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Distopías de la posmodernidad: es el mercado, amigo


En la década de los setenta, Estados Unidos puso fin al patrón oro-dólar y, en consecuencia, impulsó la liquidez del “privilegio exorbitante” del dólar (como la describió Charles de Gaulle). Con este acontecimiento, la hegemonía estadounidense marcaba el pistoletazo de salida de la crisis de rentabilidad que vivía en aquel momento, abriendo nuevos espacios para que el capital financiero se expandiese a lo largo del globo. Este hecho constataba los límites de reproducción del modelo occidental de posguerra: pleno empleo, salarios indexados a la productividad, estados del bienestar más o menos fuertes, etc. En efecto, en las siguientes décadas, con el inicio del proceso de liberalización financiera, privatizaciones y ajuste salarial permanente, la lógica del mercado se apoderó progresivamente de todas las esferas de la vida, llevando el ritmo de una economía financiarizada a la biopolítica. Además, se consumó el fin de los metarrelatos y de las identidades sólidas, en un proceso transformador en el que el ciudadano pasó de votante a consumidor. Hasta Francis Fukuyama se permitía dar por finalizada la historia.

 

Así, con el albor de la posmodernidad, en el mayo del 68 se gritaban proclamas que después se interiorizarían dadas la vuelta por la nueva configuración: del Do it yourself propio del punk pasamos al mismo eslogan asumido por la ideología del individualismo neoliberal. Una ideología que se encarnó políticamente, casi a modo de mito originario, en Ronald Reagan y Margaret Thatcher, figuras que no solo institucionalizaron el neoliberalismo, sino que crearon una cultura propiamente neoliberal. El momento político fundacional de esta etapa se presenta de forma formidable en la serie Fargo, al comienzo del quinto capítulo de la segunda temporada. En esta escena, vemos imágenes de Reagan dando un discurso intercaladas con otras de dos grupos de mafiosos, que se unen para liquidar a un tercero más familiar y local.

 

- (Reagan) Mi padre era vendedor de zapatos de mujer y lo pasó mal durante la gran depresión. Yo nunca me he fijado en los golpes de la vida. Dónde la gente veía un hombre ahogándose yo veía una vida que salvar. Necesitamos un líder que rompa con las ataduras del gobierno, creo que este país está esperando un líder espiritual.

- (Mafioso uno) La era de la familia local ha terminado, lo que toca es la era del gran negocio, eso enriquecerá a mucha gente. ¿Así que podrá ocuparse de los líderes locales y estatales?

-(Mafioso dos) No hay político que no me coja el teléfono en mitad de la cena.

-(Mafioso uno) Creo que seremos grandes amigos


 

En el discurso de Reagan y en el diálogo entre los mafiosos, se plasma el momento fundacional de una época en la que se da por finalizada la era del capitalismo fordista, de corte keynesiano, local, de gestión directa y vertical de la empresa, etc. (“la era de la familia local”) y se abre paso la globalización financiera, el posfordismo y el dominio de las multinacionales (“la era del gran negocio”). Este nuevo despliegue global, se recubre de un nuevo espíritu de época, expresado de forma magistral en el discurso de Reagan. El que fuera presidente de Estados Unidos nos viene a decir que la realidad es así y que no hay solución política: lo que debemos cambiar es nuestra actitud hacia la misma realidad (su madre sufre por la crisis, pero él no), modificando radicalmente el enfoque individual (“donde la gente veía un hombre ahogándose, yo veía una vida que salvar”). Esa es la clave implícita en el discurso de Reagan: un líder espiritual, que permita cambiar tu enfoque, tu forma de sentir y de ver las cosas, para interiorizar que el que decides eres tú en esa nueva ola de globalización financiera. En la serie, a través de los mafiosos que están en el bosque, cuyas imágenes se intercalan continuamente con las de Reagan, se alude a la violencia permanente que significó ese cambio de época, la de salida de la crisis de los setenta. Esta dio comienzo a un proceso de imposición de ajustes a decenas de países a lo largo del planeta, marcando las reglas del juego de dicha globalización (el caso de Chile en 1973 es paradigmático). Así, a través de un nuevo espíritu de época, que Reagan asume liderar políticamente, se legitiman todas estas actuaciones, prometiendo un hombre nuevo: el sujeto neoliberal.

