Amasar el pasado

Aunque estos días en blanco podría dedicarlos a descansar, he evitado estar en mi camarote. Allí me asfixio y siento que estoy a punto de volverme loca, como en aquella celda en la que pasé 2739 días, siete años y medio para acabar pronto. Como entonces, intento distraerme diseccionando el habitáculo en partes infinitamente pequeñas para observar mi emparedado mundo con una minuciosidad que puede parecer absurda, pero que en mi previsible vida multiplica exponencialmente las posibilidades de encontrar alguna remota sorpresa. Si el remate de la costura de la esquina superior izquierda del colchón se deshilacha sutilmente soy capaz de identificarlo y obnubilarme. Voy buscando la paja en el ojo ajeno hasta que me vence el sueño.

 

Estoy acostumbrada a la inmediatez, al frenesí y al bullicio de las cocinas. Allí el trabajo jamás termina. Siempre hay un cuchillo que afilar, un sofrito que se puede ir adelantando, algún alimento caducado o a punto de echarse a perder que se rescata en un plato de urgencia. Las manos trabajan sin tregua y la cabeza no puede perder el compás y salirse a la vida. Eso para mí es descanso, señores.

 

No quiero pensar. Todo lo que hago se basa en eso. Llevo años evitándolo. Voy a la despensa. Elijo entre lo que hay. Pico, pocho, guiso, huelo, pruebo. Está listo. Lo ofrezco. Comemos. En quince minutos todo ha terminado y puedo retomar el proceso. Trabajar en el comedor penitenciario me ayudó a cumplir mi condena, aunque hoy la sigo pagando. Yo les podría hablar tanto de la guerra… Pero me callo, nadie escarmienta en cabeza ajena. Algunas noches escucho hablar a Emil Farad y al artillero: improvisan estrategias de guerra y brindan anticipando triunfos que creen seguros. Ilusos, quiero decirles dando un golpe en la mesa ¿Aún no saben que aquí solo se embarcan perdedores? Carlitos y Mila son los que ponen el toque de cordura. Sí, así es, no se sorprendan. Loco no es quien ha perdido la razón, sino quien lo ha perdido todo menos la razón.

 

Ya estoy pensando. No quiero pensar. Quién me manda a escribir. Me lo tengo prohibido. El capitán me ha anunciado que unos días abandonamos mar. Pronto dejaré de amasar el pasado.


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