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El último lunes del señor Krut


El señor Krut trabajaba en el Departamento de la Felicidad Ciudadana. Por lo general, su rutina era sencilla. Desde hacía trece años, entraba en la oficina a las ocho de la mañana y, lo primero, echaba un ojo al gran monitor principal y comprobaba que todos los pilotitos estaban en verde. Mientras los androides zumbaban a su alrededor comprobando algoritmos, él leía la prensa diaria. A media mañana, tomaba un café mirando por el gran ventanal del Departamento. Después, volvía a comprobar que los pilotitos seguían en verde y dedicaba las últimas horas a avanzar en su novela. A las dos, firmaba el informe, fichaba y volvía a su casa.

 

Krut sabía que era un privilegiado. Desde la tercera revolución robótica, y gracias a la aprobación del Decreto Ley de Preservación Laboral Humana, se había vuelto obligatorio que se contratara a un ser humano para cada entorno de trabajo. Salieron a concurso unos pocos puestos gubernamentales y, tal vez gracias a un momento de absoluta inspiración en el examen, quizás por sus lejanos lazos familiares con un ministro, consiguió aquel puesto vitalicio y, con él, la fortuna de formar parte del 0’04% de población no robótica con un puesto de trabajo.

 

Además, ser supervisor del Departamento de la Felicidad Ciudadana, no solo era un honor. También resultaba cómodo. O, por lo menos, lo había sido durante los trece años previos a aquel lunes en que se encendió el pilotito rojo.

Tres carreras, dos máster, dos doctorados y un premio literario nacional habían preparado al señor Krut para conseguir el puesto, pero no para ejercerlo. Aquella lucecita roja parecía una burla, una tarjeta de expulsión, una prueba clara de su incompetencia. El piloto parpadeaba en silencio, pero el señor Krut lo sentía gritar. No tenía ni idea de qué debía hacer.

Un discreto “bip” de su dispositivo cardíaco le recomendó que tomara una píldora extra para apaciguar su estrés, y así lo hizo. Una vez notó que el corazón recuperaba ritmo de fado, se ajustó la corbata y acercó su silla giratoria hacia el monitor. Pulsó en el bocadillo rojo que parpadeaba en la pantalla y abrió la ficha del ciudadano problemático.

 

“Sujeto no ingiere dosis”, rezaban unas letras rojas encabezando la ficha de una chica de trece años llamada Amaia. En el informe podía verse que la muchacha acababa de pasar, no hacía ni un mes, de prepúber a adolescente y, como era natural, se le había asignado la dosis necesaria para contrarrestar la Disforia Premenstrual que, seguro, iba a desarrollar. Sin embargo, por primera vez en sus trece años de servicio, el señor Krut se enfrentaba a una adolescente que no estaba ingiriendo sus píldoras decretadas.

 

El señor Krut investigó si podía deberse a algún problema familiar. La madre era una regular consumidora del mismo fármaco y, además, ingería reguladores de serotonina sin saltarse ni una dosis. Parecía una buena mujer. Por su parte, el padre mantenía a raya las posibles bajadas de litio. El señor Krut navegó por el historial familiar: todos ellos cumplían religiosamente con la ingesta obligatoria desde la Regulación Estatal de la Felicidad Cotidiana. Una familia exenta de suicidas, un expediente sin mácula.

 

Las pesquisas realizadas calmaron un poco al señor Krut. Era una jovenzuela, venía de una familia dócil, nada resultaba alarmante. Tal vez se tratara de un error del dispositivo cardíaco: de todos es sabido que es muy difícil acertar con la dosis de una persona con las hormonas en eclosión. Además, la familia de Amaia era post-obrera. Al haber sido borrados del mundo laboral, se dedicaban a pulir, engrasar y reciclar piezas y a cambiarlas por alojamiento e hidrato-proteínas a las afueras de uno de los conglomerados fuertes de la ciudad. Los post-obreros no saben mucho de leyes ni de salud ni de felicidad ciudadana.

 

El señor Krut se ajustó la corbata, se enfundó la chaqueta, se prendió del pecho por primera vez su placa de Supervisor del Departamento de la Felicidad Ciudadana y tomó un taxi hacia el suburbio en el que aquella muchacha se había desviado del camino de la lógica y el bienestar. Al llegar a la barriada 44 del distrito Amazapple-Berg, no le llevó demasiado tiempo encontrar el apartamento de Amaia. Llamó al timbre y le abrió una adolescente gordita con un pijama bastante raído.

 

- Soy el señor Krut, supervisor del Departamento de la Felicidad Ciudadana.

- Hola, señor Krut.

- ¿Es usted Amaia?

- Sí.

- Hemos recibido una notificación. Parece que no está ingiriendo las píldoras que el Estado le ha prescrito.

- Ah, ya. No.

- No sé si es consciente de la gravedad de este asunto. Está obligada por ley a ingerir esas píldoras. Es un asunto de seguridad nacional pero, sobre todo, personal. De seguridad de… de usted.

- ¿Quiere pasar, señor Krut?

 

El señor Krut, preocupado por no haber recibido por respuesta un “Perdón, es un error, perdón”, decidió pasar. Llevaba demasiado tiempo sin estar de pie y la espalda le estaba matando. Sin embargo, en cuanto cruzó ese umbral se olvidó completamente del dolor de riñones.

 

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Imagen de Gabriel Piñero

Las paredes y el techo de la exigua vivienda parecían enormes. Estaban completamente cubiertos de frescos. Una capilla sixtina robótica y marina, en la que un androide alargaba el brazo para tocar el tentáculo de un pulpo indolente, donde ballenas aladas convivían con tanques y personas de mirada apagada. Paredes cubiertas de pequeños dibujos entrelazados, un mundo entero de rostros que se asemejaban al que aparecía diariamente en el espejo del propio señor Krut. La belleza cruda de aquellos murales agarró el corazón del señor Krut, que ignoró el “bip” de su dispositivo cardíaco porque necesitaba sentir durante un rato más que su alma era un ratón y aquella pared un laberinto.

 

Miró a Amaia, esa cría tan anodina, y de repente se fijó en las motitas de pintura que constelaban su pijama y sus manos regordetas.

 

- Esas pastillas me dejan el cerebro espeso, señor Krut. No me hacen más feliz. Me impiden pintar.

 

 

Entonces, el señor Krut se acordó de su novela, siempre atascada en el capítulo tres. El señor Krut entendió algo sin saber muy bien qué era lo que estaba entendiendo. Y, en ese preciso instante, a pocos kilómetros de allí, un segundo pilotito rojo se encendió en la pantalla del Departamento de la Felicidad Ciudadana.


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