Entrada 2. Un año más

24 de diciembre: 75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

 

Una vez en el punto indicado por el capitán, se mandó al personal de máquinas que apagara la caldera. No nos moveremos más durante algunos días, tenemos que esperar órdenes del almirantazgo. Mientras la caldera se enfría y el ruido del motor disminuye, le doy cuerda al gramófono y cuando siento que ya está del todo tensa bajo la aguja. Hay pocos momentos en los que disfrute tanto: me siento frente al atril donde yace la carta náutica y escribo sobre esta bitácora. El día lo amerita.

 

Hoy cumplo un año más a bordo del Ramallets aunque tengo la impresión de que nunca he estado en otra parte, mis recuerdos antes de sumergirme junto a este enorme animal acuático parecen parte de un sueño: caminos que se pierden en la lejanía, ríos de memoria que desdibujan continentes, días difusos que se extienden a lo largo de no sé cuántos años, un origen que ya casi me resulta desconocido.

 

Entré de ayudante de cocina. Mi experiencia como marinero era nula, así que me entrené pelando patatas metido entre los torpedos, en donde también dormía. Mi  tiempo libre lo pasaba leyendo libros que el capitán me dejaba escondidos entre los tubérculos, todos eran sobre el océano, un juego extraño viniendo de un lobo de mar como él que no se permitía apenas ninguna familiaridad con la tripulación. Sin embargo, cuanto más leía más cerca me estaba, más me parecía conocerlo, lo encontraba reflejado en los duros personajes de los libros. Tenía la impresión de que me quería decir algo y yo ponía toda mi atención en escucharlo.

 

Durante esos primeros años no necesitábamos apenas palabras, cada libro, cada historia nos aproximaron más, supongo que a toda la tripulación le pasó un poco lo mismo, no necesitábamos que nos hablara de sus entrañas para sentirlo como un verdadero capitán, un ser por el que primero por responsabilidad pero luego por amor darías tu vida. Él nos había escogido entre los desechos del mundo y nos otorgaba un propósito. Así que un día simplemente dejé de pelar patatas y comencé a estudiar los manuales de navegación que poseía nuestro Nautilus. El capitán se había propuesto convertirme en el navegante.

 

25 de diciembre: misma posición, continuamos con los motores apagados

 

Ayer cuando escribía la bitácora comencé a escuchar un ruido infernal que provenía de la sala común, parecía que de repente todos los objetos del submarino se hubieran puesto a chasquear, tintinear y crujir mientras una voz grave pero bastante armoniosa se alzaba en una particular oración.

 

Levanté la aguja del gramófono, guardé el cuaderno y salí al estrecho pasillo. En cuanto el artillero me vio asomar la cabeza me llamó. Yo no era de hablar mucho con nadie pero me sentía con ánimo de festejar el aniversario de mi llegada al Ramallets y si podía hacer eso con alguien, ese era el artillero. Estaba sentado en una silla puesta al revés, en una mano un vaso lleno de lo que me pareció whiskey y en la otra un puro encendido. Camisa abierta por el pecho, mangas arremangadas hasta el hombro, pantalones de marinero y una actitud que era a partes iguales desafiante y amistosa. Daba siempre la impresión de estar dispuesto a entablar algún tipo de combate.

 

El ruido infernal que me había hecho salir del camarote surgía de un aparato moderno colocado en el suelo junto a él, una caja negra de música. Black Sabbath, me dijo al ver que fruncía el ceño por lo que supuse era alguna especie de música religiosa. Pensé entonces en los himnos elegiacos de la ortodoxia griega, en los cantos bizantinos y en la música oriental judía, por lo que asentí con el gesto serio, como señal de respeto ante los sentimientos religiosos que no sabía que él tuviera.

 

Cuando me senté frente a él, sacó un vaso del mueble que tenía detrás, lo puso junto al suyo y llenándolo hasta el borde me lo ofreció. Poco más hay que contar pues la noche transcurrió entre vaso y vaso y recuerdos, sobre todo recuerdos suyos de no sé qué guerra.


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