Bitácora completa del Ramallets 2666

1.       Mila. La respuesta

 

Querido diario de a bordo:

Antes de nada, quiero pedirte disculpas. Sé que un diario debería escribirse en un cuaderno de tapas acolchadas de color pastel, con un candadito y hojas pautadas, pero cuando me enrolé en el Ramallets 2666 jamás pensé que me daría por escribir así que no vine preparada para esta tarea. He tenido que hacerme con un fajo de servilletas cuadradas porque los rollos de papel higiénico me parecían indignos y, sobre todo, porque están muy cotizados aquí en el submarino. Antes de decantarme por esta opción me he colado en el camarote del comandante porque siempre anda con un montón de hojas amarillentas en las manos y pensé que no notaría la ausencia de un fajo, pero la suerte no ha estado de mi parte ni el estómago del comandante de la suya: me ha pillado con las manos en la masa (papeleresca) al atravesar a la carrera el compartimento para ir a su retrete privado. Me ha mirado como si fuera un brote de peste y me ha gritado que qué hacía, que si estoy loca, traición, traición, traición, traición y cosas así. Ya te iré contando, pero a mí se me da muy mal lo de hablar con las personas y si me gritan ya ni te cuento, así que he balbuceado algo así como "p-p-papel papel papel papel... es-escribir" y se ha tranquilizado un poco pero luego se ha vuelto a encender y me ha espetado que de papel nada, que a ver dónde va a escribir él sus poesías si me da papel a mí, y que no será tan importante lo que tengo que escribir si no he traído una triste libreta y si, además, qué diantres (te juro que ha dicho "qué diantres") yo tengo mis radios y mis aparatejos y seguro que puedo hacerme un blog o algún invento del demonio similar (te juro que sí, que también ha dicho "invento del demonio similar"). Ha subrayado el discurso con un rugido estomacal y ha entrado en la letrina al mismo tiempo en que yo huía despavorida.

Entonces he venido aquí, a mi camarote, y me he pasado un rato intentando dilucidar si lo de similar era el invento o el demonio pero al final he abandonado esa disquisición lingüística en el momento en que me he dado cuenta de que me estaba alejando de mi objetivo: encontrar papel. Como decía, lo de hablar con personas no es lo mío, y después de la traumática experiencia con el portugués no me quedaban muchas ganas para probar suerte con el resto de la tripulación. Así que me he dedicado a hacer una búsqueda exhaustiva por todos los recovecos del submarino y lo que he hallado ha sido la certeza de que no es un ambiente demasiado higiénico. Desanimada, me he acercado a la cocina y he entrado sin hacer ruido. La chef estaba concentrada pelando patatas así que he podido acceder a la despensa, echar una ojeada rápida y salir velozmente con mi botín escondido en el bolsillo del chaleco. Contándote cómo he conseguido las servilletas en las que te escribo he gastado ya tres.

El caso es que por fin puedo escribirte y estoy entre sorprendida y contenta de poder hacerlo. Desde los 14 años, no había escrito un solo texto que no fuera una obligación académica porque fue cuando me entró el TOC, o lo desarrollé, o me convertí en, no sé, lo que sea. El caso es que con 14 años me empezó a pasar y escribir se volvió una tortura por lo de mi obsesión con los pares. Pero eso te lo contaré en otra servilleta porque hoy te quiero contar otra cosa.

Eran las 8:08 am y yo estaba terminando la limpieza rutinaria de las máquinas de comunicación. Me dijeron el primer día que no funcionaban y me he dado cuenta de que es la pura verdad, pero eso no es motivo para dejar que acumulen gérmenes. Así que, como todos los días, estaba terminando de lustrar los aparatos. Me gusta especialmente pulir la palanquita del morse, que es como de bronce y hasta brilla un poco si le da la luz. Pero me voy. La cosa es que eran las 8:08 am y yo estaba bruñendo los aparatitos cuando he oído el sonido más hermoso que he escuchado jamás. Una mezcla entre canto, lamento, sonrisa y viento. Algo así como chocolate fundido con escamas de sal pero de color azul y en forma de sonido. Como un amanecer y un atardecer a la vez pero mientras se ve el Cinturón de Orión. Todo eso. Y te lo tenía que contar.

Me he quedado paralizada en éxtasis muchísimo tiempo pero, al final, he conseguido reaccionar a tiempo para pegarme al ojo de buey y ver la aleta de la ballena mientras se hundía allí donde el azul se vuelve negro. Y, por primera vez desde que estoy en el Ramallets 2666, he sabido por qué estoy en el Ramallets 2666. Y después ha pasado todo eso de lo del papel y el comandante y las servilletas.

 

 

2.      Emil Farhad. Placer culpable

 

23 de diciembre estando a 75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

 Embarqué en el Ramallets 2666 hoy hace una semana, después de dos días de reposo prescrito por el capitán, que de vez en cuando nos obliga a descender o ascender, según se mire, para que no olvidemos la fragilidad de la tierra y nos regocijemos con los placeres que dentro del submarino tenemos prohibidos. Yo, sin embargo, no logro disfrutar como mis compañeros de esas alegres pausas, pues mi débil constitución y mi exacerbada sensibilidad me hacen pasar los días en tierra desorientado, con náuseas y descompuesto, como un marinero de agua dulce bajo las enormes tormentas de Cabo de Hornos. Debo caminar pegado a los muros de las casas para no terminar rodando por el suelo, de modo que prefiero pasar los días encerrado en el cuartucho destartalado y oscuro al que llaman “suite”, en la posada de mala muerte en donde tenemos la desventura de alojarnos. Aunque yo no debería quejarme demasiado, pues la madame del lugar, y la llamo así porque cualquier otra definición no haría verdadero honor a su trabajo, me ayuda en todo lo que puede para mitigar, o cuanto menos hacerme olvidar, las dolencias que en tierra me invaden. Tengo un pequeño placer culpable pero es tan oneroso que no puedo describirlo aquí. ¿No corro demasiados riesgos simplemente con mencionarlo?

