· 

La tierra errónea



 

Entreabrió los ojos y las luces del techo le cegaron. Los volvió a cerrar. Oía ruido de utensilios, algunas voces mitigadas. Entreabrió de nuevo los ojos, pero con más cuidado. Distinguió rostros encima de él, rostros extraños, como si llevaran máscaras o pertenecieran a especies diferentes. La somnolencia que le atenazaba provocaba que los sonidos de las palabras le resultaran indistinguibles. Una voluntad recóndita le incitaba a abrir los ojos, a despertar, pero una pereza igual de misteriosa luchaba por devolverle a la quietud de la inconsciencia. Cuando ésta, más fuerte, le arrastraba al sueño, notaba sacudidas, como si algún agente externo tratara de impedírselo. Las luces seguían ahí, cegadoras, sobre su cabeza. Fue consciente entonces de que debía estar echado, quizás sobre un lecho. Con el recobrar de una débil conciencia afloraron una ristra de visiones a su mente: un jardín con flores, el vaivén del mar embravecido, cielos límpidos de azul y un viento suave. Ignoraba de dónde procedían esos recuerdos, no lograba vincularlos con su persona. Las voces se hicieron más discernibles y logró distinguir algunas palabras: paciente, constantes, recobrar, y otras cuyo significado se le escapaba. Cuando consiguió abrir los ojos sin ser deslumbrado, advirtió que le observaban varias personas con gorritos de tela y mascarillas de plástico sobre la boca. Coligió que eran médicos y que él debía hallarse en una camilla o mesa de quirófano. Esto último era lo más probable. Estaba siendo sometido a una operación, o surgía de ella. Pero no recordaba haber estado enfermo, ni haber entrado en ningún hospital. Todo le parecía ausente y extraño. Cuando sus sentidos se afincaron en la realidad, quiso hablar, pero se dio cuenta de que tenía la boca cubierta por un respirador y que de su nariz emergían tubos con líquidos. Decidió esperar. Al cabo de un rato oyó que alguien ordenaba que le volviesen a sedar y notó un pinchazo. De nuevo la nada.

 

Se despertó en una habitación escueta y sin ventanas. Estaba acostado en una cama estrecha A su lado había un aparato de monitorización, uno de cuyos cables estaba conectado a una cinta sensora que le circundaba la cabeza. Miró a su alrededor. La habitación, además de pequeña, carecía de adornos. Era la típica habitación de hospital o de institución de reposo, un recinto pensado para albergar a moradores pasajeros. Durante ese primer día de conciencia, solo vio a una enfermera, o una mujer a la que tomó por tal, que le trajo un refrigerio en un vaso con un tubito para sorber, una especie de jugo que sabía a frutas y que le pareció, por su espesa consistencia, muy nutritivo. A continuación la mujer le tomó los brazos y se los masajeó con movimientos expertos. La manipulación de sus miembros permitió a Leopoldo advertir lo flojos que los tenía. Ni siquiera hubiera podido sostener con ellos el recipiente con el líquido. Luego de masajearle los brazos y los dedos, procedió a friccionarle los hombros. La chica, ante sus preguntas, le dijo que mañana vendría alguien a explicarle todo. Al rato se fue. Al quedarse solo, caviló sobre lo que había querido decir la muchacha con ese “explicarle todo”. La verdad es que no recordaba nada de su vida anterior. Sólo un nombre acudía regularmente a su memoria: Leopoldo. No sabía si era el suyo o el de un ser querido. Decidió apropiárselo. Al menos tendría un nombre. Leopoldo. Trató de convocar recuerdos. Fue en vano. Estos, en forma de visiones, sólo le acometían durante los duermevelas y eran siempre los mismos: un jardín con flores, las olas del mar, un mar verde y embravecido, cielos límpidos de azul y una brisa que acariciaba su rostro, un rostro de niño o de jovencito. Poco más. Hubo un momento en que vio a un bebé llorando. Pero no sabía si se trataría de un hijo. Puede que tuviera un hijo, lo que quería decir que tenía esposa. ¿Y sus padres? ¿Vivirían aún? Tampoco recordaba su propio aspecto. Se tocó el rostro con una mano débil y por la tersura de la piel y la dureza de la barba coligió que tendría unos cincuenta años. Pero podría equivocarse. Necesitaría contemplarse en un espejo. Podía esperar. Mañana se enteraría de “todo”. Eso le había dicho la enfermera, o camarera. Ni siquiera sabía dónde se encontraba. Probablemente en un hospital. Lo decía por los recuerdos recientes, donde se vio tumbado y personas con aspecto de cirujanos inclinados sobre él. Mañana lo sabría.

