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Farmacotopia


gabriel piñero fotógrafo rafael ollin cuento farmacotopia
Imagen de Gabriel Piñero

Día 1

 

Despiertas en mitad de la noche con apenas aliento. Durante un instante tus pulmones han dejado de introducir oxígeno y sientes que te ahogas, sudas frío bajo las mantas que pesan como plomo. Sin poder moverte, miras a lo lejos los movimientos sinuosos y brillantes, sensuales a su manera, de una lámpara de lava.

 

Lentamente, tu respiración vuelve a la normalidad, pero al mismo tiempo te invaden oleadas de sensaciones nuevas: la ansiedad sustituye al ahogo, el sudor frío le da paso al deseo químico que a su vez es engullido por una tristeza tan absoluta que absorbe cualquier atisbo de luz. Esa es la forma nativa de la oscuridad, todo el mundo la percibe, habita cada espacio de la existencia individual y colectiva.

 

Puedes detener su avance, lo sabes: en el cajón de la mesilla hay un recipiente metálico y dentro de él unas píldoras azules que te hacen flotar sobre su sombra. Pero no lo haces y dejas correr los segundos que pesan como horas. Estás jugando como cuando de niño te quitaste la kynos, la máscara antigás, y aguantaste la respiración casi hasta el desmayo. Sabías que una bocanada de aire podría ser mortal pero aun así corriste el riesgo y, mirando a tu alrededor con los ojos completamente abiertos, descubriste un mundo real y equívoco a la vez.

 

Son las 5:50 de la mañana, ves brillar los números azules del despertador. Sabes que ya no podrás dormir más por lo que te dispones a mirar el amanecer. Es un evento que te gusta porque nunca es igual, aunque ya adviertes cierta mecánica. Comienza con las luces led aumentando perezosamente de intensidad, poco a poco, notas también que cambian de color, pasando de un ligero azul a un brillante anaranjado que se transforma finalmente en blanco. Al mismo tiempo una pista sonora avanza en paralelo: breves chasquidos, primero nocturnos, después matutinos, se transforman en el grito de decenas de pájaros que parecen asomarse desde cada rincón de la habitación, aleteando por las esquinas y en el lavabo de donde también proviene el sonido sinuoso de un río. Todo aquello dura exactamente 10 minutos y es realmente maravilloso.

 

Son las 8:30 de la mañana y las puertas del tren se abren puntuales. Te colocas frente al cristal de la ventana, no hay apenas sitio. Estás rodeado de cuerpos extraños. Piensas que no podrías distinguir a nadie dado que las máscaras les cubren, te cubren la cabeza por completo y solo hay una pequeña rendija transparente a la altura de los ojos, una pantalla traslúcida sin la cual apenas podrían, podrías orientarte en este mundo tan lleno de espacios en blanco.

 

Comenzaste a fijarte en las luces del túnel hace apenas unos meses, cuando eran solo líneas de colores que rompían con la monotonía del cristal como pájaros de luz. Sin embargo, te obsesionas cada vez más con ellos y empiezas a buscarles un sentido oculto, como si pudieran transmitir un código que descifrara alguna verdad íntima del mundo. No es la primera vez que te ofuscas con hechos de tu vida susceptibles de interpretación, tiendes a hacerlo, pero cuando crees acercarte a su sentido, este desaparece en las arenas movedizas del sentido, borrado por una negrura impenetrable.

 

8:45 am, el tren se detiene y las luces parpadean hasta apagarse. Tus ojos se acostumbran a la oscuridad y comienzas a percibir un ligero brillo azul que sale de las kynos en torno a ti; observas que tiene un ritmo y cadencia, como la respiración de un animal. Los otros siguen inmersos en la realidad que les muestra la máscara pues ella completa el mundo, proyectando mensajes en las paredes de los túneles subterráneos en los que vives. Sin ella solo hay un mundo plano y vacío. Pero tú estás cansado del exceso de estímulos que no hacen sino alejarte de lo tangible y has reducido al máximo las notificaciones de la pantalla, prefieres mirar a los demás, como un voyeur del silencio.

