos del chico debajo de la pasarela de San Jerónimo, a escasa distancia del suceso. La joven fue acusada de crimen pasional y la noticia apenas ocupó unas escasas líneas en algunas ediciones de los periódicos locales entre los acalorados debates sobre la ampliación de un día de la Feria de Abril de la ciudad.

 

Sin embargo, desde el principio los forenses arquearon la ceja al descubrir el cadáver de un varón mutilado y desmembrado con claros síntomas de mordedura en la parte del tórax e hinchado tras muchas horas bajo el agua. Las instrucciones por parte del juez instructor fueron decretar secreto de sumario y cogerse vacaciones mientras la menor era ingresada por un cuadro de estrés postraumático ese mismo día, con un relato de lo sucedido que oscilaba entre lo incrédulo y lo imposible: un pez con dientes como sierras que atacaba de pronto cuando se encontraban apenas a unos centímetros del agua y que reía mientras devoraba a la víctima. 

 

El ayuntamiento decidió confiar en la justicia para enterrar un caso que no era posible, ni conveniente, resolver ni entender. Pero desgraciadamente, solo dos días más tarde, en la zona del Muelle de las Delicias, en la zona más opuesta a donde había acontecido el primer ataque, unos turistas divisaron parte del cuerpo de otro varón,  Alejandro Pico Naranjo, conocido empresario de la noche encontrado junto a la orilla, en un estado similar al  de la víctima anterior. 

 

Esta vez no pudieron evitarse ni las fotos en todos los periódicos nacionales ni la alarma social y aunque durante las primeras horas las autoridades intentaron dejar caer la posibilidad de un ajuste de cuentas a altas horas de la noche, pronto todo se vino abajo ante las declaraciones de varios oficiales y la revelación de un caso anterior que intentaba esconderse. El momento definitivo fue la exposición ante las cámaras en un famoso programa televisivo de coplas del tío de la menor del primer ataque y un artículo aparecido poco antes de un responsable de la morgue que daba cuenta del estado del cuerpo de la víctima inicial. 

Las redes sociales ardieron. Tardaron poco con dar con el hashtag adecuado, y durante horas  #elmontruodelguadalquivir – realmente el error ortográfico no evitó que fuera trending topic nacional durante varias horas–  y #terrorenelguadalquivir convivieron pacíficamente hasta que llegó el que iba a ser la frase estrella a partir de entonces, inventado por un usuario anónimo @PajoleroTrianero, que pasó de los cien seguidores a influencer de por vida en cuestión de minutos. Fue así como a la mañana siguiente todo el mundo hablaba del Nessie del Guadalquivir, aunque popularmente y por la deformación del inglés al pasar al español, se mentaba simplemente como ‘El Nesi del Guadalquivir’.

 

A partir de entonces se divisaron ataques constantemente, aunque como ocurrió con el famoso caso de Iñigo Fatuarte, médico de profesión y presidente de una asociación que abogaba por la implantación total de la bici en el panorama urbano, se trataba de falsas alarmas. Futuarte denunció que el monstruo había atacado por sorpresa a su esposa, María Dolores Peña, natural de Chiclana, y que él había tratado de defenderla mientras paseaban por el camino de los pescadores justo debajo de la calle Betis. La policía no tardó demasiado en descubrir que tras una discusión sin importancia en el hogar familiar, el médico había golpeado con un martillo  la cabeza de la mujer y que espantado, transportó el cuerpo sin vida de la víctima hasta arrojarlo junto al río con ayuda de otro implicado.

 

La ciudad, conmocionada, se transformó. Los paseos junto al río disminuyeron y a todas horas lanchas de todos los cuerpos de seguridad rastreaban el río. El pánico era palpable y hasta la costa de Cádiz se resintió de turistas -la mayoría sevillanos- que solían visitar las playas. El ayuntamiento se encontró con una situación política complicada y el sector turístico se vino a pique, resultando en una subida del paro sin precedentes. 

 

Durante todo ese tiempo la ciudad se movió entre el comprensible pánico y cierta actividad lúdica y cultural. Aunque la descripción física del monstruo había sido corroborada por la testigo y los expertos, una especie de ornitorrinco con garras y doble fila de dientes afilados, en una tienda de ‘souvenirs’ del centro decidieron poner a la venta un abridor de cervezas con forma del monstruo de lago Ness con sombrero cordobés. 

 

El éxito fue inmediato. 

 

Pronto se pusieron en circulación toda clase de artículos, entre los que destacaba un abanico donde se veía al bicho bailando sevillanas. El éxito fue tal que pronto empezaron a aparecer otros monstruos a lo largo de la geografía peninsular, como el caso del Nesi de Soria, cuyo logo era otro monstruo del lago Ness pero más pequeño, sonriendo y montado en un caballo numantino.

 

Meses más tarde, durante la Feria, se popularizó una canción cuya letra incluía una alusión directa a Nesi, como eran esas primeras estrofas:

 

‘Al pasar por el puente de Triana 

Nesi me miró, Nesi me miró

y un ojo me guiñó’.  

 

Para entonces los licenciados en periodismo, humanidades y medios audiovisuales que trabajaban en los ‘Free Tours’ comenzaron a hacer rutas basadas en la macabra historia del monstruo y  la leyenda que aseguraba que por las noches se podía oír al famoso bicho reír y preparar su próximo ataque. 

 

Así, años más tarde de los dos únicos ataques conocidos, la ciudad volvió a consolidarse como lugar turístico mientras la economía dependía cada vez más de los extraños sucesos. El ambiguo pero conocido monumento de Chillida (1924-2002), al parecer un homenaje a la tolerancia y que se encontraba junto al paseo Colón, fue sustituido por el ya reconocido mundialmente Nessie con sombrero cordobés e incluso la portada de la Feria versó en una polémica edición sobre nuestro simpático amigo. 

 

Los alquileres de la zona del primer ataque se dispararon y la fisonomía de esa parte de la ciudad, normalmente más empobrecida, cambió por completo. Fue en un visto y no visto cuando aparecieron apartamentos turísticos que desplazaron a la población autóctona por alemanes e ingleses.

 

Incluso Hollywood no pudo evitar trasladar a Sevilla el rodaje de una conocida saga de acción que incluía a la querida estrella Tom Cruise en el papel protagonista, pero las reacciones fueron negativas cuando se pudo comprobar que la cinta mezclaba a Nesi, la Semana Santa y a los Castellers de Cataluña en un extraño refrito que recaudó quinientos millones de dólares en todo el mundo, principalmente en China. 

 

Una década más tarde, podemos comprobar el agotamiento del modelo turístico de una ciudad que no ha conseguido renovarse más allá de la Exposición de Monstruos Marinos -inaugurada por el rey- , que aconteció en la Cartuja y de la que no se le sacó más rédito que unos nuevos edificios ocupados hoy por todas las consejerías habidas y por haber de la Junta de Andalucía. Nada se sabe de Nesi y ya apenas son noticia los avistamientos de la mascota oficial de la ciudad de Sevilla, más allá que esporádicamente sigue apareciendo el cuerpo de una mujer al que su pareja hace pasar, infructuosamente, por otra víctima más. 

Ilustrado por Deivid Sáenz
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