Diario de Mila 2: Emerger.

Querido diario de a bordo:

 

Perdona que lleve tantos días sin escribirte, pero es que me quedé sin servilletas. Pero ahora puedo contarte por qué me quedé sin servilletas así que, en realidad, la espera no ha estado tan mal. Además, eres yo y yo no estoy enfadada, así que no sé por qué sigo pidiéndote perdón. Pero bueno.

 

El caso es que hace una semana, como todas las mañanas, cogí mi neceser a las 6:03 para poder lavarme los dientes a las 6:06, que es mi hora de lavabo. Al salir de mi camarote, oí una música como de cortar cuellos de osos polares, pero yo tenía que ir en dirección contraria así que no interrumpí mi camino. Pero entonces el artillero salió de golpe del final del pasillo y gritó mi nombre y me quedé petrificada. El artillero suele estar siempre un poco enfadado o, bueno, muy enfadado, y eso está bien porque si hay una guerra no es práctico atender a razones pero está mal porque a mí la gente enfadada me asusta un poco. El caso es que estaba enfadado con Wagner. O a lo mejor no, pero no me enteré muy bien porque me estaba hablando alto y cuando me hablan alto me cuesta un poco concentrarme por aquello de estar ocupada en no salir corriendo. Sé que me contó varias cosas y que luego dio un portazo y que yo me quedé ahí con el neceser en la mano sin saber muy bien qué hacer porque eran ya las 6:09 y una tiene sus principios y ya no podía lavarme los dientes, así que me encerré otra vez en mi camarote para esperar a las 7:07, que es una hora digna en la que hacer abluciones.

 

Me puse a dar vueltas por mi habitáculo y de repente pensé en que tenía que contestar al artillero y que debía plantear bien mi respuesta. Saqué las servilletas y me puse a escribir. Y estuve tan ocupada que no me pude lavar los dientes hasta las 21:12, momento en que ya tenía mi discurso pasado a limpio en una servilletita limpia y el neceser nuevamente en las manos.

 

Todo esto vino del día de la ballena. La ballena del otro día me hizo pensar. Sentí una calidez dentro tan grande y tan densa que me di cuenta de que, sí, el mundo de ahí fuera no se me da nada bien pero que, al fin y al cabo, este no es el mundo de ahí fuera. Que siempre he funcionado un poco al revés y que tal vez estar sumergida podría ayudarme a emerger. En eso me hizo pensar la ballena. Y por eso gasté mis servilletas intentando escribir un discurso que me ayudara a poder hablar con alguien que me había llamado por mi nombre.

 

Pasé una semana con la servilleta en el bolsillo del chaleco porque, cada vez que intentaba salir ahí fuera y leerla se me enredaba una especie de cuerda debajo de los pulmones y tenía que hacer mis ejercicios de respiración. Pero después de seis días y seis horas, pensé otra vez en la ballena y me llené de valor, me puse mi casco y me dirigí a la sala común, donde estaban el artillero y el navegante, Emil, que me cae bien porque tiene un nombre par. Tosí y me miraron. Saqué la servilleta, tomé aire y leí:

 

“Hola”.

 

Entonces salí corriendo y me volví a encerrar en mi camarote, me desplomé sobre el colchoncillo y sonreí pletórica y radiante de orgullo ante mi hazaña.

 

Y ha sido por eso por lo que hoy he aprovechado que la chef dormitaba para robar más servilletas y por lo que me he puesto a escribirte. Porque quería contártelo. Tenía que decirte que lo estoy haciendo bien.


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