 

No recuerdas dónde has visto esa palabra, aunque sabes que lo has hecho antes, te resulta familiar. Doxepin. Frente a ti resplandece una notificación que no debería estar pues llevas la pantalla en modo silencioso. Sin embargo, allí está, brillando incesante. Te empuja y tu acción antecede al pensamiento, como si tomaras la decisión incluso antes de ser consciente de ello.

 

Tu retina señala el recuadro rojo y en la superficie blanca del vagón comienza a reproducirse un vídeo. Al principio no logras distinguir la imagen, es un plano demasiado corto, pero conforme se aleja reconoces algunas formas: primero, una pierna, después una cadera, varias piernas, posturas poco naturales, cuerpos desnudos, decenas, centenares de cadáveres con los miembros entreverados en un horroroso tejido de luz y carne.

 

No puedes dejar de mirar. En la siguiente escena hay una retroexcavadora que recoge los cuerpos apilados y los coloca en una cinta transportadora que los arrastra a toda velocidad hacia el interior de una fábrica, la cámara vuelve a aproximarse, una montaña de cadáveres, cuerpos apilados, miembros torcidos y finalmente una cara sonriente, casi viva, con los ojos abiertos en un rictus terrible. La imagen se funde a negro y aparece en rojo la frase “Doxepin te esclaviza”.

 

Aquella escena te deja tan horrorizado que sientes el estómago revuelto. Miras a tu alrededor por si alguien más lo ha visto, pero te da la impresión de que solo lo has hecho tú.

 

Tu trabajo es como el de cualquier otro, pasas 12 horas al día sentado frente a un ordenador viendo cruzar filas y filas de números a través de la pantalla. En cuanto distingues una anomalía debes identificarla y marcarla para que alguien más la analice. Tienes un objetivo diario, aunque últimamente tus cifras han disminuido abruptamente y no es por falta de vista, más bien lo contrario, tu visión ha aumentado. Tienes la sensación, cada vez más fuerte, de que no eres capaz de separar la forma, lo particular, del contexto, como si las líneas de código no pudieran ser comprendidas sin aquello que es anomalía, por lo que ésta se convierte en parte natural del código y por lo tanto ya no la ves.

 

Por la noche, lo primero que haces es buscar el término Doxepin. Descubres que es el nombre que en el siglo XX se le daba a un antidepresivo fabricado por Eurofarma, una empresa que había sido absorbida por Pharmacorp, la corporación más grande del planeta. Se trataba de un antidepresivo tricíclico muy usado a principios del siglo pero que, al parecer, aunque no quedaba del todo claro, había sido prohibido por sus efectos secundarios: paranoia y demencia. Es solo una nota entre miles, pero está allí flotando para que la veas. Encuentras, además, aunque de manera indirecta, que a partir de entonces había dejado de usarse el término antidepresivo y comenzado a utilizarse la palabra inhibidor. Ahora los inhibidores eran omnipresentes y su uso no solo era obligatorio hacía tiempo, sino que nadie podía, ni debía, vivir sin ellos. Hacía décadas, se había descubierto la importancia de su consumo y estaba demostrada su eficacia para la mejora de la calidad de vida. La farmacología había avanzado tanto que en la farmacopea ya solo quedaban dos compuestos: los inhibidores y los complementos.

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Imagen de Gabriel Piñero

Día 2

 

8:00 am. Cuando sales de tu habitación te notas particularmente lúcido, todo parece brillar. Tomas el subterráneo justo a las 8:30 y te colocas en el mismo lugar de siempre. Te sientes tan bien que por un momento dejas de pensar en las líneas de colores. Te apetece encender la kynos y leer el periódico que no abres hace tiempo, incluso comienzas a pensar en el trabajo y en que es hora de asumir mayores responsabilidades, aprender nuevas líneas de código para interpretar más anomalías y buscar alguna promoción. Pero mientras te pierdes en estos pensamientos y cuando estás a punto de encender la máscara, algo sucede: las luces del vagón parpadean y el tren pierde energía hasta detenerse.

