BALLENAS AZULES

EL CUARTO TORPEDO EN LA CRISIS DEL RÉGIMEN

CATALUÑA Y EL ENCAJE TERRITORIAL



juan rojo ensayo cuarto torpedo crisis régimen
Imagen de Rodrigo Arahuetes

Como bien señala nuestra editorial, alejándonos del ruido mediático, en Torpedo buscamos un momento de reflexión pausada en un mundo de cambios acelerados, en donde lo lento es sinónimo de poco eficiente o improductivo. De este modo, para analizar los acontecimientos recientes en Catalunya, más allá de los detalles y de las pasiones del momento, debemos ponernos en contexto y tomar una perspectiva de largo plazo, tanto espacial como temporal. En este sentido, podemos decir que la crisis territorial que vive en estos momentos el Estado español es una fase más de la crisis del régimen político de la transición, otro torpedo más que amenaza el edificio creado en el 1978. La crisis interna de un Estado que se inserta en una crisis más grande: la de los regímenes políticos occidentales. Así, estamos enfrentándonos a un momento histórico, de gran calado, no coyuntural, insertado en la crisis del orden mundial de posguerra liderado por EE.UU. como potencia hegemónica. No es de extrañar, que en este caos global que vivimos, de crisis de la globalización financiera, la mayor parte de los movimientos rupturistas sean soberanistas y/o cuestionen la globalización.

 

Para entender el problema que existe en el Estado español, hemos de entender qué significa la hegemonía y la legitimidad en política. La hegemonía, en términos gramscianos, es el poder adicional del que goza un bloque dominante para hacer pasar su propio interés particular por el interés universal de la sociedad. En este sentido, trayendo a colación la metáfora de Maquiavelo, el poder es como un centauro: mitad hombre mitad animal. El hombre vendría a definir esa parte del poder que se sustenta en la legitimidad y en el consenso, es decir, el poder dominante es capaz de hacer pasar su visión particular del mundo por la visión universal, estando la mayor parte de la población más o menos de acuerdo con dicho orden de las cosas. La parte animal se refiere al poder duro, esto es, al uso explícito de la violencia. Pues bien, cuando un gobierno precisa aumentar de forma reiterada el uso de la violencia para imponer un orden determinado, este deja de ser hegemónico al perder la legitimidad, lo que implica que, a medio plazo, tendrá serias complicaciones para mantenerse en el poder.

 


Ningún gobierno, por muy autoritario y dictatorial que sea, puede alargar su estancia en el poder sin gozar de consenso y legitimidad, es decir, solamente con el uso del poder duro. Por lo tanto, la legitimidad es el pilar en el que descansa la hegemonía.

 

El régimen político actual de España se construye y legitima en los años de la Transición, como salida a la crisis política, económica y social de los últimos años del franquismo. Los pilares en los que se fundamentaba este régimen y que sirvieron para salir de dicha crisis, a la vez que se construía un relato legitimador, fueron las libertades civiles y políticas con un modelo de monarquía parlamentaria y un sistema de partidos de corte bipartidista, la creación de un débil Estado del bienestar, un nuevo encaje territorial y una promesa de prosperidad y seguridad de las clases medias. Todos estos elementos se configuraron en medio de la incipiente globalización financiera y de la propia integración del Estado español en ella. En consecuencia, el grueso del modelo productivo español, fundamentalmente desde la entrada en la Comunidad Económica Europea, comenzó a ser el mejor ejemplo de lo que significó la globalización financiera en occidente: la pérdida constante del peso de la industria, la apertura comercial, la liberalización financiera y la consecuente entrada masiva de capitales transformados fundamentalmente en burbujas de crédito e inmobiliarias.