 

Leopoldo se despertó de golpe con un grito. Estaba bañado de sudor. A las secuencias habituales de sus sueños se habían añadido un cortejo fúnebre, el rostro de una anciana que se iba volviendo joven, los gritos de niños jugando en un jardín de infancia, una fiesta de cumpleaños, sin precisar si era él el homenajeado o un hijo suyo. Pero lo que le había hecho despertar angustiado fue la sensación de ahogo al verse sumergido, el líquido entrándole a borbotones por la garganta. Miró a su alrededor. Estaba amaneciendo. Advirtió que la máquina que le monitorizaba ya no estaba. Ninguna cinta sensora ceñía su cabeza. Se la habrían llevado durante la noche. Quiso enderezarse pero apenas consiguió erguirse unos centímetros. Trató de menear las piernas y éstas no le respondieron. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguir que éstas se movieran ligeramente. Los brazos, aunque le dolían, le costaba menos moverlos. Achacó la diferencia al masaje dado ayer por la enfermera. Leopoldo retiró como pudo las mantas y vio sus delgadas y blanquecinas piernas asomar de un camisón de enfermo. Se las tocó con las manos. Apenas las sentía. En eso entró la enfermera del otro día, que le dijo que ahora vendrían a masajearle las piernas. La muchacha le trajo otro jugo similar al de ayer y volvió a friccionarle los hombros y los brazos. Antes de marcharse vino otra mujer, una mujer mayor, pero robusta, que se presentó como fisioterapeuta. Ésta, con manos fuertes y hábiles, le tomó una pierna y se la movió en todas las direcciones. A continuación le manipuló la otra. La sesión de masaje duró media hora. Luego la mujer se fue y Leopoldo se quedó sólo. Trató de recordar el rostro visto en sueños, el de la anciana que se volvía joven. Cada vez que la recordaba sentía una sensación de amparo, un sentimiento que no podía definir pero que le agradaba. Concluyó que se trataba de su madre. Estaba tratando de recuperar ese rostro que le resultaba querido cuando hizo su entrada en la habitación un hombre alto, enjuto, que llevaba en las manos una tablilla electrónica. El hombre se presentó como el doctor Urrutia. Después de observarle durante un rato con minuciosidad de entomólogo, el doctor tomó una silla y se sentó junto a su cama.

 

-Bien, señor López. Me imagino que su cabeza es un hervidero de preguntas. Antes de que las formule, trataré de resumirle la situación lo mejor que pueda. Usted formaba parte de una partida de personas con enfermedades incurables que fue criogenizada. Se hizo, aunque le parezca chocante, por sorteo. La criogenización era en aquellos tiempos un proceso muy caro. La sanidad pública, en manos de gobiernos populistas, puso de moda los sorteos entre aquellos enfermos que cumplieran los requisitos para ser criogenizados. En resumen, usted fue uno de los afortunados. Y acaba de ser reanimado y su enfermedad, en aquella época mortal, ha sido erradicada mediante una sencilla intervención. Está usted curado y su estimación de vida restante es de 57 años. Y ahora permítame que le haga una pregunta. ¿Cuál es el último año que recuerda usted?

 

Leopoldo, ahora Sr. López, caviló frunciendo el ceño y respondió.

 

-No estoy muy seguro. Me suena el 2088 ó 2089.

-Usted fue criogenizado exactamente en 2108.

 

El señor López meditó unos instantes sobre la fecha mencionada por el doctor Urrutia e hizo la única pregunta que podía hacer en su situación.

 

-¿Y en qué año me encuentro?