 A pesar de las licencias de la vida terrestre, lo cierto es que sentí un enorme alivio al volver al submarino. En cuanto puse un pie sobre la brida de mi querido leviatán, el mundo dejó de agitarme y mis sentimientos, otrora desbocados, recuperaron la calma fluyendo como un riachuelo que desciende sin sobresaltos hacia el mar. Mi primera tarea como navegante fue fijar el rumbo junto al capitán que no tardó en reclamarme en el puesto de mando. Las órdenes fueron claras: debía trazar una ruta, la más próxima posible a tierra, hasta el punto por él indicado. En esta época la enorme banquisa que hay en invierno desaparece permitiendo una proximidad única al continente, algo que por alguna razón emocionaba al capitán. Apenas he tenido tiempo de separarme del periscopio para delinear el recorrido día a día. Hasta hoy no he podido sentarme a actualizar esta bitácora. Escribo estas palabras, por fin, en el mar de Weddell.

 

 

3.       Artillero. Los hijos de puta

 

Eran las siete de la mañana y amanecía a varias decenas de metros de profundidad. Por un momento, en todos los habitáculos del submarino, en mayor o menor medida, se escuchaba la Cabalgata de las Valquirias. Obviamente, esto no significaba que tuviésemos hilo musical en unas instalaciones tan pobres, sino que, de la habitación más lejana del pasillo principal, al fondo del todo, un tocadiscos emitía con un sonido estruendoso el tercer acto de La valquiria. Y sí, precisamente esa era mi habitación y ese era mi tocadiscos. De lejos me pareció ver a Mila, así que le grité:

-¡Eh, Mila! Wagner era un auténtico hijo de puta, ¿lo sabías? A mí me da igual. ¿No hay que separar la obra del autor? A mí me da igual. En realidad no separo la obra del autor, no sé qué hacía Wagner y me importa poco su vida de mierda, pero joder, escucha esos violines como te pisotean la cabeza…¡era un hijo de puta! Ciertamente, ni separo ni integro la vida del autor a su obra, me la invento. Me gusta pensar que Wagner era un auténtico cabrón. Entonces ya sabes cómo era Wagner.

Sin esperar respuesta, decidí volver a entrar en mi habitación para acabar de vestir la chaqueta del uniforme, que me gustaba repetir un día tras otro, al fin y al cabo no tenía otra distinta. El pequeño habitáculo en el que me tocaba sobrevivir tenía un aspecto caótico, pues estaba repleto de libros amontonados, libretas en las que anotaba estrategias de intervención (en caso de confrontación bélica) y dos uniformes militares colgados en un pequeño armario. Lo único que realmente destacaba a simple vista era una lámina a tamaño real de La tentación de San Antonio de Félicien Rops, que se encontraba justo encima del cabecero de la cama.

Como hago siempre, salí de la estancia terminando de abotonar la chaqueta del traje verde y mientras recorría el largo pasillo principal volví a pegar un grito que se escuchó por encima de la música:

-¡Eh, Mila, no te engañes! En realidad Wagner era de los nuestros. Pregúntale a Bakunin. ¡Qué se lo pregunten a Bakunin! ¡Joder, Bakunin está muerto, no se lo preguntes! Ya te lo digo yo: Wagner era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta.

 

 

4.       Mila. Emerger

 

Querido diario de a bordo:

Perdona que lleve tantos días sin escribirte, pero es que me quedé sin servilletas. Pero ahora puedo contarte por qué me quedé sin servilletas así que, en realidad, la espera no ha estado tan mal. Además, eres yo y yo no estoy enfadada, así que no sé por qué sigo pidiéndote perdón. Pero bueno.

El caso es que hace una semana, como todas las mañanas, cogí mi neceser a las 6:03 para poder lavarme los dientes a las 6:06, que es mi hora de lavabo. Al salir de mi camarote, oí una música como de cortar cuellos de osos polares, pero yo tenía que ir en dirección contraria así que no interrumpí mi camino. Pero entonces el artillero salió de golpe del final del pasillo y gritó mi nombre y me quedé petrificada. El artillero suele estar siempre un poco enfadado o, bueno, muy enfadado, y eso está bien porque si hay una guerra no es práctico atender a razones pero está mal porque a mí la gente enfadada me asusta un poco. El caso es que estaba enfadado con Wagner. O a lo mejor no, pero no me enteré muy bien porque me estaba hablando alto y cuando me hablan alto me cuesta un poco concentrarme por aquello de estar ocupada en no salir corriendo. Sé que me contó varias cosas y que luego dio un portazo y que yo me quedé ahí con el neceser en la mano sin saber muy bien qué hacer porque eran ya las 6:09 y una tiene sus principios y ya no podía lavarme los dientes, así que me encerré otra vez en mi camarote para esperar a las 7:07, que es una hora digna en la que hacer abluciones.

Me puse a dar vueltas por mi habitáculo y de repente pensé en que tenía que contestar al artillero y que debía plantear bien mi respuesta. Saqué las servilletas y me puse a escribir. Y estuve tan ocupada que no me pude lavar los dientes hasta las 21:12, momento en que ya tenía mi discurso pasado a limpio en una servilletita limpia y el neceser nuevamente en las manos.