 

En esta tesitura, el crecimiento de la economía española se sustentaba en el turismo, la intermediación financiera y, sobre todo, la construcción. Esta última actividad ha sido el núcleo del PIB español, sin el cual no se puede entender prácticamente nada del modelo de las últimas décadas. Como señalan Isidro López y Emmanuel Rodriguez en su obra Fin de ciclo, tomando el concepto de Robert Brenner, la burbuja inmobiliaria actuaba como un keynesianismo de precio de activos”, dado que la capacidad de consumo interno se basaba en la revalorización de los activos inmobiliarios de las familias, siendo a su vez, la demanda interna, la que actuaba de motor del PIB. En consecuencia, la demanda interna funcionaba como la principal variable, todo ello en un contexto en el que los salarios reales permanecían estancados, el paro estructural era elevado y el gasto público se mantenía débil por las directrices del marco europeo. Así, la única posibilidad era la del efecto riqueza”, esto es, un consumo en base al crédito gracias a la revalorización de los activos inmobiliarios, los bajos tipos de interés y la entrada de capital extranjero.

 

Pues bien, desde el año 2008, los consensos y la legitimidad creada en torno al marco de la Constitución del 1978, esto es, un encaje político, social, económico y territorial, que dio una estabilidad política más o menos continuada al país, han empezado a perder fuerza. Con el inicio de la crisis económica, comienza la primera fase, al quebrarse el modelo económico que sostiene el consenso material, engarzado fundamentalmente en la estabilidad y prosperidad de las clases medias. Tres años después, en el 2011, surge el 15M, una respuesta a la crisis social que rompe con el relato legitimador del propio régimen y del sistema de partidos, dando una explicación determinada a los recortes, a la corrupción y a la pérdida de derechos sociales. Tres años después, en enero del 2014, nace Podemos, canalizando el caldo de cultivo que dejó el propio movimiento del 15M, dando comienzo a la crisis del sistema de partidos (bipartidista), así como al cuestionamiento de la monarquía que concluye en la abdicación del rey. Por último, después de lo que parecía un ciclo político cerrado, o al menos eso se teorizaba por parte de muchos analistas, empieza la cuarta fase de la crisis: la fractura territorial.

 

En relación a esta última, más allá de las posiciones ideológicas que se puedan tener en torno al conflicto en sí, cabe tener en cuenta ciertos detalles para entender el calado de esta crisis. Dos puntos. Primero: la violencia utilizada por el gobierno central tiene unas implicaciones profundas, pues indica un problema de gobernanza notable además de una pérdida del poder consensual pues, como hemos señalado, un bloque dirigente que precisa del monopolio de la violencia para imponer la ley evidencia problemas estructurales, lo que a medio plazo acelera dicha falta de legitimidad y, en este caso, el propio problema catalán: la pérdida de legitimidad del Estado español en Cataluña, la desconfianza de las propias instituciones del Estado central y la aceleración del sentimiento independentista. Segundo: la aparición del rey es tremendamente significativa. Por un lado, por la propia presencia, ya que las manifestaciones de la Casa Real son reducidas y muy medidas. Por otro lado, porque el monarca asume el discurso y la estrategia del gobierno central apoyando toda la intervención, arrastrando también al PSOE, al actuar como último representante y garante del poder duro del régimen.

 

Del mismo modo que el 15M generó un apoyo de más de tres cuartas partes de la población, la crisis territorial debe analizarse en esas coordenadas, es decir, un ochenta por ciento de la población catalana está a favor del derecho a decidir, que desborda en gran medida el sentimiento independentista. Así, la lectura en materia de caldo de cultivo social es importante, pues más allá de la dicotomía de nacionalismos español y catalán, se encuentra una población catalana, la mayoritaria, que defiende el derecho a decidir. En este sentido y enlazando con la estrategia del gobierno central, la represión del 1O y la aplicación del artículo 155 supone romper con ese ochenta por ciento de ciudadanos catalanes, algo que difícilmente tiene vuelta atrás, más todavía en una comunidad en la que históricamente el PP nunca ha tenido peso político. En efecto, un gobierno deslegitimado por más de un ochenta por ciento de la población no tiene ninguna posibilidad de cerrar en positivo dicha crisis, al menos en Catalunya. De esta forma, con el procés y sus principales impulsores claramente debilitados y deslegitimados, es difícil entrever cómo se canalizará el descontento en Catalunya a medio plazo.