 

El doctor consultó con su tablilla de datos, tocó algún sensor y mostrándole una pantallita donde aparecía la fecha, contestó:

 

-Estamos en 2339. No se esfuerce en hacer el cálculo; ha permanecido usted dormido 231 años. Durante ese tiempo, su cuerpo ha sido nutrido, monitorizado y sus músculos periódicamente sometidos a descargas nerviosas, pese a lo cual necesitará todavía un tiempo de recuperación hasta alcanzar la movilidad que le permita valerse de sus extremidades. 231 años es mucho tiempo, más de lo que se considera conveniente e incluso rentable. Su largo sueño se ha debido no a que hayamos tardado en encontrar una cura para su dolencia sino en un error burocrático. Una de las cláusulas de los contratos de criogenia establece que pasados cien años, si todavía no existe cura para el mal que originó el proceso de letargo, los mecanismos que lo mantienen vivo deben desconectarse y al paciente se le deja morir. En su caso, un error administrativo, repito, soslayó este período de caducidad y ha seguido gastando recursos de nuestra Compañía, que es una firma privada que posee accionistas que buscan la máxima rentabilidad. Al descubrir el error, en vez de dejarle morir, pues la Compañía también posee un código ético, y habida cuenta que el fallo era imputable a nosotros, se decidió recuperarle y darle la oportunidad de integrarse en una sociedad muy diferente a la que usted conoció, pero que le permitirá vivir aún unos 57 años. Por desgracia, el Ente Público que hace las funciones de gobierno no asume el costo de su supervivencia y la Compañía ha de hacerse cargo de usted.

 

El doctor Urrutia guardó silencio para permitir que el paciente asimilara todo el cúmulo de información que le había proporcionado. El señor López, mientras cavilaba, compartió el foco de su mirada entre el doctor y la pared que le quedaba enfrente. Al rato, y por toda curiosidad, preguntó:

 

-He discurrido que me llamo Leopoldo, no sé por qué, pero ignoraba que mi apellido fuera López. ¿Es ése realmente mi apellido?

-No, ese no es su apellido. Y ya que cree llamarse Leopoldo, se llamará en adelante Leopoldo López. A todos los despertados, designación que damos los que abandonan la criogenia, se les da un apellido diferente, para evitar que quieran hurgar en su pasado, curiosidad que sólo provocaba sinsabores, desánimo y tristeza. Usted comienza ahora una nueva vida. Y es por ello que necesita una nueva identidad. Es posible que posea recuerdos de infancia o juventud, pero le advierto que no tienen por qué ser auténticos, pueden provenir de algo que haya visto en imágenes, o leído, no tienen que corresponder a su vida anterior. La experiencia nos dice que los despertados nunca vuelven a recuperar su antigua identidad. Hay casos en que estos recuerdos, de obsesionante recurrencia, lastran la nueva existencia del despertado. Para esos casos existe medicación que los elimina.

 

Los dos hombres guardaron silencio. Fue Leopoldo, ahora Leopoldo López, quien rompió el silencio.

 

-¿Cuándo cree que me recuperaré y podré salir de aquí? ¿Estoy en un hospital privado?

-Aún tardará varias semanas en recuperarse. Su cuerpo necesita acostumbrarse a los alimentos semisólidos. Porque le informo que ya no existen los alimento sólidos tal como usted los conoció. Ahora la nutrición se basa en productos líquidos, pastillas o papillas. Para ayudar a su recuperación física, se le han prescrito masajes, que creo que ya han comenzado. En cuanto a la segunda pregunta, se halla usted en el ala de despertados de la compañía de criogenia que le ha mantenido congelado durante los dos últimos siglos.

-¿Y luego qué, doctor? ¿Qué haré?

-En cuanto se recupere, se le subirá al Domo, un mirador exterior con una cúpula de plasvidrio, para que compruebe en lo que se ha convertido el mundo que usted conoció y se le dará dos opciones: pedir la eutanasia o elegir vivir, en cuyo caso se le asignará un lugar en el subsuelo para vivir y una labor que realizar para evitar el siempre pernicioso ocio.

