Galletas para hambrear

Aunque me pese, por fin tengo un momento de tregua y puedo abandonar los fogones. No es que no quiera dejar constancia de mi vida en el Ramallets pero la tripulación tiene la mala costumbre de comer, si hay suerte, todos los días e incluso varias veces. Escribir esta bitácora me ha sido imposible hasta ahora, pero pensándolo bien es buena señal: hoy me dedico a ello porque no puedo cocinar ante la falta de provisiones y en algo debo matar el tiempo. Hemos consumido todo, incluso el pescado en salazón, en lo que no escatima el capitán, y nuestra última reserva son dos paquetes de galletas hipercalóricas que sirven de desayuno, comida, merienda y cena. Una galleta por persona y día es lo que nos queda hasta que llegue la fecha en la que podamos emerger: por la mañana la olemos, por el mediodía la chupamos, por la tarde la mordisqueamos y por la noche nos la comemos para poder conciliar el sueño. Así pasamos la jornada, deseando sucumbir ante un placer tan primario. Suena Chavela, “Yo soy como el chile verde, llorona, picante pero sabroso” y no llego a escuchar el siguiente estribillo.

 

El silencio es lo único que puedo cortar en esta cocina. El fragor de las cacerolas ha dado paso al triste murmullo de los intestinos vacíos y los pesares hondos. Atrás quedaron los reclamos y las apelaciones a mi imaginación culinaria que inauguraron el periodo de austeridad, ya saben que lo máximo que puedo hacer es tostar o hervir la galleta, lo cual no le añade enjundia al plato. Pero no hay mal que por bien no venga. Esto aleccionará a más de un tiquismiquis de paladar remilgado, porque sí, los hay, por mucho que hayan vivido una guerra o hayan renunciado al mar de posibilidades que ofrece la vida terrestre. Sé que acabarán deshaciéndose en halagos ante un humilde puchero, aunque esté aguado, y les parecerá ambrosía cualquier comida de batalla. Seguro que ya no aspirarán a degustar exquisiteces, sino a llenarse el estómago a diario con un plato modesto, de toda la vida, en donde se ahogue la cuchara. Si ya lo decía mi abuelo, “es bueno hambrear”.

 

Están siendo días difíciles para toda la tripulación, lo percibo. La cocina es un lugar de paso para todos y está próximo a las zonas de encuentro; solo hace falta tener oídos para enterarse incluso de lo más sumergido. Mila está descuidando sus aparatejos, según le he oído farfullar al capitán, y se pasa la mayor parte del día persiguiendo la aparición fortuita de alguna ballena. Pasa de vez en cuando por aquí y entra sigilosa en la despensa para robarse unas cuantas servilletas. Finjo que sigo en estado de letargo y la dejo hacer. Total, en estos días de escasez poco hay que limpiar: a nadie se le escaparía el más nimio resto de galleta. Estoy segura de que se está alimentando de celulosa, prefiere eso que romper su escrupulosa rutina de comidas. La conozco. Al artillero también le está afectando este ayuno impuesto: escucha sin cesar una música del diablo y se llena la boca con constantes improperios, más que los de costumbre. El navegante estos días está más sociable, no lo había visto hablar tanto en años. Ambos se están dando a la bebida mientras cuentan batallitas de no sé qué guerras. El whisky barato no alimenta, pero ayuda a pasar el mal trago.

 

Esta bitácora es un despropósito, para qué voy a engañarme. Aquí no sucede nada, en mi vida ya no sucede nada que merezca la pena reseñar. Lo único novedoso, o no, es que ahora que tengo tanto tiempo libre, algo insólito en tantos años a bordo, me estoy cansando de mí misma y necesito distraerme. Donde quiera que mire hay agua y allí todo el pasado se refleja. Hoy quería hablar de mí misma pero no puedo y como siempre he acabado haciendo conjeturas y hablando de los otros. La vida de los otros puede ser clara y cristalina en esta travesía abisal.


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