Diario de Mila 1: La respuesta

  

Querido diario de a bordo:

 

Antes de nada, quiero pedirte disculpas. Sé que un diario debería escribirse en un cuaderno de tapas acolchadas de color pastel, con un candadito y hojas pautadas, pero cuando me enrolé en el Ramallets 2666 jamás pensé que me daría por escribir así que no vine preparada para esta tarea. He tenido que hacerme con un fajo de servilletas cuadradas porque los rollos de papel higiénico me parecían indignos y, sobre todo, porque están muy cotizados aquí en el submarino. Antes de decantarme por esta opción me he colado en el camarote del comandante porque siempre anda con un montón de hojas amarillentas en las manos y pensé que no notaría la ausencia de un fajo, pero la suerte no ha estado de mi parte ni el estómago del comandante  de la suya: me ha pillado con las manos en la masa (papeleresca) al atravesar a la carrera el compartimento para ir a su retrete privado. Me ha mirado como si fuera un brote de peste y me ha gritado que qué hacía, que si estoy loca, traición, traición, traición, traición y cosas así. Ya te iré contando, pero a mí se me da muy mal lo de hablar con las personas y si me gritan ya ni te cuento, así que he balbuceado algo así como "p-p-papel papel papel papel... es-escribir" y se ha tranquilizado un poco pero luego se ha vuelto a encender y me ha espetado que de papel nada, que a ver dónde va a escribir él sus poesías si me da papel a mí, y que no será tan importante lo que tengo que escribir si no he traído una triste libreta y si, además, qué diantres (te juro que ha dicho "qué diantres") yo tengo mis radios y mis aparatejos y seguro que puedo hacerme un blog o algún invento del demonio similar (te juro que sí, que también ha dicho "invento del demonio similar"). Ha subrayado el discurso con un rugido estomacal y ha entrado en la letrina al mismo tiempo en que yo huía despavorida.

 

Entonces he venido aquí, a mi camarote, y me he pasado un rato intentando dilucidar si lo de similar era el invento o el demonio pero al final he abandonado esa disquisición lingüística en el momento en que me he dado cuenta de que me estaba alejando de mi objetivo: encontrar papel. Como decía, lo de hablar con personas no es lo mío, y después de la traumática experiencia con el portugués no me quedaban muchas ganas para probar suerte con el resto de la tripulación. Así que me he dedicado a hacer una búsqueda exhaustiva por todos los recovecos del submarino y lo que he hallado ha sido la certeza de que no es un ambiente demasiado higiénico. Desanimada, me he acercado a la cocina y he entrado sin hacer ruido. La chef estaba concentrada pelando patatas así que he podido acceder a la despensa, echar una ojeada rápida y salir velozmente con mi botín escondido en el bolsillo del chaleco. Contándote cómo he conseguido las servilletas en las que te escribo he gastado ya tres.

 

El caso es que por fin puedo escribirte y estoy entre sorprendida y contenta de poder hacerlo. Desde los 14 años, no había escrito un solo texto que no fuera una obligación académica porque fue cuando me entró el TOC, o lo desarrollé, o me convertí en, no sé, lo que sea. El caso es que con 14 años me empezó a pasar y escribir se volvió una tortura por lo de mi obsesión con los pares. Pero eso te lo contaré en otra servilleta porque hoy te quiero contar otra cosa.

 

Eran las 8:08 am y yo estaba terminando la limpieza rutinaria de las máquinas de comunicación. Me dijeron el primer día que no funcionaban y me he dado cuenta de que es la pura verdad, pero eso no es motivo para dejar que acumulen gérmenes. Así que, como todos los días, estaba terminando de lustrar los aparatos. Me gusta especialmente pulir la palanquita del morse, que es como de bronce y hasta brilla un poco si le da la luz. Pero me voy. La cosa es que eran las 8:08 am y yo estaba bruñendo los aparatitos cuando he oído el sonido más hermoso que he escuchado jamás. Una mezcla entre canto, lamento, sonrisa y viento. Algo así como chocolate fundido con escamas de sal pero de color azul y en forma de sonido. Como un amanecer y un atardecer a la vez pero mientras se ve el Cinturón de Orión. Todo eso. Y te lo tenía que contar.

 

Me he quedado paralizada en éxtasis muchísimo tiempo pero, al final, he conseguido reaccionar a tiempo para pegarme al ojo de buey y ver la aleta de la ballena mientras se hundía allí donde el azul se vuelve negro. Y, por primera vez desde que estoy en el Ramallets 2666, he sabido por qué estoy en el Ramallets 2666. Y después ha pasado todo eso de lo del papel y el comandante y las servilletas.


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