 

Ante la mirada atónita de Leopoldo, el médico aclaró:

 

- No se asuste. Toda la humanidad vive en el subsuelo. El mundo exterior es inhabitable. Sin capa de ozono, no hay seres humanos que vivan en el exterior, salvo en algunas zonas privilegiadas. Ahora nos encontramos en el piso subterráneo número 59, ala X1. El piso 59 de esta ciudad subterránea es propiedad de la Compañía, lo que le dará una idea de su importancia. Es la empresa privada más grande, en recursos humanos y financieros, de esta zona del país. La razón de subirle al Domo y mostrarle la superficie de lo que fuera la parte del planeta que usted conoció, es para ayudarle a tomar la decisión. Son muchos los que, después de contemplar en lo que se ha convertido su añorado mundo, y no agradándoles la perspectiva de vivir enterrados, eligen la eutanasia. La visita al Domo, además de conveniente, es un requisito legal para con los despertados. Y ahora le dejo. Quizá no debería haberle proporcionado tanta información de golpe. Medite sobre su situación. Le servirá para tomar luego la decisión correcta.

 

El doctor Urrutia se levantó, dejó la silla en la pared de donde la había tomado y salió de la habitación. Leopoldo volvió a quedarse solo. Su cabeza era un hervidero de dudas e hipótesis. Le resultaba difícil asimilar el hecho de haber permanecido congelado durante más de 200 años. Tampoco sabía cómo asumir la circunstancia de tener que vivir bajo tierra. No ver más la luz del sol. ¿Cómo se distinguirían en un lugar así las noches de los días? ¿Habría sirenas o cambios de iluminación que indicaran este ciclo? Y la comida. No se imaginaba alimentándose sólo de jugos como los que le traía la enfermera. Pero más le preocupaban los recuerdos, el hecho de haberlos perdido. No saber quién fue en realidad, en esa su primera vida, la de verdad, la que primero arraiga, la que confiere impronta... Ser un hombre sin recuerdos equivale a ser un hombre sin raíces. ¿Qué existencia puede llevarse sin ese equipaje psíquico primordial? Un ser sin anclaje dotado de falsa cronología, un robot. ¿Qué le movería a seguir viviendo durante 57 años, con qué fin? ¿Sólo por satisfacer un latente instinto de supervivencia? Sería ese tiempo como la extenuación de una plegaria...

 

Leopoldo fue interrumpido de sus desazones por la entrada de la enfermera, con su vaso de jugo y la masajista, con varias toallas térmicas colgando de sus regordetes brazos. Leopoldo se tomó el jugo y luego se preparó para someterse a los masajes. Decidió no pensar en nada, dejarse llevar por el mero placer de sentir sus músculos reaccionar al contacto de unas manos fuertes y decididas.

 

Era el segundo día que Leopoldo se levantaba. Como en la anterior jornada, se dedicó a dar vueltas por la habitación. Sus piernas aguantaron mejor que ayer. Estaban cogiendo fuerza. Ya incluso se le dibujaban algunos músculos. La labor de la masajista había sido efectiva. Confiaba que en breve le dejasen salir de la habitación. Tenía curiosidad por ver algo más allá de esas cuatro paredes que habían sido su diminuto hogar durante dos semanas. Conocer otras alas de esa planta, incluso otros niveles, subir hasta la cúpula de plasvidrio, el Domo, que mostraba la superficie del planeta. El jugo que fue su nutriente durante la primera semana había dado paso a líquidos de diverso consistencia y papillas de diversos colores y sabores. Por lo visto, en esa combinación consistía la dieta normal de las personas. La enfermera, con la que tenía más confianza, seguía siendo reticente a la hora de contestar a sus preguntas. Seguramente tendría instrucciones. Leopoldo no había vuelto a soñar con ese rostro anciano que asumió era su madre. Como si la advertencia del médico hubiera accionado cierto resorte onírico que cerraba su paso. Ahora apenas recordaba lo soñado. Salvo una vez que soñó con la masajista. Ésta le apaleaba más fuerte de lo normal y luego trataba de ahogarle con la almohada. Se despertó angustiado en medio de la noche. Lo remarcable del asunto es que había soñado por primera vez con alguien que pertenecía a su nueva vida. Lamentaba, no obstante, haber perdido esos sueños que mostraban el oleaje del mar, la brisa, el jardín florido. Quizá al ser informado de que esos recuerdos no tenían por qué ser reales, su subconsciente había cegado los conductos por donde estos sueños surgían. Durante una de las muchas vueltas a la habitación, Leopoldo recibió la visita del doctor Urrutia, que al verle caminar sonrió aprobatoriamente.