Todo esto vino del día de la ballena. La ballena del otro día me hizo pensar. Sentí una calidez dentro tan grande y tan densa que me di cuenta de que, sí, el mundo de ahí fuera no se me da nada bien pero que, al fin y al cabo, este no es el mundo de ahí fuera. Que siempre he funcionado un poco al revés y que tal vez estar sumergida podría ayudarme a emerger. En eso me hizo pensar la ballena. Y por eso gasté mis servilletas intentando escribir un discurso que me ayudara a poder hablar con alguien que me había llamado por mi nombre.

Pasé una semana con la servilleta en el bolsillo del chaleco porque, cada vez que intentaba salir ahí fuera y leerla se me enredaba una especie de cuerda debajo de los pulmones y tenía que hacer mis ejercicios de respiración. Pero después de seis días y seis horas, pensé otra vez en la ballena y me llené de valor, me puse mi casco y me dirigí a la sala común, donde estaban el artillero y el navegante, Emil, que me cae bien porque tiene un nombre par. Tosí y me miraron. Saqué la servilleta, tomé aire y leí:

“Hola”.

Entonces salí corriendo y me volví a encerrar en mi camarote, me desplomé sobre el colchoncillo y sonreí pletórica y radiante de orgullo ante mi hazaña.

Y ha sido por eso por lo que hoy he aprovechado que la chef dormitaba para robar más servilletas y por lo que me he puesto a escribirte. Porque quería contártelo. Tenía que decirte que lo estoy haciendo bien.

 

 

5.       Artillero. Los gilipollas

 

Nadie se puede imaginar lo que significa vivir debajo del agua. Es cierto que uno se acaba acostumbrando, pero la sensación de estar atrapado en una cárcel sin ventanas te ronda continuamente la cabeza. En cierto sentido es como la guerra. La puta guerra. Yo he estado en varias, sé de lo que hablo.

Ayer, después de un largo día de planificación en el que estudié con detenimiento De la guerra, fui a sentarme a la sala común. Si la comparas con una sala de una casa, era una mierda, pero para nosotros era un lujo. Teníamos tocadiscos, sillas cómodas y whisky barato, ¿qué más se puede pedir?

Poco después de sentarme y poner a girar el primer álbum de Black Sabbath en el tocadiscos, escuché que la puerta de la habitación de Emil se abría. Emil no suele hablar mucho, aunque parece inteligente y de fiar, además sabe lo que es la guerra. Por eso, cuando vi que salía de su habitación, por ese pasillo tan estrecho, le grité para que se acercase a la sala común.

- ¡Emil, sírvete uno de estos! –le dije después de acabar la copa de whisky de un trago largo- ¡Venga! ¡Yo me pondré otro! ¡Sin hielo! En la guerra no teníamos hielo, pero sí whisky y mucha mierda que soportar, así que aprendí a beber sin hielo. Incluso sin vaso –continué-.

- ¿Sabes Emil? tener compañeros inteligentes es fundamental. En la guerra he tenido al lado todo tipo de gente y, joder, le tienes cierto aprecio a todo el mundo, hasta a los gilipollas. Eso sí, los gilipollas suelen morir antes, así que no te daba tiempo a cogerles cariño. Los peores eran los que creían en algo, sobre todo los que eran deterministas. Los deterministas son gilipollas.

Serví las dos copas sin hielo y le di una a Emil (él sabía lo que era la guerra), coloqué la aguja al principio del vinilo, agarré mi copa y me hundí en la silla para continuar con la conversación:

-En la guerra conocí a un gilipollas. Digo a un determinista. El muy capullo creía en el destino. Un brujo le había dicho que moriría de cáncer con setenta años, algo que creía firmemente, por eso no tenía miedo a la muerte. Murió de ocho balazos en el pecho.

What is this that stands before me?

Figure in black which points at me

Turn 'round quick and start to run

Find out I'm the chosen one

Oh, no!

 

 

6.      Chef. Galletas para hambrear

 

Aunque me pese, por fin tengo un momento de tregua y puedo abandonar los fogones. No es que no quiera dejar constancia de mi vida en el Ramallets pero la tripulación tiene la mala costumbre de comer, si hay suerte, todos los días e incluso varias veces. Escribir esta bitácora me ha sido imposible hasta ahora, pero pensándolo bien es buena señal: hoy me dedico a ello porque no puedo cocinar ante la falta de provisiones y en algo debo matar el tiempo. Hemos consumido todo, incluso el pescado en salazón, en lo que no escatima el capitán, y nuestra última reserva son dos paquetes de galletas hipercalóricas que sirven de desayuno, comida, merienda y cena. Una galleta por persona y día es lo que nos queda hasta que llegue la fecha en la que podamos emerger: por la mañana la olemos, por el mediodía la chupamos, por la tarde la mordisqueamos y por la noche nos la comemos para poder conciliar el sueño. Así pasamos la jornada, deseando sucumbir ante un placer tan primario. Suena Chavela, “Yo soy como el chile verde, llorona, picante pero sabroso” y no llego a escuchar el siguiente estribillo.

El silencio es lo único que puedo cortar en esta cocina. El fragor de las cacerolas ha dado paso al triste murmullo de los intestinos vacíos y los pesares hondos. Atrás quedaron los reclamos y las apelaciones a mi imaginación culinaria que inauguraron el periodo de austeridad, ya saben que lo máximo que puedo hacer es tostar o hervir la galleta, lo cual no le añade enjundia al plato. Pero no hay mal que por bien no venga. Esto aleccionará a más de un tiquismiquis de paladar remilgado, porque sí, los hay, por mucho que hayan vivido una guerra o hayan renunciado al mar de posibilidades que ofrece la vida terrestre. Sé que acabarán deshaciéndose en halagos ante un humilde puchero, aunque esté aguado, y les parecerá ambrosía cualquier comida de batalla. Seguro que ya no aspirarán a degustar exquisiteces, sino a llenarse el estómago a diario con un plato modesto, de toda la vida, en donde se ahogue la cuchara. Si ya lo decía mi abuelo, “es bueno hambrear”.

