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Gatos en llamas


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Imagen de Gabriel Piñero

Vosotros ya lo sabéis, el castigo por esconder un gato doméstico era la muerte y nosotros teníamos dos. La fecha límite cumplía a medianoche y ahí continuaban, en el sofá, en forma de huevo el pequeño y en posición de esfinge el mayor. Los gendarmes no tardarían en llegar, sabían de los mininos de las casas viejas, así que había que tomar una decisión de inmediato para evitar un pelotón de fusilamiento. Mi mujer, siempre más decidida, abrió la puerta y los felinos saltaron como un resorte hacia el pasillo en dirección a la calle; más allá del rellano había un mundo perfumado con novísimos olores y, frente a casa, sobre el andamiaje de una finca en construcción, revoloteaban palomas grises que bajo la luz de las farolas parecían amarillas. Dubitativos, los gatos se detuvieron a olisquear la cortina imaginaria entre el adentro y el afuera.

 

Desde el pasillo, observábamos cómo se iban de casa con delicadeza extrema, los ojos fijos en el aleteo de los pájaros. Cuando me acerqué para cerrar la puerta volvieron sus cabezas ciento ochenta grados, como un periscopio, y tuve sus miradas de astronauta sobre mí todo el tiempo que tardó en cerrarse. No os imagináis la sensación. Mi mujer me acarició la espalda y nos abrazamos para romper en el llanto de los traidores. Un rato después, nuestra esperanza de que hubieran huido se esfumó al observar por la ventana a los gatos instalados en el umbral, aburrido y bostezando el grande, hecho un ovillo y durmiendo el pequeño.

 

Ante este fracaso, mi mujer los abordó cucharón en mano escacharrando una gran olla para ahuyentarlos. Salieron volando hasta perderse al final de la calle pero al poco, como duendecillos del bosque, los ojos marrones del grande aparecieron tras la esquina y luego los del pequeño y volvieron por donde habían huido, cada paso ocupando la huella del anterior, el mayor delante, como siempre, y el otro detrás. Cuando se cansaron de rascar las jambas de la puerta se reclinaron sobre la alfombra y al unísono empezaron a acicalarse. Una vez limpios se tumbaron a esperar a que algo sucediera.

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Imagen de Gabriel Piñero

Los gendarmes podían llegar en cualquier momento y no serían gentiles. No lo fueron con los pájaros cantores ni con los peces de acuario, ni las tortugas, ni los cerdos vietnamitas, ni las iguanas ni los perros. Según el Alcalde, la ciudad estaba a un asalto de caer a plomo: cercados por tierra, aislados de Internet, sin contacto con el exterior desde el ataque de principios de noviembre. Una absurda e incomprensible guerra había precipitado todo. La comida escaseaba en los supermercados y los animales domésticos se habían convertido en un lujo que el Alcalde no permitía. Nadie imaginaba lo siguiente.

 

Los felinos seguían frente a la puerta y no había forma de impedir que volvieran tras ser ahuyentados. Hiciéramos lo que hiciéramos, al abrir la puerta continuaban ahí, observando la entrada de casa (de su casa) como quien mira un portal al espacio exterior. Resignados, nos quedamos dormidos en el sofá hasta que unos maullidos implorantes nos precipitaron a la ventana para ver cómo los gendarmes, dos hombres con aspecto de basureros, los agarraban por el pescuezo como si fueran jerséis y los metían en un saco. Los gatos lloraban y, al otro lado de la pared, mi mujer, adiamantados los ojos, me decía que no pasaba nada.

 

— No pasa nada— susurraba, posando sobre mi respirar el sudor hueco de su mano.    

 

Los hombres del Alcalde lanzaron el saco en el maletero de un Stratos con las sirenas municipales y abandonaron nuestro campo de visión.

 

Desde ese momento, tal y como os estamos contando, nuestra vida ha sido un deambular por itinerarios habituales con una mirada de los mil metros instalada en el rostro, anfitriones de un odio incomprendido y tomado por pasajero. No sabemos si la guerra es invención del Alcalde, ni cuánto se dilatará, pero cruzarse de brazos se ha acabado al sentarnos a esta mesa. Imitamos vuestros actos, primitivos gatos en llamas han amanecido dibujados en las paredes de las casas viejas: los hemos hecho nosotros. Ya solo nos importa arrojar de su poltrona a los responsables del llanto de nuestra pequeña familia, de mi ciudad que también es la vuestra y, juntos, escabechar a tantos hijos de puta como abarquemos con las manos.


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