 

-Veo que hace progresos. Me alegro. Me gustaría que su decisión, de la que le hablé en nuestro primer encuentro, se tomase esta misma semana. Se la recuerdo: eutanasia o reinserción en la sociedad de este distrito. ¿Necesita alguna cosa?

-Me gustaría recibir algún periódico, o ver algún noticiario, o su equivalente. Saber de qué va la vida en este sector, demarcación o ciudad subterránea. Ah, y poder pasear por el corredor, fuera de esta habitación que me produce ya claustrofobia.

-Acaba de mencionar la palabra prohibida. Como comprenderá, en una sociedad que vive en el subsuelo, en recintos normalmente pequeños e incluso compartidos, la claustrofobia supone un grave problema. Para evitarlo se han creado eficaces implantes cerebrales que la eliminan. Si usted sufre de ese mal, por favor indíquenoslo y se lo solucionaremos. En cuanto a las noticias, ésta funcionan ahora mediante implantes en la retina y el cerebro. No hay escritura en papel. Las pantallas que verá en ciertas áreas, están todas vacías y sirven para que cada uno sintonice el canal que desee desde su cerebro. La misma pantalla permite a diferentes personas ver retransmisiones diferentes. Pero usted todavía no dispone de esos avances neurológicos. Si decidiese quedarse con nosotros, se le implantarán. En cuanto a lo de pasear por el corredor, puede hacerlo, pero acompañado por la enfermera. No verá gran cosa, pues el pasillo es corto y a los lados sólo hay paredes grises y algunas puertas que dan a habitaciones como la suya. Le daré instrucciones a la enfermera. En un par de días volveré por aquí y posiblemente le subamos hasta el Domo. Luego deberá tomar la crucial decisión. Ah, se me olvidaba, le dejo aquí un tablero de lectura para que le sirva de distracción. Sólo contiene una obra, que damos a leer a nuestros despertados. Sirve de preparación para la decisión. Buenos días.

 

El doctor Urrutia dejó el tablero de lectura encima de la cama y salió de la habitación. Leopoldo se quedó allí, cavilando. Cada vez que pensaba en la decisión que había de tomar le entraba un desasosiego que era incapaz de explicar, pues en principio no parecía que existiesen dudas sobre lo que le convenía elegir. La visión del mundo exterior no podía ser tan apocalíptica que le hiciera desear no existir. Y sin embargo, el doctor le había hablado de un porcentaje elevado de casos que elegían su propia desaparición. Leopoldo se acercó a la cama y tomó el tablero. Lo encendió. Apareció, en letras de gran tamaño, el título de la obra: Sentencias de la Tierra Errónea. Leopoldo se dirigió a un pequeño sillón sito en una esquina de la habitación, se sentó y comenzó a leer. Consistía el libro en una recopilación de sentencias, ordenadas por autor, de carácter pesimista. Los autores, según sus breves biografías, pertenecían en su mayoría a los siglos XX y XXI. Curiosamente no encontró escritores que hubieran nacido durante los dos últimos siglos. Como si la escritura durante ese tiempo hubiera dejado de existir, o estuviera proscrita, o no hubiera dado frutos pesimistas, lo que era inconcebible. Leopoldo comenzó a leer siguiendo la ordenación de los autores en orden alfabético:

 

"¿Por qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?"

 

La frase se atribuía a un tal Roberto Arlt. Y de un escritor llamado Pío Baroja, extrajo estas gotas de desesperación:

 

"El hombre me parece la cosa más repugnante de este planeta".

 

"Nuestro mundo,... una bola inútil y estúpida repleta de carne dolorida, que anda paseándose por los espacios".

 

De un poeta que se llamó Francisco Brines, constaban estas sentencias, o versos, o lo que fueran:

 

La belleza es un vómito; la vida

Se complace en la justicia de no amarla.

