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Leviatán

Ilustrado por Deivid Sáenz
Ilustrado por Deivid Sáenz

En ese día el Señor castigará

con su espada terrible, inmensa, poderosa,

a Leviatán, la serpiente enroscada,

a Leviatán, la serpiente tortuosa,

y matará al dragón que está en el mar.

(Isa 27:1)

 

En Star Trek La Nueva Generación empiezan cada capítulo con la frase “el espacio: la última frontera”. Nos narran un futuro brillante de la humanidad, destacando entre otras especies inteligentes de la galaxia en medio de una utopía tecnológica basada en los derechos civiles, la igualdad y la exploración espacial. Una utopía en la que la humanidad ha perdido todos sus miedos a lo desconocido y a lo diferente.

 

Por ahora el espacio aún no es la última frontera. Aún necesitaríamos descubrir los secretos de los fondos oceánicos y de la mente humana. Ojo, digo mente y no cerebro. El inconsciente: la última frontera.

 

La metáfora del océano para simbolizar el inconsciente es tan perfecta como manida, por eso escribir un texto usándola como vertebrador me genera tanta culpa como vergüenza, pero aún así la utilizo, porque no veo otra mejor.

 

Volviendo al asunto del texto, el océano está lleno de vida, y además, a medida que nos vamos sumergiendo en sus profundidades, allá donde la luz va dejando de llegar, la vida que se desarrolla se va haciendo cada vez más rara, más monstruosa. Como en el inconsciente, donde nunca hemos llegado a conocer el fondo, donde lo que nos vamos encontrando, si tratamos de bucear en él, se hace cada vez más confuso. Si el inconsciente es el océano, está claro que en el fondo habitan monstruos. Seres horribles a la par que hermosos.

 

La única diferencia es que esos seres que habitan en el inconsciente quieren salir, quieren ser “normales”, como la sirenita, y como la sirenita, van dejando sus supuestas deformidades para poder ser aceptados en el mundo exterior. Pero  en este caso no son deformidades “cuquis”, de enamorar príncipes de Mr. Wonderful, son deformidades jodidas. Deformidades que hacen que un buen día, cuando menos te lo esperes, acabes viéndote desde fuera, mirando una pantalla de ordenador y escribiendo en un  buscador en modo incógnito “bbw granny spitroast”, o algo por el estilo.

 

En ese momento en que dejas de hacer como sea que se llame lo que estabas haciendo, mientras estás en ese estado de observación casi meditativa, tienes tres opciones: terminar lo que empezaste, apagar el ordenador como si nada de eso hubiera pasado, o preguntarte cómo puedes haber llegado hasta ahí.

 

Llegados a este punto, casi nadie se plantea realmente qué es lo que pasa. Es muy duro coger el batiscafo para bucear por los abismos de la mente. Es mucho más fácil juzgar la conducta. Pensar que uno está enfermo (o enferma), o simplemente decir “venga, va, esta la termino”. Nada que objetar, salvo que podría ser peor. Podrías estar haciendo lo mismo, pero leyendo el Mein Kampf.

 

Lo difícil, como decía, es asomarse al abismo. Bucear en esas regiones que han quedado hundidas como la Atlántida en el fondo de tus océanos. Enfrentarte al Leviatán.

 

Si nos ponemos a rebuscar sobre formas de llegar al inconsciente, una de las primeras cosas que vamos a encontrarnos son los libros de Freud, concretamente el de La Interpretación de los Sueños. Ok, nos lo leemos, ¿y ahora qué? Tampoco sería la primera vez que alguien va a que le psicoanalicen por descubrirse a sí mismo buscando movidas raras en Internet con una mano, mientras la otra juega al clicker que nos dio la naturaleza.

 

Pero no estamos tratando de eliminar ni juzgar, sólo conocer a Leviatán. Y después de entender que hechos concretos nos han llevado a tener un historial de búsquedas que escandalizaría a Michael Douglas -si no estás familiarizado/a con la navegación en modo incógnito-, la sensación como de que en el fondo hay algo vivo sigue ahí. Leviatán sigue ahí. Y (¡ojo cuidado!) es de primero de psicoanálisis que si quitas un síntoma (en este caso, el onanismo gerontófilo online), aparecerá otro para suplir sus funciones, y quién sabe si lo próximo será comprar un telescopio y mudarte a las inmediaciones de una residencia de ancianos.

 

Leviatán sigue ahí. Sí, y si tratamos de matarlo, lo más probable es que acabemos como (alerta, ¡spoiler!) el capitán Ahab. Siempre va a ganarte. Es un mostrenco acuático gigante que está ahí viviendo su vida de monstruo marino y tu vas con una escafandra precaria a un sitio donde la presión tendría en ti el mismo efecto que tú en el tubo de pasta de dientes cuando llegas muy borracho a casa y lo aprietas a dolor sin haberle quitado el tapón porque no habías pensado en ello.

 

Lo verdaderamente inquietante de este asunto viene cuando te das cuenta de que ese monstruo no está sólo en ti. Pertenece al inconsciente colectivo. No es que todo el mundo pase el tiempo delante del ordenador como tú, pero cada quien tiene sus cosillas. Lo verdaderamente inquietante es que cuando vas por la calle en hora punta, cuando vas a comprar el pan o a misa, todas esas personas tienen su propio monstruo. Tan chungo como el tuyo. Vaya, que es de esas cosas que nos unen como seres humanos.

 

Debo confesar que a veces trato de imaginarme cómo son los monstruos de gente aleatoria con la que me cruzo por la calle, o a la que miro cual psicópata en el metro tratando de escudriñar sus almas para conocer esa parte que tanto se esfuerzan en ocultar al mundo.

 

A veces sus mares están revueltos, y se ven toda clase de inseguridades, tristezas irreprimibles o tics. Otras, cuando la cosa está tranquila, se puede saber mucho más de lo que cualquiera de nosotros puede estar dispuesto a reconocer. Los tatuajes, su ausencia, la pulcritud o el desdén, el color de pelo o el peinado, la hora del día... sólo hay que entrar en la corriente marina y estar dispuesto a que nuestros monstruos se reconozcan en sus aguas. A veces, incluso, pienso en cómo serán los fondos marinos de esa gente a la que se nos dice que hay que admirar. Qué idiosincrasias tendrá la fauna monstruosa que habita sus abismos.

 

Pero el tema no está en buscar en los demás olvidando lo que uno tiene dentro. La gente no son zoos monstruosos donde los psicoanalistas clasifican y taxonomizan para luego escribir y exponer casos. Vale, puede serlo, pero no es el ideal que defiendo, si es que defiendo alguno. El tema está en enfrentarse o no a Leviatán. Y Leviatán está dentro.

 

Sí, mirarlo a través de los ojos de otras personas es una forma de encontrarlo, pero nada comparado con la suerte de tener un momento, un solo momento de intimidad con él, cuando te miras desde fuera, escribiendo “slave GILF gangbang”, dudando si poner la etiqueta “interracial” en la próxima búsqueda, y puedes verle a los ojos un momento. En ese momento preguntarle ¿qué es lo que quieres? Porque si escuchas bien, su respuesta no va a ser “que eyacules”. En serio. Lo más probable es que diga, y esto vale también para los que hacen lo propio -mucho más decadente, dónde va a parar- con el Mein Kampf, o para cualquier concejal de urbanismo o banquero psicópata, o para un monje trapense (creo que ya captas la idea)... como decía, lo más probable es que diga algo así como “Quiero saber que realmente importo algo en el universo. Dame cariño”. Y entonces, se realizará la frase del talmud “el cuarto periodo de tres horas Dios juega con el Leviatán”.

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