· 

Monstruo

Ilustrado por Deivid Sáenz
Ilustrado por Deivid Sáenz

Cuando el doctor quiso retrasar la expedición otra semana más, el ambiente no podía estar más envenenado. Hasta entonces la hostilidad se había centrado en el doctor Toelpe y, por extensión, en los dos becarios que le acompañaban (aunque luego a estos dos últimos se les llegó a respetar a raíz de que uno de los marineros vio como escupían en el plato del doctor cuando este no miraba), pero, a partir de la sexta semana, la crispación era generalizada. Todo el mundo andaba de mal humor, las tareas se realizaban de mala gana, en las comidas apenas de hablaba y la higiene del barco había degenerado. Incluso entre Pereira y Kieslowsky, que llevaban años compartiendo camarote sin conflicto alguno, surgió una repentina enemistad a raíz de una riña absurda (que si el portugués roncaba, que si al polaco le olían los pies).

 

El suboficial se lo advirtió al capitán.

 

— El doctor Toelpe es un demente y está minando la moral a bordo. Hay que pararle los pies o nos tendrá navegando en círculos eternamente. Acabará por volvernos locos a todos.

 

El capitán intentó hacer entrar en razón al doctor, pero este se resistía. Les decía que estaban a punto de ser protagonistas de un acontecimiento histórico, que encontrar a la criatura era cuestión de tiempo y sería recordado como el descubrimiento científico más importante del siglo. Pero el capitán sabía que a su tripulación se la traía al pairo la ciencia y que, además, todos dudaban de que hubiera tal «criatura», la que se decía que había hundido el Ulyses, y a la que andaban buscando desde hacía siete semanas; que no era sino una fantasía, una quimera que se le había puesto entre ceja y ceja al oceanógrafo alemán. Lo que al inicio era escepticismo moderado, ahora era ya total desprecio por el doctor y sus investigaciones. Se le había otorgado incluso el apodo de doctor Chiflado (aunque el suboficial intentó durante algunos días que calara otro mote, de creación propia y ciertamente pretencioso —«doctor Ahab»—, que no tuvo demasiado éxito entre los marineros).

 

Tan sólo el jefe de máquinas no dudaba de la existencia de la criatura, ya que, según contaba, conocía personalmente a uno de los supervivientes del Ulyses (viejo camarada suyo en un pesquero) y que este le había descrito el hundimiento y el “monstruo” que lo causó; una “bestia gigante con escamas y tentáculos”. Pero a pesar de creer en la existencia de la criatura, tampoco era partidario de seguir buscándola ni sentía simpatía alguna por el doctor Chiflado. Lo único que quería, como todos los demás, era volver a tierra de una puñetera vez.

 

Tras argumentos, amenazas, reproches y súplicas, el capitán consiguió que el doctor accediera a dar por concluida la expedición a cambio de un día más de navegación. 

 

Pasó aquella jornada sin novedad alguna, salvo una leve mejora de la moral de abordo.

 

Al día siguiente el azar quiso que se encontraran con unos atunes muertos flotando en la superficie del mar. Toelpe entró en frenesí. Estaba convencido de que aquello era una señal de que estaba cercando a la criatura, de que por fin había encontrado su rastro.

 

— Son unos atunes muertos, no significan nada — le dijo el capitán.

 

Toelpe insistió en que deberían alargar la expedición que ya estaban muy cerca «del mayor descubrimenta del siglo veintiuna». 

 

— Hay que estudiar la zona, rastrear el perímetro, instalar una sonda…

 

— ¡Son putos atunes muertos!

 

Se generó una discusión en cubierta. Los marineros se negaban a ayudarle, para ellos aquello no era más que una excusa para retrasar una vez más la expedición y alimentar la locura del doctor Chiflado.

 

— Vosotros no entienden. Criatura muy serca ahorra mismo. Es cuestión de pequeña paciencia.

 

El doctor no bajaba del burro, los marineros comenzaron a insultarle («pirado», «viejo chocho») y tirarle pequeños objetos (mecheros, botellas de agua vacías), el capitán se debatía entre el mantenimiento del orden en el barco y dar rienda suelta al odio que sentía por el doctor. En el punto más álgido de la discusión, cuando los objetos que comenzaban a volar eran ya más amenazantes (cigarros encendidos, botellas llenas) y los insultos más gruesos («hijoputa», «Kartoffel de mierda»), emergió súbitamente del mar y se elevó en el aire un tentáculo escamado de veinte metros de altura, blanco y translúcido, que descendió luego a gran velocidad, formando un arco, y barrió la cubierta llevándose al doctor por delante.

 

Desaparecieron bajo el mar, tentáculo y Toelpe, levantando un muro de agua al caer. 

 

La tripulación quedó inmóvil y muda, algunas bocas abiertas, ojos desorbitados. Todavía pasaron tres o cuatro minutos hasta que el capitán rompió el silencio:

 

— Diremos que se cayó al agua y se ahogó él solo.

 

Los becarios estuvieron de acuerdo. 

Escribir comentario

Comentarios: 0