En la noche más calma habita el asco.

 

Le afectó sobremanera esta frase de un tal Elías Canetti:

Tal vez no haya una sola persona digna de tener un hijo.

 

Y se acordó de ese medio recuerdo de un niño llorando, un bebé, quizá su hijo en esa vida antes de la congelación. Siguió leyendo:

 

"He venido no sé por qué;

Un día abrí los ojos: he venido”.

 

Estos versos atribuidos a un tal Luis Cernuda le recordaron su despertar, su segunda venida. Igual que el poeta, él también había abierto los ojos y se había encontrado aquí, había venido. Sin más. Siguió con Luis Cernuda:

 

"Mas mira como el alba a la ventana

te convoca a vivir sin ganas otro día".

 

Si cambiaba la palabra ventana por Domo, de nuevo la frase parecía encajar con su propia experiencia. Le resultó curiosa esa semejanza entre las situaciones que describía el poeta y las suyas.

 

Sin embargo, las sentencias más cargadas de pesimismo deprimente, casi enfermizo, correspondían a un escritor o filósofo o enterrador que en vida recibiera el nombre de Émil Cioran:

 

"En cada transeúnte discernía yo el fiambre, en cada olor, la podredumbre, en cada alegría, la última mueca".

 

"Creo en el porvenir de lo terrible".

 

"Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo".

 

"No existe ningún medio de demostrar que es preferible ser que no ser".

 

"Sólo el idiota está equipado para respirar".

 

Ese supuesto idiota equipado para respirar y que estaba leyendo esas frases de la tablilla, pasó rápidamente por los siguientes autores, hasta parar en una frase que era casi un presagio:

 

"Vivir más de cuarenta años es obsceno, vulgar e inmoral".

 

Quien así se expresaba era un escritor ruso llamado Fiodor Dostoievski, y la frase provenía de una obra titulada, quizá proféticamente Apuntes del subsuelo. Un subsuelo que imaginó como el que le esperaba después de tomar la decisión. Leopoldo, el señor López, apagó el tablero y lo arrojó sobre la cama. No quería leer más. Se preguntó si a todos los pacientes que debían tomar la vital decisión les entregarían un tablero de lectura con esa misma obra: Sentencias de la Tierra Errónea. La obra, era evidente, estaba destinada a hacer pensar al lector que vivía en una Tierra errónea, con la idea de inclinarle a tomar la decisión de no seguir viviendo. Lo que conllevaría menores gastos para la Compañía y mayores dividendos para sus accionistas. Consideró Leopoldo que este tipo de adoctrinación pesimista podría explicar el alto índice de decisiones pro eutanasia del que parecía vanagloriarse el doctor Urrutia. Interiorizar estas frases después de ser despertado no debía predisponer a alargar la existencia, y menos en un mundo donde la luz no encontraba residencia, un mundo sin naturaleza, presos sus habitantes en una tristeza de cadena perpetua. Una exposición suficiente al influjo de este pesimismo en grageas podía inclinar a un ser debilitado por años de letargo a preferir el no ser, el retorno a la inconsciencia, que en su mente así adoctrinada adquiriría el prestigio de un acogedor vientre materno.

 

