Entrada 4. Como un pájaro herido

75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

 

No sé de dónde había salido, pero un día, como un pájaro herido, apareció junto a el capitán. A ninguno nos sorprendió demasiado, a fin de cuentas, así habíamos llegado todos, animales rotos, al submarino. Cruzó casi en volandas el pasillo central de la nave, flotando, sujeta con delicadeza por los fuertes brazos del oficial, en silencio, con la mirada perdida y desorientada. Pasó las primeras semanas recluida en el cuarto de los trastos junto a mi camarote, la escuchaba removerse entre cubetas y escobas, hablando en voz baja. Hasta que un día finalmente salió, lo hizo poco a poco, dando paseos titubeantes cada vez más lejos de su refugio. Se la veía deambular por los pasillos, siempre conversando hacia adentro, de ojo de buey en ojo de buey como siguiendo el recorrido de algún animal que nadara en la oscuridad azulada de afuera. Vestía ropas de marinero que le había dejado el capitán, demasiado grandes para su figura menuda. Las mangas de la chaqueta le colgaban amplias tapándole las manos y haciendo parecer sus brazos alas agitadas por imperceptibles corrientes. La sutileza de ese vuelo contrastaba con el casco de piel que no se quitaba nunca y que seguramente habría sacado del cuartito donde dormía. Antiguo material de guerra abandonado.

 

Me gustaba el silencio que no causaba, pero también su mutismo activo: la soledad que arrastraba siempre tras de sí. Podía pasar las horas pegada al cristal de la sala de mandos, mirando la profundidad azul del mar, pero también era posible verla limpiando con fruición algún instrumento del submarino hasta que quedaba tan brillante que reflejaba como espejo nuestras caras deformes. Me hacía sonreír. En ocasiones me detenía en algún aparato recién pulido para ver a mi rostro adquirir formas absurdas. Era como si su atención necesitara fijarse en algo y no se soltase hasta que el flujo de pensamiento que la había conducido hasta allí encontrara una salida. Tenía la impresión de que su mar interior era casi tan inmenso como aquel que nos rodeaba. A veces me daba por pensar en las hermosas o terribles criaturas que lo debían habitar.


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