Están siendo días difíciles para toda la tripulación, lo percibo. La cocina es un lugar de paso para todos y está próximo a las zonas de encuentro; solo hace falta tener oídos para enterarse incluso de lo más sumergido. Mila está descuidando sus aparatejos, según le he oído farfullar al capitán, y se pasa la mayor parte del día persiguiendo la aparición fortuita de alguna ballena. Pasa de vez en cuando por aquí y entra sigilosa en la despensa para robarse unas cuantas servilletas. Finjo que sigo en estado de letargo y la dejo hacer. Total, en estos días de escasez poco hay que limpiar: a nadie se le escaparía el más nimio resto de galleta. Estoy segura de que se está alimentando de celulosa, prefiere eso que romper su escrupulosa rutina de comidas. La conozco. Al artillero también le está afectando este ayuno impuesto: escucha sin cesar una música del diablo y se llena la boca con constantes improperios, más que los de costumbre. El navegante estos días está más sociable, no lo había visto hablar tanto en años. Ambos se están dando a la bebida mientras cuentan batallitas de no sé qué guerras. El whisky barato no alimenta, pero ayuda a pasar el mal trago.

Esta bitácora es un despropósito, para qué voy a engañarme. Aquí no sucede nada, en mi vida ya no sucede nada que merezca la pena reseñar. Lo único novedoso, o no, es que ahora que tengo tanto tiempo libre, algo insólito en tantos años a bordo, me estoy cansando de mí misma y necesito distraerme. Donde quiera que mire hay agua y allí todo el pasado se refleja. Hoy quería hablar de mí misma pero no puedo y como siempre he acabado haciendo conjeturas y hablando de los otros. La vida de los otros puede ser clara y cristalina en esta travesía abisal.

 

 

7.       Emil Farhad. Un año más

 

24 de diciembre: 75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

Una vez en el punto indicado por el capitán, se mandó al personal de máquinas que apagara la caldera. No nos moveremos más durante algunos días, tenemos que esperar órdenes del almirantazgo. Mientras la caldera se enfría y el ruido del motor disminuye, le doy cuerda al gramófono y cuando siento que ya está del todo tensa bajo la aguja. Hay pocos momentos en los que disfrute tanto: me siento frente al atril donde yace la carta náutica y escribo sobre esta bitácora. El día lo amerita.

Hoy cumplo un año más a bordo del Ramallets aunque tengo la impresión de que nunca he estado en otra parte, mis recuerdos antes de sumergirme junto a este enorme animal acuático parecen parte de un sueño: caminos que se pierden en la lejanía, ríos de memoria que desdibujan continentes, días difusos que se extienden a lo largo de no sé cuántos años, un origen que ya casi me resulta desconocido.

Entré de ayudante de cocina. Mi experiencia como marinero era nula, así que me entrené pelando patatas metido entre los torpedos, en donde también dormía. Mi tiempo libre lo pasaba leyendo libros que el capitán me dejaba escondidos entre los tubérculos, todos eran sobre el océano, un juego extraño viniendo de un lobo de mar como él que no se permitía apenas ninguna familiaridad con la tripulación. Sin embargo, cuanto más leía más cerca me estaba, más me parecía conocerlo, lo encontraba reflejado en los duros personajes de los libros. Tenía la impresión de que me quería decir algo y yo ponía toda mi atención en escucharlo.

Durante esos primeros años no necesitábamos apenas palabras, cada libro, cada historia nos aproximaron más, supongo que a toda la tripulación le pasó un poco lo mismo, no necesitábamos que nos hablara de sus entrañas para sentirlo como un verdadero capitán, un ser por el que primero por responsabilidad pero luego por amor darías tu vida. Él nos había escogido entre los desechos del mundo y nos otorgaba un propósito. Así que un día simplemente dejé de pelar patatas y comencé a estudiar los manuales de navegación que poseía nuestro Nautilus. El capitán se había propuesto convertirme en el navegante.

25 de diciembre: misma posición, continuamos con los motores apagados.

Ayer cuando escribía la bitácora comencé a escuchar un ruido infernal que provenía de la sala común, parecía que de repente todos los objetos del submarino se hubieran puesto a chasquear, tintinear y crujir mientras una voz grave pero bastante armoniosa se alzaba en una particular oración.

Levanté la aguja del gramófono, guardé el cuaderno y salí al estrecho pasillo. En cuanto el artillero me vio asomar la cabeza me llamó. Yo no era de hablar mucho con nadie pero me sentía con ánimo de festejar el aniversario de mi llegada al Ramallets y si podía hacer eso con alguien, ese era el artillero. Estaba sentado en una silla puesta al revés, en una mano un vaso lleno de lo que me pareció whiskey y en la otra un puro encendido. Camisa abierta por el pecho, mangas arremangadas hasta el hombro, pantalones de marinero y una actitud que era a partes iguales desafiante y amistosa. Daba siempre la impresión de estar dispuesto a entablar algún tipo de combate.

El ruido infernal que me había hecho salir del camarote surgía de un aparato moderno colocado en el suelo junto a él, una caja negra de música. Black Sabbath, me dijo al ver que fruncía el ceño por lo que supuse era alguna especie de música religiosa. Pensé entonces en los himnos elegiacos de la ortodoxia griega, en los cantos bizantinos y en la música oriental judía, por lo que asentí con el gesto serio, como señal de respeto ante los sentimientos religiosos que no sabía que él tuviera.