 

Todo está a oscuras y en silencio. El bienestar que sentías se desvanece y en su lugar aparece una sensación de revelación. La luz vuelve a parpadear y entonces te das cuenta de que detrás del cristal no hay líneas de colores sino una palabra escrita burdamente y apenas legible sobre el muro del túnel. La ves solo un breve instante, pero se te graba como fuego y mientras ves tu reflejo delgado y gris en el cristal, repites lo que acabas de leer como un mantra: “Libertad”.

 

La noche vuelve a ser incómoda, por más que lo intentas no consigues dormir, te tomas dos inhibidores, pero aun así eres incapaz. La habitación se hace cada vez más pequeña y tienes la rara sensación de que tarde o temprano terminará aplastándote. Notas un zumbido que avanza hacia ti y que parece salir de la pared. Te levantas de la cama y te acercas al muro, pegas el oído para intentar entender qué es lo que pasa, pero el ruido no sale de allí: está dentro de tu propia cabeza.

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Imagen de Gabriel Piñero

Día 3

 

8:25, esperas a que el tren llegue al andén, estás somnoliento, te cuesta un enorme trabajo mantener los ojos abiertos. 8:30, el tren sigue sin aparecer y miras en torno a ti para ver si alguien más ha notado el retraso, ves que al otro lado de las vías alguien mueve los brazos para llamar tu atención; tú respondes agitando también los tuyos. No lleva la kynos puesta y te mira con unos ojos negros y brillantes. Despiertas.

 

8:25, esperas la llegada del tren exactamente igual que los demás días. Miras al frente y lo único que ves es el muro del túnel, nada más. La kynos te aprieta demasiado el cuello e intentas aflojarla, es imposible, está fabricada para no dejar pasar ni un miligramo de aire exterior y se adhiere a tu piel con fuerza. Miras al fondo de las vías y a lo lejos ves acercarse un tren a toda velocidad, pero algo más llama tu atención: hay unas escaleras al final del andén y esto te lleva a pensar en las pintadas. Piensas que si las paredes del túnel tienen marcas es porque alguien ha estado allí. Algo así de obvio te había pasado desapercibido. Tu corazón late cada vez más rápido y emerge en tus pensamientos una fantasía que tenías de niño y que te obsesionaba: soñabas con la posibilidad de una realidad distinta a la tuya, fuera de los horarios, los inhibidores y las máscaras, un mundo exterior maravilloso y libre.

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Imagen de Gabriel Piñero

Día 4

 

8:45. En el mismo tramo y a la misma hora, las luces del vagón parpadean. Piensas que no puede ser una casualidad. Igual que antes, después de mirar a los otros, te observas a ti mismo reflejado; recuerdas la primera vez que viste tu imagen con la máscara: aunque llevabas tiempo usándola, jamás se había presentado la ocasión de hacerlo hasta que un día, volviendo a tu habitáculo después de un día de lluvia ácida, te descubriste proyectado en un charco de agua oscura, distorsionado y brillante.

 

Ahora, en el tren, cuando miras frente a ti no te reconoces, sabes que eres tú y, sin embargo, también eres otro, alguien fuera de este tren, de este túnel y de este mundo. Tal es la sensación, que la voz que percibes en la cabeza y que has asimilado como la tuya te parece la de otro.

 

Te ahogas dentro de la kynos. Sin ser consciente del momento en que lo haces pues de nuevo la acción se ha adelantado a la decisión, te quitas la máscara y te miras en el cristal, tienes la impresión de que el rostro reflejado no es el tuyo. A tu lado nadie se da cuenta, todos siguen dentro de sus pantallas, inmutables. Te abalanzas contra las puertas para abrirlas, tiras de la palanca de frenado y las luces vuelven a parpadear. El convoy comienza a frenar, logras meter los dedos entre las hojas de la puerta y empujas, sacas el brazo, el tren se detiene y tú caes.