Leopoldo pasó los días siguientes andando por el pasillo acompañado de la enfermera. No había vuelto a encender el tablero de lectura. Le disgustaba su contenido tanto como las intenciones que subyacían en su entrega. Comía a sus horas, se ejercitaba, recuperaba fuerzas. También dormía, dormía todo lo que podía. Pero curiosamente, sin sueños. Esa falta de sueños le llevó a considerar que quizá le hubieran dado con el alimento alguna sustancia que los eliminase. No era inverosímil. Fue durante uno de estos paseos con la enfermera cuando el doctor Urrutia, que venía a visitarlo, le anunció que ya estaba lo suficientemente recuperado para subir al Domo. Le traía ropa para cambiarse. Leopoldo, acompañado por el médico, volvió a la habitación y se vistió con un traje que semejaba un mono de trabajo, gris pálido, de un tipo de tejido extraño pero cómodo. Ya vestido, el doctor le pidió que le acompañase. Recorrieron el pasillo hasta el final, donde había una puerta que el doctor abrió con una presión de su dedo índice sobre una célula fotoeléctrica. Accedieron a una especie de recibidor con otra puerta que era la del ascensor. El doctor lo llamó mediante el mismo procedimiento de posar su índice sobre un dispositivo de identificación cutánea. Arribó el ascensor y entraron. Una de las paredes del ascensor era de cristal, pero daba a un muro gris. Al poco de comenzar a elevarse, el muro desapareció y Leopoldo pudo ver lo que en una primera impresión le pareció un enorme hormiguero formado por galerías distribuidas en niveles, pobremente iluminadas y con personas pululando por ellas. Miró hacia arriba y no distinguió el final, hacia abajo y tampoco. Todo eran galerías concéntricas, lugares donde la gente debía vivir y trabajar, como en un hormiguero. Descubrió al doctor Urrutia observándole con una sonrisa enigmática en la boca. Su cara debía reflejar una mezcla de sorpresa, desconcierto y perplejidad. Como si adivinase la confusión de Leopoldo, el doctor Urrutia le dijo:

 

-Esas galerías son el hogar de los cientos de miles de personas que viven en este sector. En una de ellas tendría que vivir usted, desempeñando alguna labor social o productiva. No podrá salir de su nivel salvo permiso expreso de su coordinador de zona. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, le sería permitido subir en este ascensor hasta el Domo de plasvidrio. Este será su único viaje a ese lugar. Un privilegio reservado a los despertados.

 

Leopoldo recibió en silencio la información, sus ojos mirando, con afán de aprehenderlo, esa perspectiva de las galerías subterráneas que jamás volvería a ver. La advertencia del doctor Urrutia había sonado ominosa. Es posible que esa fuera su intención. Al cabo de un largo minuto, el ascensor perdió velocidad y se acercó despacio hasta una abertura iluminada que podía ver sobre su cabeza. Poco a poco, la barquilla que los elevaba quedó encajada un una plataforma y las puertas se abrieron. Leopoldo caminó detrás del doctor por un pasillo que terminaba en una sala amplia, el famoso Domo con su cúpula de plasvidrio desde donde se podía observar el exterior. Leopoldo, sobrecogido por la emoción, contempló su añorado mundo. El espectáculo era escalofriante. No sólo por la visión de un paisaje yermo bajo una luz enfermiza debida a nubarrones espesos que impedían penetrar los rayos de sol, sino por reconocer lo que otrora fuera la ciudad donde habitó, ahora un paisaje en ruinas, edificios abandonados, y una raquítica vegetación que lo cubría todo. Las nubes, de un plomizo carmesí, teñían el paisaje, desolado de por sí, con tintes malsanos. Parecían, esas nubes aciagas, estar fijadas en un cielo con miles de años de vacío. El doctor Urrutia permanecía en silencio a su lado, permitiéndole que asimilara sin ayuda toda la pesadumbre emocional que causaba tan sombrío panorama. Leopoldo sentía una fuerte opresión en el pecho, las sienes le palpitaban con dolorosa celeridad. Él había conocido ese mundo con sol y vegetación alegre, luz y hombres, risas y juegos. Ahora esa vida exterior llena de colorido había dado paso a existencias grises que transcurrían en galerías subterráneas. Leopoldo fue entonces consciente de que lo que se buscaba con esta visita al Domo era influir en la decisión de los despertados. El Domo era túmulo era trampa era cripta y podre. Al parecer la Compañía encontraba caro correr con los gastos de subsistencia de los reanimados. La eutanasia representaba la opción más rentable. Y la visión deprimente del mundo tal como se percibía a través de la cúpula de plasvidrio, sin duda predisponía a preferir la muerte. Un gasto menos para la Compañía. Más dividendos para los accionistas. Pero a él no debían preocuparle los accionistas. Debía pensar sólo en sí mismo, en si merecía la pena vivir en un subterráneo, con los pequeños placeres y alegrías que quizá podría aportarle ese tipo de existencia, o acabar de una vez y olvidarse de que alguna vez existió. Pero estaba claro lo que quería la Compañía.

 

El doctor Urrutia interrumpió las reflexiones de Leopoldo.