Cuando me senté frente a él, sacó un vaso del mueble que tenía detrás, lo puso junto al suyo y llenándolo hasta el borde me lo ofreció. Poco más hay que contar pues la noche transcurrió entre vaso y vaso y recuerdos, sobre todo recuerdos suyos de no sé qué guerra.

 

 

8.       Oficial diésel. Starten

 

Como prófugo de la justicia escribir un diario resulta atrevido; hacerlo, además, en un submarino, donde no podría quemarlo si la policía fiscal, a modo de hurones entrando en una madriguera ciega, viniera a buscarme, es insensatez. Pero la terapeuta recomendó con insistencia, “le ayudará a cargar con el sentimiento de culpa”, me dijo; ¿culpa? ¿pero qué culpa? ¡asesoraba ministros yo!, era un hombre de éxito, un genuino business man. El capitán del submarino, el portugués, de civil bebía de mi cántaro y no cerraba trato sin consultarme. Pero el pasado quedó atrás.

Mi presente es escribir un diario ataviado con este sucio mono de mecánico, oliendo a petróleo y grasa de los dos motores diésel, mil ochocientos caballos cada uno, situados en la popa de un submarino de la flota andorrana. En la sala de máquinas tengo catorce manivelas, veintidós medidores (los llamo relojes, tan iguales se me asemejan todos) y veinticinco pulsadores blancos. Con el aparejo a disposición se supone que controlo las revoluciones de la maquinaria, su temperatura, caudal de combustible, el giro del cigüeñal, la inyección, el estado de los filtros, bomba de agua, ventiladores, el funcionamiento de las válvulas y dos millones de cosas más; pero el libro de instrucciones está en alemán. Y aquí aparecen dos inconvenientes: ni sé de motores ni sé alemán. Hace dos semanas hallé un botón titulado starten que enciende y apaga el ingenio. El submarino ahora se pone en marcha y, en un momento dado, más o menos se detiene.  Ya es mucho.

El comandante me ayuda porque borrado de la faz de la tierra bajo toneladas de agua mis secretos (sus secretos) permanecen alejados de la fiscalía. Por eso, el portugués nunca gruñe cuando sus órdenes se ejecutan como si en la sala de máquinas operara un chimpancé ni cuando declino amablemente salir de permiso a la superficie , ante la estupefacción del resto de la tripulación, especialmente del cansino navegante, ese flacucho incapaz de mantener enjaulado el pajarillo que siempre me observa con cara de mosquito incrédulo (sospechando quizá) mientras trepa la escalerilla camino del lupanar como si al puente de mando le hubieran prendido fuego.

Lo cierto es que emerger me consume los nervios como las cargas de profundidad a los expectantes y sudorosos submarinistas alemanes de las películas. Me tiemblan las orejas, perladas gotas se apoderan de mi frente y empiezo a recitar en batería mantras aprendidos de mi terapeuta, a contar sus letras y las de todo lo que oigo o me pasa por la mollera. De la oscuridad de mis labios temblorosos, treinta y cinco, surgen cantos yoguis, diez y nueve, EK ONG KARSAT GUR PRASAD, veintiuno, SAT GUR PRASADEK ONG KAR, veintiuno, mientras imagino durante la emersión, treinta y dos, rojos por el esfuerzo de no caer de cabeza por la escotilla, cuarenta y ocho, a dos sujetagorras de la policía fiscal, treinta y tres, preguntando por el Oficial Diésel Submarinista Carlitos Michavila, cincuenta y ocho, que soy yo, ocho.

 

 

9.       Mila. La celebración

 

Querido diario de a bordo:

Me duele tanto la cabeza que tengo que escribirte con la frente apoyada en el cristal de mi ojo de buey. Ayer, me sentía tan animada por mi éxito a la hora de establecer lazos con la tripulación que decidí salir a dar una vuelta por el submarino tras haber oído a Emil y al artillero retirarse a sus camarotes. Era fácil oírlos porque iban dando golpes contra las paredes del pasillo mientras cantaban a pleno pulmón, y con algo de lágrima en la voz, una canción de Nino Bravo.

Fui a la sala común y vi sobre la mesa una botella vacía, otra con un poco de whiskey, un vaso intacto y otro hecho añicos. Con mucho cuidado, recogí los pedazos de vidrio con una servilleta y los llevé al cubo de basura de las cocinas, intentando no despertar a la chef con mis pasos. Esta vez me la encontré dormida con la cabeza apoyada en el fregadero. Por algún motivo, parece siempre muy cansada.

La chef es mi amiga. El primer día que soltó un cucharón del rancho sobre mi plato, conté que me había echado exactamente 44 guisantes y, desde ese momento, decidí que sería su amiga para siempre. Además, un día me pilló intentando reconstruir mi galleta porque las cuatro partes en las que yo la había partido no eran simétricas y, desde entonces, me la da cortada en cuatro trozos perfectos. Suspira mucho mientras la divide y pone esa cara que me ponía mi madre, pero el hecho es que me la da partida y perfecta.

El caso es que yo sabía que beber whiskey es una manera muy común de celebrar porque he visto películas y he leído muchos libros y, qué demonios, yo tenía mucho que celebrar. Así que cogí mi taza metálica del escurreplatos, volví a la sala común y la llené de aquel líquido maloliente.

Lo probé y deduje que lo de beber cosas horribles debe de ser como una especie de rito iniciático, tan cruel como caminar sobre brasas pero menos permanente. Me acabé la taza y no me sentí más celebrativa, solo con el esófago en llamas. Me tomé otra taza por si lo que había fallado era la dosis.

