Capítulo 1: Los hijos de puta

Eran las siete de la mañana y amanecía a varias decenas de metros de profundidad. Por un momento, en todos los habitáculos del submarino, en mayor o menor medida, se escuchaba la Cabalgata de las Valquirias. Obviamente, esto no significaba que tuviésemos hilo musical en unas instalaciones tan pobres, sino que, de la habitación más lejana del pasillo principal, al fondo del todo, un tocadiscos emitía con un sonido estruendoso el tercer acto de La valquiria. Y sí, precisamente esa era mi habitación y ese era mi tocadiscos. De lejos me pareció ver a Mila, así que le grité:

 

-¡Eh, Mila! Wagner era un auténtico hijo de puta, ¿lo sabías? A mí me da igual. ¿No hay que separar la obra del autor? A mí me da igual. En realidad no separo la obra del autor, no sé qué hacía Wagner y me importa poco su vida de mierda, pero joder, escucha esos violines como te pisotean la cabeza…¡era un hijo de puta! Ciertamente, ni separo ni integro la vida del autor a su obra, me la invento. Me gusta pensar que Wagner era un auténtico cabrón. Entonces ya sabes cómo era Wagner.

 

Sin esperar respuesta, decidí volver a entrar en mi habitación para acabar de vestir la chaqueta del uniforme, que me gustaba repetir un día tras otro, al fin y al cabo no tenía otra distinta. El pequeño habitáculo en el que me tocaba sobrevivir tenía un aspecto caótico, pues estaba repleto de libros amontonados, libretas en las que anotaba estrategias de intervención (en caso de confrontación bélica) y dos uniformes militares colgados en un pequeño armario. Lo único que realmente destacaba a simple vista era una lámina a tamaño real de La tentación de San Antonio de Félicien Rops, que se encontraba justo encima del cabecero de la cama.

 

Como hago siempre, salí de la estancia terminando de abotonar la chaqueta del traje verde y mientras recorría el largo pasillo principal volví a pegar un grito que se escuchó por encima de la música:

-¡Eh, Mila, no te engañes! En realidad Wagner era de los nuestros. Pregúntale a Bakunin. ¡Qué se lo pregunten a Bakunin! ¡Joder, Bakunin está muerto, no se lo preguntes! Ya te lo digo yo: Wagner era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta.


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