 

-¿Ha tenido ya bastante? ¿Quiere contemplar más tiempo lo que fue su mundo? Cuando desee, volveremos al interior.

 

Leopoldo no respondió. Desatendiendo el apremio, barrió con la mirada todo lo que podía abarcar con la vista. Quería registrar esa última visión en su memoria, pues ya no volvería a este mirador. No volvería a utilizar el ascensor, según le había informado el doctor Urrutia. Esa circunstancia le hacía valorar más las cosas que veía. Quería aprehenderlas en su memoria, guardarlas para los días que se avecinaban, que presentía monótonos y no muy alegres.

 

Por fin Leopoldo se decidió a bajar. Durante el descenso los dos hombres permanecieron en silencio. El doctor Urrutia le acompañó hasta su habitación. Allí, en la puerta, le dijo:

 

-Mañana es el día de la gran decisión. Vendrá un funcionario con una tablilla electrónica especial donde usted deberá elegir si prefiere seguir viviendo o la eutanasia. Medítelo en recogimiento. Hasta ese momento nadie vendrá a perturbar su paz. Adiós.

 

El doctor Urrutia se perdió por el pasillo y Leopoldo se quedó allí, en el umbral de su habitación, parado, sin decidirse a entrar. No le apetecía encerrarse en su habitáculo, un recinto sin el más mínimo rasgo de personalidad, de confort, de hospitalidad. Pero tampoco podía permanecer en el pasillo. Leopoldo entró. Habían hecho la cama y en su centro, con el título hacia él, el tablero de lectura encendido: Sentencias de la Tierra Errónea. Insistían. Estaba claro cuál era la decisión que a la Compañía le interesaba que eligiese. Leopoldo tomó el tablero de lectura y fue a guardarlo en el cajón de la mesilla. Como curiosidad eligió una página al azar. Apareció esta frase:

 

"La vida es un esfuerzo digno de mejor causa".

 

Era de un tal Karl Kraus. Muy oportuno. Demasiado. Como si el libro tuviera vida propia o estuviera dirigido su escudriño por los intereses de la Compañía. Leopoldo dejó el tablero en el cajón y se tumbó sobre el lecho. Mañana tenía que tomar la decisión. Debía sopesar las alternativas. Qué gran final vivir, pero qué triste; pobre elección la muerte, pero qué alivio. Esa noche no durmió.

Después del desayuno, donde junto al consabido jugo le habían dado una tableta semisólida, como un turrón muy blando, y que le supo a gloria, se vistió con un mono especial que le habían proporcionado y se dispuso a esperar al funcionario que le traería la tablilla donde habría de estampar su firma biológica, que consistía en aplicar el índice sobre una superficie que reconocía el ADN. Poco tuvo que esperar. Dos hombres uniformados se identificaron ante Leopoldo como enviados de la Compañía. Uno de ellos extrajo una tablilla electrónica y la encendió. Luego se la entregó a Leopoldo. Leopoldo vio que en la pantalla de cristal líquido figuraban sus datos personales y su código genético. Debajo, dos cuadrados bajo los rótulos: Eutanasia y Vida. Leopoldo ya lo había decidido. Con cierto nerviosismo puso su índice bajo la casilla de Vida y apretó. La tablilla emitió un sonido de error al tiempo que mostraba un número con muchos dígitos. Consideró Leopoldo que debía tratarse de un código de error por no haber puesto el dedo en el centro del recuadro y volvió a presionar su índice sobre la casilla de Vida, esta vez con más cuidado. La tablilla emitió el mismo sonido y mostró la misma cifra. Leopoldo preguntó al hombre que le había dado la tablilla qué significaba esa cifra tan larga. El hombre uniformado le contestó, con voz estudiadamente neutra, que esa cifra representaba el coste que supondría a la Compañía hacerse cargo de él durante los 57 años aproximadamente que le restaban de vida. Leopoldo miró a la cara del hombre y este sonrió imperceptiblemente. Pero fue suficiente. Leopoldo comprendió.

 

Since ther’s no helpe

Come let us kisse and part

(Michael Drayton)


Escribir comentario

Comentarios: 0