Como no notaba nada aparte de mucho calor y ganas de tararear un poco la canción de Nino Bravo, me levanté para ir a mi camarote pero, en cuanto me puse de pie, el submarino empezó a tambalearse con tal intensidad que se me cayó la taza al suelo. Hizo un ruido tan espantoso que me asusté y me metí debajo de la mesa. En el mismo momento, el artillero salió de su habitación al fondo del pasillo, gritó “¡A las armas!”, se desplomó sobre el suelo y siguió durmiendo.

Me quedé mucho rato debajo de la mesa intentando averiguar qué hacer. El submarino no dejaba de moverse en círculos y de lado a lado y me estaban entrando muchas ganas de vomitar. Pero eso no podía ser porque yo no vomito nunca y porque una buena amiga no desperdiciaría así los cuatro trozos perfectos en que la chef había partido la galleta.

Entonces me di cuenta de quién era el culpable de que el submarino no se estuviera quieto e ideé un plan. Saqué una servilleta del bolsillo. En un lado ponía “hola”, así que le di la vuelta y escribí una nota en el reverso:

“SÉ QUE HAS SIDO TÚ”.

Me levanté, me di un golpe con la mesa que me dejó inconsciente, me desperté, gateé de debajo de la mesa y me dirigí a popa, al cuarto de motores. Detrás de un tanque cilíndrico, encontré al señor Carlitos durmiendo abrazado a un enorme tomo en alemán. Remetí la servilleta entre la portada y las páginas para que la viera al despertar y supiera de mi indignación y, satisfecha, subí a la planta de descanso para intentar dormir un poco a pesar del bamboleo.

Cuando volví a mi camarote, vi que el artillero seguía durmiendo tirado en el pasillo. Se le veía cómodo: alguien lo había tapado con su mantita del ejército.

Y ahora me he despertado y mi cabeza late fuerte y siento la galleta en la garganta y no es muy agradable pero es nuevo, así que te lo quería contar.

 

 

10.   Oficial diésel. Ojos rojos de conejo

 

Lo veo venir. No es que tenga buena vista, eso, al fin y al cabo, aquí abajo, no sirve de mucho; un submarino es una covacha atravesada por un pasillo larguísimo por el que uno no puede caminar sin tropezar con latas de conservas, extintores, ristras de plátanos, barandillas, tuberías, tableros de mando, literas, sacos llenos de provisiones, torpedos, manivelas… No se trata de ver más o menos, es que lo presiento, adivino su llegada antes de que se produzca y empiezo a contar letras.

Y segundos después, por la discoidal portezuela de la sala de máquinas, hace su aparición el Navegante, no falla, ahí está, mesándose los rizos estupendos, con su piel cobriza y el eterno bigotillo de sudor amorochado a su labio de arriba.

Y pienso: “Ya llegó”. “Siete”. “El que sabe algo”. “Trece”.

El navegante deposita su cansada mirada, sus penetrantes ojos rojos de conejo sobre mi humilde persona, sobre el pobre Carlitos Michavila, y los mantiene ahí, sospechando. Normalmente este martirio dura poco, el tiempo que tarda, sujetándose el uniforme almidonado como si fueran a robárselo, como si el aceite hidráulico que salpica por todas partes fuera veneno (en realidad sí lo es), en cruzar mi sucio tramo de pasillo, como última etapa de un peligroso laberinto.  

Pero esta mañana, algo inusual, se detuvo a hablar conmigo.

- A mí no me agrada salir del submarino, diría que el otro día pensaste que me gusta. No me gusta. ¿Te ha quedado claro?

- Sí, respondí. - “Dos”, pensé después.

- Salir al exterior es una obligación, para mí el afuera es la NADA.

- Entiendo, respondí. - “Ocho”.

- Solo quería que lo supieras.

- De acuerdo. - “Nueve”.

Todo esto lo dijimos gritando. Un Avante Toda había convertido mi espacio en zona de guerra y el vaivén de los cigüeñales, bielas y pistones de los motores gemelos en un transbordador espacial en pleno despegue.

Al quedarme solo me recosté en mi taburete de oficial Diésel a mirar unas cuantas fotografías del libro de instrucciones del submarino. En una de las hojas descansaba la servilleta. La había leído y releído un millar de veces y cada vez estaba más claro que ese papanatas iba a entregarme a la policía fiscal. En el anverso había escrito un inocente HOLA.

Pero el problema era el reverso:

“SÉ QUE HAS SIDO TÚ”

Al mal rollo mi terapeuta lo llamaba mal karma.

 

 

11.   Artillero. Chúpate esa, Stalin

 

El despertador sonaba a lo lejos, debían de ser las 6:00 AM. Cuando abrí los ojos me encontraba en medio del pasillo tapado con una manta. Me dolía la cabeza, como cada mañana. Puta resaca. No tendremos comida, pero sí whisky y aspirinas. Algo es algo. En la guerra la única pastilla que vi  era la de anfetamina. Después de tomarla tampoco me dolía la cabeza.

Sin esperar a que la torpeza mental se disipase, me dirigí a la sala de reuniones. En algo más de una hora, casi toda la tripulación estaría al tanto de los planes exactos de las dos próximas semanas. Se acerca un mes crucial para el futuro de Andorra. El Ramallets es clave. Necesitamos reponer fuerzas para encarar la primera prueba de lanzamiento.

Os contaré un secreto, un secreto de Estado. Un puto secreto de Estado. Supongo que no estaréis acostumbrados a escucharlos. Pues ahí va: la armada andorrana ha desarrollado una actualización del VA-111 Shkval. ¡EL JODIDO SHKVAL!