 


Por consiguiente, existía la necesidad de un contexto ideológico para legitimar los cambios venideros y, de ese modo, adaptar el ritmo humano al ritmo de las finanzas. En efecto, el marco espiritual del que hablamos comenzó a dar forma a las subjetividades, marcadamente individualistas. Este hecho se plasma de manera grotesca en la película protagonizada por Will Smith En busca de la felicidad. El actor encarna a ese sujeto neoliberal, un pobre padre precario, arruinado, pero que encara los problemas interiorizando el discurso del sueño americano: “tú puedes”, “persigue tu sueño”, “invierte en ti mismo”, “triunfar está en tu mano”, “da igual el contexto si te esfuerzas”. El protagonista asume que ya no hay pobres o ricos, sino losers o winners: es un libro de autoayuda mutante, en definitiva. Obviamente, spoiler mediante, el final no podría ser de otra manera: después de una sucesión de acontecimientos delirantes el protagonista acaba siendo millonario (algo que descubrimos en el epílogo). Asimismo, como el propio título indica, la película crea un imaginario de lo que es la felicidad, es decir, recrea un nuevo sentido de época en el que el objetivo de la vida pasa por ajustarse a la esquizofrenia de las finanzas para ser felices. En resumen, nos encontramos ante la utopía neoliberal.


 

Así pues, esta escena es un gran ejemplo de esa utopía de libre mercado de la que nos habló Karl Polanyi y que vivimos de forma renovada en la actualidad. La clave del triunfo del neoliberalismo es la creación de subjetividades como la que encarna Will Smith, es decir, los valores particulares de la ideología neoliberal consiguieron convertirse en valores universales de la sociedad. Dicho de otra forma, este modelo se convirtió en hegemónico en el momento en el que normalizó y naturalizó una determinada forma de ver el mundo, despolitizando espacios potencialmente conflictivos. Resulta fundamental que dicho paradigma se interiorice y se naturalice, formando subjetividades que legitimen y, por tanto, reproduzcan tal orden. Volviendo al film que comentamos, vemos cómo en él se hace de la excepción la regla, naturalizando el hecho particular como un universal social (“si te esfuerzas puedes conseguir lo que quieras”). No es casualidad que esta película se ponga como ejemplo de las características que debe tener un emprendedor para triunfar.

 

GABRIEL PIÑERO FOTOGRAFÍA ENSAYO JUAN VAZQUEZ ROJO DISTOPIAS POSTMODERNIDAD MERCADO AMIGO
Imagen de Gabriel Piñero

En consecuencia, la marcha de cambio permanente transforma las experiencias vitales de los sujetos, es decir, modifica de forma radical nuestra forma de relacionarnos, de comunicarnos, de sentirnos…El nuevo marco vivencial, que Zygmunt Bauman denomina vida líquida, consiste en la progresiva penetración de las lógicas del mercado en un mayor número de aspectos de la vida. En efecto, la realidad vital se torna un perpetuo movimiento adaptativo: reciclándonos, modernizándonos…en un afán de continuar el ritmo que imponen las finanzas. Tal y como señala Zygmunt Bauman, “la vida líquida es una vida devoradora. Asigna al mundo y a todos sus fragmentos animados e inanimados el papel de objetos de consumo”. De este modo, con la aceleración de la producción y del consumo, el ritmo de vida crece sin parar. Resulta casi imposible desconectarse por un momento de la rueda del sistema productivo, al solaparse la producción y el consumo, como ocurre con las plataformas privadas que lo parasitan: un whatsapp, una imagen en Instagram… Asimismo, las relaciones sociales son mediadas por objetos, es decir, nos relacionamos, cada vez más, a través de redes sociales. Ya no dependemos del smarthphone sino que estamos en él. Nuestra vida está en él: es el fetichismo de la mercancía marxiana en su máxima expresión.

 

En medio de este ecosistema, el consumo sirve de palanca diferenciadora del individuo, ya que nuestra identidad se crea en gran medida a través de este: somos sujetos en tanto que somos consumidores. Así, las propias identidades se definen en el entorno de la sociedad de consumidores, en un afán diferenciador brutal que resulta al mismo tiempo impotente (la(s) moda(s) en este contexto es un claro ejemplo). Sin embargo, la contradicción de esa pulsión individualista es irresoluble, pues al igual que un cuerpo es mucho más que la suma de los órganos o de las células, la sociedad es mucho más que la suma de individuos, es decir, adquiere dinámicas propias que escapan al control de los mismos. De este modo, la utopía individualista acaba en una frustración permanente, pues el proceso de diferenciación a través del consumo es impotente e infinito. Un ejemplo que nos permite visualizar esto es el eslogan “Sé tú mismo, bebe Pepsi”. El hecho diferenciador “ser tú mismo” pasa por beber un refresco que consumen millones de personas. En esta carrera de fondo sin meta, los héroes y referentes de la modernidad se transforman hoy en influencers, sujetos que actúan a modo de liebre liderando las pautas de consumo. A diferencia del referente moderno que permanecía en la memoria, el influencer acaba por diluirse en el olvido de la sociedad de consumo.

