· 

Naturaleza muerta

Ilustrado por Deivid Sáenz
Ilustrado por Deivid Sáenz

Él nunca había sido una persona que tomase riesgos, y hasta ahora le había ido estupendamente. Nadie había dicho que su vida fuese emocionante o relevante pero, desde luego, era muy segura y eso estaba bien. Sabía exactamente qué pan comprar en el supermercado, qué latas de sopa eran las mejores y cuánto tiempo tenía que dejar la bolsita de té infusionar dentro de la taza para conseguir el sabor adecuado. Por eso, el día en el que trajeron el narval al museo, simplemente pensó que atraería a muchos visitantes, pero no imaginaba con qué clase de personas se iba a encontrar. Uno nunca está preparado para ese tipo de cosas, sobre todo alguien a quien lo más interesante que le había ocurrido en meses era que un día alguien con acento francés le había llamado por teléfono, pero resultaba que se había equivocado de número.

 

El narval había atraído a una clientela jamás vista en su anodino museo. De pronto, se habían visto inundados con peticiones de chalados de diversa calaña que deseaban acercarse al animal y tocarlo para sentir sus poderes curativos y llenarse de su magia. Por supuesto, toda aquella correspondencia fue ignorada por la dirección, que no tenía tiempo para para prestar atención a aquel montón de locos que se creían cualquier tontería supersticiosa, ni hablar, dónde se había visto. Algunas de aquellas cartas eran más contenidas, pero la mayoría tenía un tono desesperado que era complicado obviar, aquellas pobres personas que buscaban un consuelo a toda costa, algo a lo que aferrarse por absurdo que fuera. Había que ser muy desalmado para no sentir cierta lástima por ellas, pensaba él mientras infusionaba su té. Además, ofrecían dinero.

 

Propuso unas normas claras: tenían que ser rápidos, discretos y pagar por adelantado. No es que lo hiciera por el dinero, desde luego, pero le venía muy bien: su sueldo no era generoso a pesar de la antigüedad, y el coste de vida cada vez era más alto, le habían subido el alquiler por segunda vez en lo que iba de año y no podía ni recordar la última vez que había ido de vacaciones. Se lo merecía, y eso sin olvidar que estaba realizando una buena obra. Era el Robin Hood de la medicina no tradicional, un valiente que estaba rompiendo la rutina que había dominado su vida. Sabía que, aunque mínima, existía la posibilidad de que le pillasen y, en tal caso, lo echarían. Él, que no estaba acostumbrado a las emociones fuertes (ni a emociones de ningún tipo, en realidad), siempre había imaginado que no sería capaz de soportar la deshonra de un despido. Sin embargo, se sorprendió llevándolo mejor de lo que hubiese esperado y, poco a poco, su cartera de clientes (todos los tarados que deseaban acercarse al cuerno de aquel bicho por unos segundos) fue creciendo. Las semanas pasaron, y todo iba bien, hasta que llegó aquella carta.

 

Era diferente a las anteriores. Compartía con las demás el tono dramático y las absurdas esperanzas en los poderes curativos del cuerno del narval, pero aquella persona iba más allá, mucho más allá. No se contentaba únicamente con poder tocar el animal. Quería cortar el cuerno. El autor de la carta comprendía que era mucho pedir, algo que jamás se habría atrevido a plantear de no ser por las circunstancias en las que se encontraba. Una grave enfermedad amenazaba la vida de su esposa, una dolencia cada vez más agresiva para la cual la medicina tradicional no encontraba cura. Lo había probado todo: médicos prestigiosos, costosas clínicas privadas, tratamientos experimentales, todo sin resultado. No era un hombre que creyese en la medicina alternativa, explicaba, pero su esposa parecía estar ya a punto de sucumbir a una muerte inminente. Por eso, había decidido recurrir a la última opción: el cuerno de aquel narval.

 

Sin embargo, había un problema. En la misiva, quedaba muy claro que la pareja no disponía de suficiente dinero. Todos sus ahorros habían desaparecido en tratamientos inútiles. El guarda se revolvió en su silla. Aquella propuesta era disparatada. Era un riesgo con el que él no ganaría nada, absolutamente nada… aparte de saber que había hecho el bien y que, gracias a su ayuda, quizás una mujer podría sanar o, al menos, encontrar el consuelo de la esperanza en los últimos días de su vida.

 

Aunque no sabía lo que era estar casado ni había querido nunca a nadie (al menos no tanto como para proponer una barbaridad de ese calibre sin pensar en las consecuencias), el guarda no pudo evitar hacer suyo el drama del autor de la carta. Llorando por primera vez en su vida adulta, entendió por qué aquel hombre se aferraba a un clavo ardiendo y removía cielo, tierra y mar para conseguir una posibilidad de salvar a su mujer amada.