Sí, sé que parece raro, pues todo el mundo sabe que el diseño del Shkval es uno de los mayores  misterios rusos, pero nosotros lo tenemos. Los jodidos planos del diseño en nuestras manos. ¿Que cómo los conseguimos? Pues bien, hace cinco años Masha Ivanovich volvió a su país para infiltrarse en el servicio de inteligencia militar ruso. Masha es la mejor espía andorrana y  bisnieta de Nikolái Ivánovich Bujarin. Sí, del puto Bujarin. Su abuelo era un hijo bastardo que acabó huyendo a Andorra. A Masha la conocí cuando se casó con una buena amiga mía: Meritxell. Menuda boda. Pero no nos andemos por las ramas: como venganza por el asesinato de su bisabuelo, Masha decidió colaborar en este plan de contrainteligencia que desarrollamos durante años de viajes secretos a Rusia.

Todavía no había nadie en la sala de reuniones, así que me fui al salón. Oler la galleta y darle un par de tragos a la botella me ayudarían a pasar la resaca. Me asomé a la puerta de la sala y empecé a palidecer. El sudor frío empezó a brotar de mi frente. No podía ser.  No quedaba whisky, alguien se lo había bebido. Comentaré con el Capitán el tema de las anfetas, las necesitaremos para el puto dolor de cabeza.

No podemos fallar. La estrategia de Masha no fallará. Chúpate esa, Stalin.

 

 

12.   Emil Farhad. Brújula interior

 

75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

Carlitos.

Carlitos.

Carlitos Michavila. Su nombre resonaba incesante en mi cabeza acompasado por el ritmo ancestral del propio submarino. Y digo ancestral porque me parecía la voz misma del mar, a veces suave, clandestina como el tacto de una mantarraya rozando la barriga metálica de nuestra nave, y otras, furiosa como un leviatán a punto de hacernos pedazos.

No era el nombre en sí, sino la concordancia que establecía con la persona. No había forma de encajar ambos entes y mi brújula interior, la que me hacía reverberar en la cabeza su nombre, casi nunca se equivocaba. Carlitos Michavila no era quién decía ser.

Desde que se unió a la tripulación, no ha habido un día que de su boca salieran palabras honestas. De la mañana a la noche parece querer tomarme el pelo. Su boca torcida y sonriente contrasta, de la misma forma que lo hacen su nombre y su ser, con unos ojos plegados bajo unas espesas cejas oscuras que me miran secos, violentos. Me da la impresión de que está a punto de saltar sobre mí para ahorcarme con las manos sucias de aceite de motor y fuertes como sogas de velamen.

–Aunque no lo quiero hacer, Carlitos Michavila –pienso mientras aprieto la pequeña navaja que llevo siempre dentro del bolsillo de la chaqueta–, un movimiento en falso y te atravieso el corazón

A pesar de la seguridad y suficiencia que aparenta, creo que no entiende nada de nada. El otro día, cuando me observaba subir por la escotilla, su rostro parecía darme a entender que comprendía mi ansiedad al salir del submarino. Pero se equivoca y confunde su vulgar y banal misterio con el mío profundo y terrible.

No quiero que piense que tenemos algo en común, por lo que esta mañana he ido a verlo. Lo encontré en la sala de máquinas recostado sobre un banco de madera que él mismo llama “mi trono”:

–¡Michavila! –le dije gritando, pues no quería acercarme demasiado y el ruido del motor no me permitía otra cosa.

–No salgo del submarino por placer sino por pura obligación. El mundo se ha acabado –Carlitos hizo gesto de no entender de qué demonios le hablaba, así que continué.

–Es imposible recuperarlo, ya no hay sueños allí para nosotros, para nuestra alma, apenas algo que alimente las necesidades de nuestro cuerpo molesto e imperfecto. Estamos atrapados en este submarino que navega por un mar frío e infinito. Allí afuera ya no hay nada.

No le expliqué mucho más pues no soy dado a mostrarle a la gente lo que tiene que descubrir por sí misma. Aun así, no quería ni debía permitirle tomar la dirección equivocada, a fin de cuentas, ese es mi trabajo.

 

 

13.   Artillero. Reunidos ante la sangre y la muerte

 

Era la hora. Llevaba un rato en la sala de reuniones, caminando en paralelo a esa larga y estrecha mesa en la que la tripulación se reunía de vez en cuando para discutir las claves de nuestro devenir. Hoy era uno de esos días.

Pasados dos minutos de las 7AM, prácticamente toda la tripulación estaba sentada alrededor de aquella mesa. Entraron Emil Farad, Mila, la Chef y, por último, entró Carlitos Michavila, que después de cerrar la puerta dio toda la vuelta para no ocupar la silla vacía junto a Emil. La tensión se podía palpar en el ambiente.

El debate giraba en torno a qué hacer si la prueba del VA-111 Shkval salía bien. Porque sí resultaba exitosa, nos encontraríamos con un arma potentísima, nuestra capacidad militar crecería exponencialmente. Algunos, lo más coléricos y apasionados, abogaban por enfrentarse a Francia. Quizás sea producto de tener una tripulación tan joven.

Con ayuda de las tropas andorranas terrestres podríamos enfrentarnos cara a cara con el ejército francés, no cabe duda, pero… ¿y el desgaste? Después de casi media hora en silencio, escuchando atentamente las palabras del resto de compañeros, la sangre me hervía cada vez más, era como escuchar in crecendo “Angel of death” de Slayer. Cuando el estribillo de la canción sonó en el interior de mi cabeza, golpeé la mesa y me impuse entre los murmullos.