 

Por consiguiente, nos encontramos ante la aceleración histórica de la contradicción marxiana entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Concretamente, pese a que necesitamos menos horas de trabajo humano para producir lo mismo, el resultado del desarrollo tecnológico no redunda en la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población. Concretamente, el uso de la tecnología mediante la lógica del mercado se materializa en la expulsión de un número de trabajadores cada vez más elevado y en la precarización del empleo existente. Lo explica muy bien el recientemente fallecido Stephen Hawking:


“Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyen las cosas. Todo el mundo podrá disfrutar de una vida de lujo ociosa si la riqueza producida por las máquinas es compartida, o la mayoría de la gente puede acabar siendo miserablemente pobre si los propietarios de las máquinas cabildean con éxito contra la redistribución de la riqueza. Hasta ahora, la tendencia parece ser hacia la segunda opción, con la tecnología provocando cada vez mayor desigualdad"

 

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Imagen de Gabriel Piñero

Retomando a Karl Polanyi, la descrita utopía de libre mercado encarnada en el personaje de Will Smith, acaba por romperse al colisionar con el nervio humano. Así, todo lo descrito hasta ahora no deja de resultar un proceso en el que el capitalismo retuerce a los individuos para adaptarlos a sus necesidades de producción y reproducción, legitimando dicho proceso a través de relatos culturales que chocan con los parámetros antropológicos del ser humano como ser social. La crisis acelera el proceso de pauperización y excluye a cada vez más gente, aumentando la desigualdad, la pobreza, la precariedad, etc. La consecuencia de esta dinámica, tal y como señala Polanyi, es la reacción de los excluidos en busca de seguridad, protección y pertenencia a un grupo, en busca de identidades sólidas. En los años treinta en los que escribía el autor polaco, estas reacciones vinieron de la mano de los fascismos y de la II Guerra Mundial.

 

En el contexto actual, de retorcimiento y ajuste permanente desde el 2008, el neoliberalismo en crisis se transforma en una suerte de neoliberalismo autoritario-reaccionario. Estamos viviendo un proceso de caos sistémico en el que las democracias occidentales en el marco neoliberal tienen enormes dificultades para seguir operando, en la medida en la que se enfrentan a contradicciones irresolubles: no pueden atender las demandas insatisfechas de los excluidos. La pérdida de legitimidad tiene como respuesta un descontento social latente hacia los aparatos institucionales, algo que se plasmó en el ciclo de manifestaciones multitudinarias a lo largo del planeta desde finales del 2010 hasta el 2013-2014 (algunas derivadas en guerras). El retorcimiento individualista llega a su límite y provoca que las poblaciones reclamen protección y seguridad como respuesta a la desigualdad y a la precariedad provocada por la globalización financiera. En general, este descontento, volviendo a un proceso similar al de los años treinta, está siendo canalizado por partidos soberanistas/nacionalistas. De esta forma, nos encontramos ante el marco que nos permite entender el crecimiento de la extrema derecha en occidente (Le Pen, Amanecer Dorado, Alternativa para Alemania, Trump, UKIP, etc) y procesos como el Brexit o el Procès. Un escenario que nos recuerda a la famosa frase de Gramsci: "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos".

 


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Imagen de Gabriel Piñero

En definitiva, como decía Fredric Jameson, hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Lo vemos en las representaciones artísticas: estamos rodeados de distopías en el cine, en las series, en la literatura, en la pintura…los imaginarios y las formas en las que intentamos pensar el futuro estás enmarcadas en la catástrofe. Ya no hay lugar para las utopías, carecemos de imaginarios prósperos, de mundos mejores, de paisajes idílicos, de lugares, al menos, no tan desesperanzadores como el actual. Eduardo Galeano escribía que la utopía sirve para caminar, pues la vemos en el horizonte y transitamos hacia ella pese a nunca alcanzarla. En la actualidad, en ese horizonte está dibujada la distopía. Es el mercado, amigo.


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