 

Se maldijo a sí mismo mientras respondía a la misiva. Deseó ser peor persona, convencerse de que las cosas le irían mucho mejor si no le preocupase el prójimo, si careciese de toda empatía, pero parecía que fuera su madre (“tienes que hacer el bien, hijo, o irás al infierno y no volverás a verme nunca”) quien dictara su texto y, antes de que pudiera ponerse freno, ya había depositado la carta dentro del buzón. El mal (o el bien) estaba hecho.

 

Creyó que no sería capaz de pegar ojo. En realidad fue todo lo contrario: jamás había dormido con la conciencia tan tranquila. El narval era únicamente un animal disecado, ¿no era acaso dar esperanza a una moribunda más valioso que aquello? Suponía que sí. Aquella tarde, saludó con más entusiasmo del habitual al taquillero, quien le miró con desconfianza, como si un buenas tardes más alegre del habitual fuese motivo de sospecha. Aún así, no se puso nervioso porque estaba seguro de que nadie imaginaba ni de lejos qué iba a pasar aquella noche ni cuál era su plan porque, ¿quién iba a dudar de alguien como él? Absolutamente nadie, y eso le daba ventaja.

 

Aún así, cuando llegó la hora y su cliente se presentó, no pudo evitar sentir cómo el pánico le atenazaba el estómago por un segundo. Sin embargo, en cuanto aquel hombre le dio las gracias de aquella manera tan sincera, no pudo sino reafirmarse en la convicción de todo iba bien. Sería rápido, dijo, y le enseñó una foto de su esposa, una mujer de aspecto frágil que posaba desde la cama de un hospital. Aunque sabía que estaba haciendo lo que debía, no  era capaz de estar ahí, como si nada, mientras la sierra se hundía en el cuerno del narval, incapaz de  defenderse. Se dio la vuelta para darle la espalda a la escena. No fue mucho mejor: parecía que los ojos de todos aquellos animales disecados se clavasen en él de manera acusadora, recriminándole el daño que le estaba haciendo  a uno de los suyos. Por un segundo se le pasó por la cabeza la idea de pedir perdón a todos aquellos especímenes que habían sido capturados antes de que él naciese, pero no lo hizo. Era una tontería.

 

Todo acabó más rápido de lo esperado y, antes de que pudiese incluso empezar a arrepentirse, volvió a encontrarse solo frente al narval mutilado, que ahora era poco más que una simple ballena. Esperaba tener algún tipo de revelación, sentirse mejor, quizás peor, pero todavía era demasiado pronto para aquello. En ese momento tenía que actuar, porque las preguntas no tardarían en llegar y él no tenía respuestas para ellas o, más bien, las que tenía no eran las adecuadas.

 

Se puso manos a la obra. Gracias a sus nuevos clientes, había conseguido ahorrar un dinero que le permitiría desaparecer por un tiempo y tomarse unas merecidas vacaciones, poner sus asuntos en orden y decidir cuál era el siguiente paso. Quizás era aquello lo que necesitaba, cambiar de vida, convertirse en un hombre nuevo y no mirar atrás. Seguir siendo un rebelde. Nunca se le hubiese ocurrido sentirse tan animado mientras hacía la maleta en aquella habitación en la que había dormido durante los últimos diez años, ¿o quince?, más bien quince. Definitivamente, era hora de cambiar de aires y vivir a la aventura. Llevaba meses arriesgándose, bien podía volver a hacerlo. Merecería la pena.

 

No necesitó irse muy lejos. Un hotel tranquilo, en un pueblecito donde a nadie se le ocurría cuestionar su historia de que trabajaba en la gran ciudad y necesitaba relajarse. Le gustaba aquel lugar. Quizás, si encontraba una casa a buen precio, podría instalarse ahí y comenzar su nueva vida, ser una persona diferente. Se envalentonó tanto con la idea que se puso a preparar todo para hacerse un té (nada más y nada menos que un té verde con naranja; definitivamente, era una persona nueva), se sentó en el sillón de cuero frente al mirador de su habitación y se dispuso a relajarse. Mientras el agua comenzaba a hervir, echó mano de una de las revistas disponibles sobre la mesita de café y la fotografía de una de las portadas le llamó la atención. Con manos temblorosas, tomó aquella publicación dedicada a la caza que destacaba la última hazaña de uno de sus más fieles lectores y su aventurera esposa: la captura de un narval ilustrada con una espléndida foto de ambos sosteniendo el cuerno entre sus manos.

Escribir comentario

Comentarios: 0