-¡Compañeros! –Un silencio repentino invadió la sala- Es posible que el hambre os nuble la vista. Incluso cabe la posibilidad de que el nuevo torpedo os haga sentir amos del mundo. Pero esto no es el puto Risk. Yo he estado en la guerra. En varias guerras. He ganado y perdido. Pero siempre ha habido sufrimiento. Y ojo, me da igual que lloréis por las noches después de la guerra o que os despertéis pensando en un brazo que ya no tenéis por una granada que os explotó en la mano. Aquí hablo de algo puramente estratégico: después de ganar a Francia no tendremos fuerza para seguir. España nos doblegará en dos segundos.

El Shkval debía ser la guinda del pastel armamentístico que veníamos desarrollando en los últimos años. Solo nos faltaría una salida al mar para comenzar nuestro proyecto mundial. El ejército andorrano es joven, pasional y pretende llegar rápido a su meta pero es obvio que carece de experiencia.

-Entonces, ¿qué demonios propones? –se escuchó entre los presentes-.

-¡Eso! No tenemos opción, nos invadirán –dijo otro miembro de la tripulación.

Ahora en mi mente sonó la introducción de “Raining Blood”

-Tengo un plan. Ganaremos sin combatir.

 

14. Chef. Amasar el pasado

 

Aunque estos días en blanco podría dedicarlos a descansar, he evitado estar en mi camarote. Allí me asfixio y siento que estoy a punto de volverme loca, como en aquella celda en la que pasé 2739 días, siete años y medio para acabar pronto. Como entonces, intento distraerme diseccionando el habitáculo en partes infinitamente pequeñas para observar mi emparedado mundo con una minuciosidad que puede parecer absurda, pero que en mi previsible vida multiplica exponencialmente las posibilidades de encontrar alguna remota sorpresa. Si el remate de la costura de la esquina superior izquierda del colchón se deshilacha sutilmente soy capaz de identificarlo y obnubilarme. Voy buscando la paja en el ojo ajeno hasta que me vence el sueño.

Estoy acostumbrada a la inmediatez, al frenesí y al bullicio de las cocinas. Allí el trabajo jamás termina. Siempre hay un cuchillo que afilar, un sofrito que se puede ir adelantando, algún alimento caducado o a punto de echarse a perder que se rescata en un plato de urgencia. Las manos trabajan sin tregua y la cabeza no puede perder el compás y salirse a la vida. Eso para mí es descanso, señores.

No quiero pensar. Todo lo que hago se basa en eso. Llevo años evitándolo. Voy a la despensa. Elijo entre lo que hay. Pico, pocho, guiso, huelo, pruebo. Está listo. Lo ofrezco. Comemos. En quince minutos todo ha terminado y puedo retomar el proceso. Trabajar en el comedor penitenciario me ayudó a cumplir mi condena, aunque hoy la sigo pagando. Yo les podría hablar tanto de la guerra… Pero me callo, nadie escarmienta en cabeza ajena. Algunas noches escucho hablar a Emil Farad y al artillero: improvisan estrategias de guerra y brindan anticipando triunfos que creen seguros. Ilusos, quiero decirles dando un golpe en la mesa ¿Aún no saben que aquí solo se embarcan perdedores? Carlitos y Mila son los que ponen el toque de cordura. Sí, así es, no se sorprendan. Loco no es quien ha perdido la razón, sino quien lo ha perdido todo menos la razón.

Ya estoy pensando. No quiero pensar. Quién me manda a escribir. Me lo tengo prohibido. El capitán me ha anunciado que unos días abandonamos mar. Pronto dejaré de amasar el pasado.

 

14. Emil Farhad. Como un pájaro herido.

 

75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

No sé de dónde había salido, pero un día, como un pájaro herido, apareció junto a el capitán. A ninguno nos sorprendió demasiado, a fin de cuentas, así habíamos llegado todos, animales rotos, al submarino. Cruzó casi en volandas el pasillo central de la nave, flotando, sujeta con delicadeza por los fuertes brazos del oficial, en silencio, con la mirada perdida y desorientada. Pasó las primeras semanas recluida en el cuarto de los trastos junto a mi camarote, la escuchaba removerse entre cubetas y escobas, hablando en voz baja. Hasta que un día finalmente salió, lo hizo poco a poco, dando paseos titubeantes cada vez más lejos de su refugio. Se la veía deambular por los pasillos, siempre conversando hacia adentro, de ojo de buey en ojo de buey como siguiendo el recorrido de algún animal que nadara en la oscuridad azulada de afuera. Vestía ropas de marinero que le había dejado el capitán, demasiado grandes para su figura menuda. Las mangas de la chaqueta le colgaban amplias tapándole las manos y haciendo parecer sus brazos alas agitadas por imperceptibles corrientes. La sutileza de ese vuelo contrastaba con el casco de piel que no se quitaba nunca y que seguramente habría sacado del cuartito donde dormía. Antiguo material de guerra abandonado.

Me gustaba el silencio que no causaba, pero también su mutismo activo: la soledad que arrastraba siempre tras de sí. Podía pasar las horas pegada al cristal de la sala de mandos, mirando la profundidad azul del mar, pero también era posible verla limpiando con fruición algún instrumento del submarino hasta que quedaba tan brillante que reflejaba como espejo nuestras caras deformes. Me hacía sonreír. En ocasiones me detenía en algún aparato recién pulido para ver a mi rostro adquirir formas absurdas. Era como si su atención necesitara fijarse en algo y no se soltase hasta que el flujo de pensamiento que la había conducido hasta allí encontrara una salida. Tenía la impresión de que su mar interior era casi tan inmenso como aquel que nos rodeaba. A veces me daba por pensar en las hermosas o terribles criaturas que lo debían habitar.


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