 

Sin embargo, a corto plazo, la estrategia del gobierno central ha tenido, o tiene, un impacto positivo en el electorado del partido, lo que le permite afianzar a sus votantes exacerbando algo básico en política: el nosotros frente al ellos. Con la intervención mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución, el gobierno ha conseguido aplastar políticamente al Govern, dejando a las principales caras de Junts per Si más que derrotadas, consumando la restauración del bloque de la Transición.  Con todo, desde octubre estamos asistiendo a lo que Jorge Lago llamó “El 15M del PP”, esto es, la reivindicación patriótico-conservadora de la unidad de España en las calles, aunque, de forma más amplia, podríamos llamarlo un 15M de derechas”. En consecuencia, teniendo en cuenta que ese movimiento social patriótico desborda al electorado del PP, podemos estar ante un nuevo caldo de cultivo para el auge de partidos de extrema derecha o, como mínimo, un neto desplazamiento del eje ideológico hacia este lado..

 

En este sentido, en los últimos años se ha hablado mucho de los motivos por los que la extrema derecha no cuajaba en España, a diferencia de Europa, pues se esgrimía que este sector lo canalizaba el PP, o que el 15M consiguió relatar y hegemonizar una visión progresista de la crisis y, por tanto, funcionó de freno al relato y a la canalización reaccionaria. Sin embargo, por primera vez desde que empezó la crisis del régimen de 1978, asistimos a un caldo de cultivo para una salida marcadamente reaccionaria, un sector social que puede ser canalizado por una derecha populista (en el sentido laclauniano del término), esto es, la versión española de Le Pen, AfD, UKIP, Trump, etc. El arma de doble filo de la estrategia del Partido Popular es la posible ruptura de la derecha y la aparición de ese movimiento populista. Así mismo, como todo movimiento tectónico, esto es solo parte del epicentro, pues los efectos políticos y su canalización se dejarán ver a medio plazo.

 

Por último, levantando más el foco del análisis, para entender el interregno español, europeo y mundial, debemos de tener presente que nos encontramos en la mitad de una crisis estructural similar a la de los años treinta. Para su resolución será fundamental ver el avance de la disputa por un nuevo orden hegemónico a nivel mundial y el rumbo que tomen las crisis de los regímenes políticos en Europa, pues, al fin y al cabo, la soberanía del Estado español es mínima dentro del marco europeo. De esta forma, así como en lo que respecta a la crisis económica, el nudo gordiano lo encontramos en las instituciones europeas, concretamente en el Banco Central Europeo, en la Comisión Europea y en el gobierno alemán, hecho que se ignora de forma reiterada en la política española por todo el arco parlamentario. En este sentido, como señala Isidro López en un reciente artículo en El Salto, tanto las intervenciones en Cataluña (la actual y la de septiembre de 2011) como la acontecida más recientemente en el Ayuntamiento de Madrid, ejemplifican mucho mejor el hecho de que más que el 155, todas estas actuaciones son un ejemplo del 135, artículo que subordina y limita, más aún, la soberanía del gobierno español. En definitiva, más allá de la lucha entre ejecutivos español y catalán, la decisión última se encuentra en el gobierno alemán, pues en gran medida la soberanía nacional se subordina a las instituciones europeas con el Tratado de Maastricht, siendo la política catalana y española presa de la Eurozona.

 

Por último, a medio plazo existen altas probabilidades de que estalle una nueva fase de la crisis económica iniciada en el 2008, algo que sin duda implicará un recrudecimiento de la crisis de la Eurozona, lo que a su vez afectará de forma profunda a la economía española, fuertemente endeudada y sustentada por las políticas monetarias del BCE y por los bajos precios del petróleo. Este hecho acentuará las grietas del régimen del 78, tanto en el ámbito territorial como en el económico, político y social. Abróchense los cinturones, pues la crisis política será un recorrido largo.

Incluído en el Torpedo Nº1: Iniciación a la Literatura Submarina.

Febrero de 2018.



TAMBIÉN TE PUEDEN INTERESAR...