Ojos rojos de conejo

Lo veo venir. No es que tenga buena vista, eso, al fin y al cabo, aquí abajo, no sirve de mucho; un submarino es una covacha atravesada por un pasillo larguísimo por el que uno no puede caminar sin tropezar con latas de conservas, extintores, ristras de plátanos, barandillas, tuberías, tableros de mando, literas, sacos llenos de provisiones, torpedos, manivelas… No se trata de ver más o menos, es que lo presiento, adivino su llegada antes de que se produzca y empiezo a contar letras.

 

Y segundos después, por la discoidal portezuela de la sala de máquinas, hace su aparición el Navegante, no falla, ahí está, mesándose los rizos estupendos, con su piel cobriza y el eterno bigotillo de sudor amorochado a su labio de arriba.

 

Y pienso: “Ya llegó”. “Siete”. “El que sabe algo”. “Trece”.

 

El navegante deposita su cansada mirada, sus penetrantes ojos rojos de conejo sobre mi humilde persona, sobre el pobre Carlitos Michavila, y los mantiene ahí, sospechando. Normalmente este martirio dura poco, el tiempo que tarda, sujetándose el uniforme almidonado como si fueran a robárselo, como si el aceite hidráulico que salpica por todas partes fuera veneno (en realidad sí lo es), en cruzar mi sucio tramo de pasillo, como última etapa de un peligroso laberinto.  

 

Pero esta mañana, algo inusual, se detuvo a hablar conmigo.

 

- A mí no me agrada salir del submarino, diría que el otro día pensaste que me gusta. No me gusta. ¿Te ha quedado claro?

- Sí, respondí. - “Dos”, pensé después.

- Salir al exterior es una obligación, para mí el afuera es la NADA.

- Entiendo, respondí. - “Ocho”.

- Solo quería que lo supieras.

- De acuerdo. - “Nueve”.

 

Todo esto lo dijimos gritando. Un Avante Toda había convertido mi espacio en zona de guerra y el vaivén de los cigüeñales, bielas y pistones de los motores gemelos en un transbordador espacial en pleno despegue.

Al quedarme solo me recosté en mi taburete de oficial Diésel a mirar unas cuantas fotografías del libro de instrucciones del submarino. En una de las hojas descansaba la servilleta. La había leído y releído un millar de veces y cada vez estaba más claro que ese papanatas iba a entregarme a la policía fiscal. En el anverso había escrito un inocente HOLA.

 

Pero el problema era el reverso:

 

“SÉ QUE HAS SIDO TÚ”

 

Al mal rollo mi terapeuta lo llamaba mal karma.

 


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