Entrada 1. Placer culpable

23 de diciembre estando a 75°08′00″ latitud sur, 45°07′00″ longitud oeste.

 

Embarqué en el Ramallets 2666 hoy hace una semana, después de dos días de reposo prescrito por el capitán, que de vez en cuando nos obliga a descender o ascender, según se mire, para que no olvidemos la fragilidad de la tierra y nos regocijemos con los placeres que dentro del submarino tenemos prohibidos. Yo, sin embargo, no logro disfrutar como mis compañeros de esas alegres pausas, pues mi débil constitución y mi exacerbada sensibilidad me hacen pasar los días en tierra desorientado, con náuseas y descompuesto, como un marinero de agua dulce bajo las enormes tormentas de Cabo de Hornos. Debo caminar pegado a los muros de las casas para no terminar rodando por el suelo, de modo que prefiero pasar los días encerrado en el cuartucho destartalado y oscuro al que llaman “suite”, en la posada de mala muerte en donde tenemos la desventura de alojarnos. Aunque yo no debería quejarme demasiado, pues la madame del lugar, y la llamo así porque cualquier otra definición no haría verdadero honor a su trabajo, me ayuda en todo lo que puede para mitigar, o cuanto menos hacerme olvidar, las dolencias que en tierra me invaden. Tengo un pequeño placer culpable pero es tan oneroso que no puedo describirlo aquí. ¿No corro demasiados riesgos simplemente con mencionarlo?

 

A pesar de las licencias de la vida terrestre, lo cierto es que sentí un enorme alivio al volver al submarino. En cuanto puse un pie sobre la brida de mi querido leviatán, el mundo dejó de agitarme y mis sentimientos, otrora desbocados, recuperaron la calma fluyendo como un riachuelo que desciende sin sobresaltos hacia el mar. Mi primera tarea como navegante fue fijar el rumbo junto al capitán que no tardó en reclamarme en el puesto de mando. Las órdenes fueron claras: debía trazar una ruta, la más próxima posible a tierra, hasta el punto por él indicado. En esta época la enorme banquisa que hay en invierno desaparece permitiendo una proximidad única al continente, algo que por alguna razón emocionaba al capitán. Apenas he tenido tiempo de separarme del periscopio para delinear el recorrido día a día. Hasta hoy no he podido sentarme a actualizar esta bitácora. Escribo estas palabras, por fin, en el mar de Weddell.


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