Diario de Mila 3: La celebración

Querido diario de a bordo:

 

Me duele tanto la cabeza que tengo que escribirte con la frente apoyada en el cristal de mi  ojo de buey. Ayer, me sentía tan animada por mi éxito a la hora de establecer lazos con la tripulación que decidí salir a dar una vuelta por el submarino tras haber oído a Emil y al artillero retirarse a sus camarotes. Era fácil oírlos porque iban dando golpes contra las paredes del  pasillo mientras cantaban a pleno pulmón, y con algo de lágrima en la voz, una canción de Nino Bravo.

 

Fui a la sala común y vi sobre la mesa una botella vacía, otra con un poco de whiskey, un vaso intacto y otro hecho añicos. Con mucho cuidado, recogí los pedazos de vidrio con una servilleta y los llevé al cubo de basura de las cocinas, intentando no despertar a la chef con mis pasos. Esta vez me la encontré dormida con la cabeza apoyada en el fregadero. Por algún motivo, parece siempre muy cansada.

 

La chef es mi amiga. El primer día que soltó un cucharón del rancho sobre mi plato, conté que me había echado exactamente 44 guisantes y, desde ese momento, decidí que sería su amiga para siempre. Además, un día me pilló intentando reconstruir mi galleta porque las cuatro partes en las que yo la había partido no eran simétricas y, desde entonces, me la da cortada en cuatro trozos perfectos. Suspira mucho mientras la divide y pone esa cara que me ponía mi madre, pero el hecho es que me la da partida y perfecta.

 

El caso es que yo sabía que beber whiskey es una manera muy común de celebrar porque he visto películas y he leído muchos libros y, qué demonios, yo tenía mucho que celebrar. Así que cogí mi taza metálica del escurreplatos, volví a la sala común y la llené de aquel líquido maloliente.

 

Lo probé y deduje que lo de beber cosas horribles debe de ser como una especie de rito iniciático, tan cruel como caminar sobre brasas pero menos permanente. Me acabé la taza y no me sentí más celebrativa, solo con el esófago en llamas. Me tomé otra taza por si lo que había fallado era la dosis.

 

Como no notaba nada aparte de mucho calor y ganas de tararear un poco la canción de Nino Bravo, me levanté para ir a mi camarote pero, en cuanto me puse de pie, el submarino empezó a tambalearse con tal intensidad que se me cayó la taza al suelo. Hizo un ruido tan espantoso que me asusté y me metí debajo de la mesa. En el mismo momento, el artillero salió de su habitación al fondo del pasillo, gritó “¡A las armas!”, se desplomó sobre el suelo y siguió durmiendo.

 

Me quedé mucho rato debajo de la mesa intentando averiguar qué hacer. El submarino no dejaba de moverse en círculos y de lado a lado y me estaban entrando muchas ganas de vomitar. Pero eso no podía ser porque yo no vomito nunca y porque una buena amiga no desperdiciaría así los cuatro trozos perfectos en que la chef había partido la galleta.

 

Entonces me di cuenta de quién era el culpable de que el submarino no se estuviera quieto e ideé un plan. Saqué una servilleta del bolsillo. En un lado ponía “hola”, así que le di la vuelta y escribí una nota en el reverso:

 

“SÉ QUE HAS SIDO TÚ”.

 

Me levanté, me di un golpe con la mesa que me dejó inconsciente, me desperté, gateé de debajo de la mesa y me dirigí a popa, al cuarto de motores. Detrás de un tanque cilíndrico, encontré al señor Carlitos durmiendo abrazado a un enorme tomo en alemán. Remetí la servilleta entre la portada y las páginas para que la viera al despertar y supiera de mi indignación y, satisfecha, subí a la planta de descanso para intentar dormir un poco a pesar del bamboleo.

 

Cuando volví a mi camarote, vi que el artillero seguía durmiendo tirado en el pasillo. Se le veía cómodo: alguien lo había tapado con su mantita del ejército.

 

Y ahora me he despertado y mi cabeza late fuerte y siento la galleta en la garganta y no es muy agradable pero es nuevo, así que te lo quería contar.

 


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