Starten

Como prófugo de la justicia escribir un diario resulta atrevido; hacerlo, además, en un submarino, donde no podría quemarlo si la policía fiscal, a modo de hurones entrando en una madriguera ciega, viniera a buscarme, es insensatez. Pero la terapeuta recomendó con insistencia, “le ayudará a cargar con el sentimiento de culpa”, me dijo; ¿culpa? ¿pero qué culpa? ¡asesoraba ministros yo!, era un hombre de éxito, un genuino business man. El capitán del submarino, el portugués, de civil bebía de mi cántaro y no cerraba trato sin consultarme. Pero el pasado quedó atrás.

 

Mi presente es escribir un diario ataviado con este sucio mono de mecánico, oliendo a petróleo y grasa de los dos motores diésel, mil ochocientos caballos cada uno, situados en la popa de un submarino de la flota andorrana. En la sala de máquinas tengo catorce manivelas, veintidós medidores (los llamo relojes, tan iguales se me asemejan todos) y veinticinco pulsadores blancos. Con el aparejo a disposición se supone que controlo las revoluciones de la maquinaria, su temperatura, caudal de combustible, el giro del cigüeñal, la inyección, el estado de los filtros, bomba de agua, ventiladores, el funcionamiento de las válvulas y dos millones de cosas más; pero el libro de instrucciones está en alemán. Y aquí aparecen dos inconvenientes: ni sé de motores ni sé alemán. Hace dos semanas hallé un botón titulado starten que enciende y apaga el ingenio. El submarino ahora se pone en marcha y, en un momento dado, más o menos se detiene.  Ya es mucho.

 

El comandante me ayuda porque borrado de la faz de la tierra bajo toneladas de agua mis secretos (sus secretos) permanecen alejados de la fiscalía. Por eso, el portugués nunca gruñe cuando sus órdenes se ejecutan como si en la sala de máquinas operara un chimpancé ni cuando declino amablemente salir de permiso a la superficie , ante la estupefacción del resto de la tripulación, especialmente del cansino navegante, ese flacucho incapaz de mantener enjaulado el pajarillo que siempre me observa con cara de mosquito incrédulo (sospechando quizá) mientras trepa la escalerilla camino del lupanar como si al puente de mando le hubieran prendido fuego.

 

Lo cierto es que emerger me consume los nervios como las cargas de profundidad a los expectantes y sudorosos submarinistas alemanes de las películas. Me tiemblan las orejas, perladas gotas se apoderan de mi frente y empiezo a recitar en batería mantras  aprendidos de mi terapeuta, a contar sus letras y las de todo lo que oigo o me pasa por la mollera. De la oscuridad de mis labios temblorosos, treinta y cinco, surgen cantos yoguis, diez y nueve, EK ONG KAR, SAT GUR PRASAD, veintiuno, SAT GUR PRASAD, EK ONG KAR, veintiuno, mientras imagino durante la emersión, treinta y dos, rojos por el esfuerzo de no caer de cabeza por la escotilla, cuarenta y ocho, a dos sujetagorras de la policía fiscal, treinta y tres, preguntando por el Oficial Diésel Submarinista Carlitos Michavila, cincuenta y ocho, que soy yo, ocho.


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