Bitácora 3. Brújula interior

75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

 

Carlitos,

 

Carlitos,

 

Carlitos Michavila. Su nombre resonaba incesante en mi cabeza acompasado por el ritmo ancestral del propio submarino. Y digo ancestral porque me parecía la voz misma del mar, a veces suave, clandestina como el tacto de una mantarraya rozando la barriga metálica de nuestra nave, y otras, furiosa como un leviatán a punto de hacernos pedazos.

 

No era el nombre en sí, sino la concordancia que establecía con la persona. No había forma de encajar ambos entes y mi brújula interior, la que me hacia reverberar en la cabeza su nombre, casi nunca se equivocaba. Carlitos Michavila no era quién decía ser.

 

Desde que se unió a la tripulación, no ha habido un día que de su boca salieran palabras honestas. De la mañana a la noche parece querer tomarme el pelo. Su boca torcida y sonriente contrasta, de la misma forma que lo hacen su nombre y su ser, con unos ojos plegados bajo unas espesas cejas oscuras que me miran secos, violentos. Me da la impresión de que está a punto de saltar sobre mí para ahorcarme con las manos sucias de aceite de motor y fuertes como sogas de velamen.

 

–Aunque no lo quiero hacer, Carlitos Michavila –pienso mientras aprieto la pequeña navaja que llevo siempre dentro del bolsillo de la chaqueta–, un movimiento en falso y te atravieso el corazón

 

A pesar de la seguridad y suficiencia que aparenta, creo que no entiende nada de nada. El otro día, cuando me observaba subir por la escotilla, su rostro parecía darme a entender que comprendía mi ansiedad al salir del submarino. Pero se equivoca y confunde su vulgar y banal misterio con el mío profundo y terrible.

 

No quiero que piense que tenemos algo en común, por lo que esta mañana he ido a verlo. Lo encontré en la sala de máquinas recostado sobre un banco de madera que él mismo llama “mi trono”:

 

–¡Michavila! –le dije gritando, pues no quería acercarme demasiado y el ruido del motor no me permitía otra cosa.

 

–No salgo del submarino por placer sino por pura obligación. El mundo se ha acabado –Carlitos hizo gesto de no entender de qué demonios le hablaba, así que continué.

 

–Es imposible recuperarlo, ya no hay sueños allí para nosotros, para nuestra alma, apenas algo que alimente las necesidades de nuestro cuerpo molesto e imperfecto. Estamos atrapados en este submarino que navega por un mar frío e infinito. Allí afuera ya no hay nada.

  

No le expliqué mucho más pues no soy dado a mostrarle a la gente lo que tiene que descubrir por sí misma. Aun así, no quería ni debía permitirle tomar la dirección equivocada, a fin de cuentas, ese es mi trabajo.

 

 


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