 

Cuando abres los ojos estás boca arriba y notas en la piel un extraño cosquilleo. Este ligero hormigueo sobre la piel, al que le podrías llamar viento fresco, te impulsa a una sucesión de sensaciones encadenadas: escuchas cientos de voces nocturnas de una diversidad tan grande que es imposible que surjan de altavoces, más bien, piensas, se elevan desde la noche misma; sientes el cuerpo sobre fibras ásperas y húmedas; por la nariz se te mete un aroma con infinidad de matices pero, sobre todo, lo que más te impacta es la asombrosa luminosidad que cae sobre ti desde el cielo. Te incorporas y al respirar los pulmones se te llenan de aire limpio, no lo acompaña su característico olor a hierro debido al filtrado químico.

 

Estás afuera. Separas cada una de las sensaciones: el viento frío, el canto de los grillos, los silbidos de las aves, levantas la cabeza y ves el cielo, cada uno de los puntos brillantes son estrellas y planetas, los has visto mil veces en las películas. Más allá, un grupo de personas hablan en torno a una fogata, mientras sus sombras se agitan al ritmo de la briza como figuras de teatro chino y entonces entiendes que esto no puede ser la realidad, no es posible, el exterior no existe. No debe estar llegando oxígeno suficiente a tu cerebro y estás alucinando, te has salido del tren y ahora te estás muriendo en una fantasía absurda. Alguien te pone la mano en el hombro, pero tú sin esperar a ver quién es, comienzas a correr asustado, escuchas gritos que te llaman. No vuelves la cabeza y sigues adelante hasta que las voces desaparecen apagadas por la distancia. Ahora el viento y la noche y los grillos te parecen una pesadilla. Sientes el sudor deslizarse por tus cara, pero no paras hasta que caes exhausto y sientes que la muerte se apodera de ti.

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Imagen de Gabriel Piñero

Día 5

 

Despiertas en una habitación totalmente blanca, no sabes dónde estás ni qué ha pasado, pero pronto entiendes que es un hospital. La entrada de un médico te lo confirma. Te pregunta cómo estás y tras una breve pausa que no llenas con tu respuesta te dice que has tenido un ataque de histeria en el tren y que has intentado salirte, pero que no debes preocuparte, que es más común de lo que te imaginas, una leve descompensación de los inhibidores que no ha sido corregida por los complementos. En tu habitación han encontrado píldoras rojas acumuladas durante varios meses, aunque ahora ya está todo resuelto, han vuelto a equilibrar las dos sustancias que en este momento corren de forma adecuada por tu sangre. Te darán un par de días de reposo y luego podrás volver al trabajo. Te pide disculpas por el suceso y, sacando de su bata una cajita metálica, te la ofrece como un obsequio del hospital encantado de que seas su cliente, la tomas en la mano, es ligera y lisa salvo en la tapa, donde está grabado el nombre de la empresa propietaria del hospital y su lema en bajorrelieve: “Pharmacorp, al cuidado de tu salud desde el 2125”.

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Imagen de Gabriel Piñero

Pasas los dos siguientes días en tu habitación con la cabeza dentro de la kynos, mirando películas. Te gusta la ciencia ficción, los mundos posibles y las realidades alternativas, aunque también disfrutas con las series históricas, en especial las del siglo XXI, el siglo más oscuro. Te alegras de pertenecer a tu tiempo, no podría ser mejor.

 

La píldora sobre la mesilla de noche es azul, un inhibidor. Cuando estás a punto de metértela en la boca miras algo extraño en ella, te la pones a la altura de los ojos, sujeta entre el índice y el pulgar, y vez escrito, en unas pequeñas letras casi transparentes, la palabra Doxepin. Es lógico, piensas. Te la pones debajo de la lengua y sientes cómo se disuelve. Te acuestas en la cama y miras la lampara de lava que a lo lejos parece invitarte con sus movimientos sensuales a un sueño profundo placentero. Subes las sábanas hasta taparte los ojos. La noche vuelve a ti y el sueño te llena la boca.

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