· 

El realizador



realizador cuento torpedo mariano re
Imagen de Rodrigo Arahuetes

Debo a un ensayo literario y a los torpedos haber vuelto a Buenos Aires después de varios años de ausencia. La idea fue de mi novia quien, probablemente temiendo por mi salud y por la de nuestra relación, se puso en contacto con la doctora Musetti, mi antigua terapeuta, para concertar una cita.

 

Diría que todo empezó hace unos dos años cuando se publicó por primera vez el ensayo de Bernardo Hernández titulado: Disertaciones en torno a la simbología fálica de los torpedos”. Apareció entre las páginas cuatro y seis de una revista literaria de la que soy un orgulloso suscriptor. Mi indignación fue total.

 

La cuestión es que pocas semanas antes, en un número especial de la revista dedicado exclusivamente a la literatura y el mar, se habían publicado unos deliciosos artículos sobre los submarinos en la literatura, y decidí escribir una carta al editor comentando con entusiasmo aquellos artículos. Contaba allí mi afición por los submarinos y los torpedos y, además, aportaba algunos de mis extensos conocimientos sobre la materia. Decía también, en el texto, que, desde que en mi adolescencia trabajé en una tienda de maquetas y modelismo, me aficioné – al borde de la obsesión – a los submarinos y los torpedos. Sabía muchas cosas interesante sobre el tema y creí que aquella era una buena oportunidad para compartirlas. Debo decir, con cierto orgullo, que mi escrito se publicó en el número siguiente en la sección de cartas del lector.

 

Hubiese sido esa una agradable anécdota si no fuese porque una semana después, en el siguiente número de la revista, se publicaba el ya mencionado grosero artículo del señor Hernández sobre los torpedos. Al leerlo, no sólo me sentí personalmente agredido, ya que no podía soportar que se redujera un objeto tan hermoso a un simple símbolo sexual, sino que además, en una segunda lectura, noté que en ciertas frases el autor parecía haber copiado o al menos tomado algo del estilo de mi carta de la semana pasada.


Decidí, ante tan desagradable contratiempo, escribir otra misiva a la revista, no tanto para refutar la teoría del señor Bernardo Hernández, sino más bien para expresar mi indignación contra el autor y su penoso artículo. Debo reconocer que había en mis palabras un tono bastante desagradable y algunos insultos que no deseo reproducir aquí. Y fue quizás por esto por lo que no recibí ninguna respuesta ni, por supuesto, fue publicado mi texto en la sección de cartas al lector.

 

Está claro que si todo hubiese terminado allí, no estaría yo ahora aquí en Buenos Aires, asistiendo a estas sesiones con mi psicoanalista y lejos de mi novia. Pero no fue así.

 

Porque resultó que el señor Hernández, en el siguiente número de la revista y a la semana siguiente de mi carta indignada, publicó otro artículo abominable que se titulaba Maquetas, modelismo y otros hobbies infantiles”. No puedo decir que en el texto se hablase directamente de mí, pero puedo asegurar que encontré ahí evidentes ataques a algunas de las cosas que yo había escrito en mi carta anterior (la que no se había publicado).

 

A ese ensayo, por supuesto, le siguió otra respuesta indignada de mi parte, que tampoco vio la luz, y en la que me explayaba a gusto hablando de la poca habilidad del señor Bernardo Hernández para escribir textos sobre temas de los que nada sabía. Dejando de lado los insultos, se podría decir que en mi carta le daba yo clases a ese señor sobre cómo el modelismo y las maquetas eran aficiones de gusto refinado y perfectamente adecuadas para hombres adultos.

 

Sería injusto decir que no recibí ninguna respuesta a mi carta porque, a pesar de que ésta no fue publicada en la revista, sí es verdad que a ella le siguió, a la semana siguiente, otro texto de Bernardo Hernández que podía leerse (al menos yo podía) como una contestación a mis argumentos. Y no sólo eso. Porque es que además empecé a darme cuenta de que el señor Hernández tomaba los temas de mis cartas indignadas y varios argumentos que en ellas aparecían y los hacía suyos. Y al no haber yo publicado ninguna otra después de aquella primera carta, me di cuenta de que esos temas parecían ahora de su propia autoría y yo no tenía cómo demostrar el ultraje.

 

Llegado a este punto, mi indignación –que ya no iba sólo dirigida al señor Hernández sino también a la revista, que encubría su fechoría– se transformó en un ataque de nervios producto de la impotencia. Mi novia, claro está, al verme tan alterado, me recomendó en un principio dejar de escribir aquellas cartas. De ese modo, decía ella, ese señor no tendría otra oportunidad de robarme más ideas. El problema era que yo (ahora, después de varias sesiones de terapia, puedo decirlo con tranquilidad y certeza) encontraba cierta satisfacción en aquel intercambio de ideas, en aquella lucha de intelectos. Me gustaba ver que de algún modo mis ideas se publicaban en la revista. Aunque me molestaba muchísimo que no las publicaran con mi nombre o que no publicaran al menos mis cartas para probar que las ideas eran mías.

 

No pude, como quería mi novia, dejar de escribir aquellas cartas. La doctora me dijo que era por algo relacionado con el goce que yo experimentaba al ver mis ideas, mis reflexiones, publicadas por el señor Hernández. Pero ese puede ser un buen modo de darle la vuelta a todo esto”, me dijo la doctora Musetti en una de nuestras sesiones. Piense que hay alguien ahí afuera que está realizando lo que usted no puede realizar, alguien que publica por usted”.

 

Fue así como surgió por primera vez en nuestras sesiones la idea del realizador. Ahora estamos trabajando sobre eso. A mi novia, debo decir, no le hace mucha gracia mi decisión de quedarme algunas semanas más. Pero es que en los cuatro meses que llevo trabajando con la doctora Musetti, puedo sentir los avances y las mejoras en mi comportamiento. Me siento mucho más equilibrado. Y aunque es verdad que no he dejado de escribir mis cartas a la revista, ya no se encuentra en ellas el tono indignado que tenían hace algunos meses. Ahora, mayormente, el tono es cordial y expongo allí mis ideas y mi punto de vista con elegancia y sin necesidad de agredir a nadie. No hay ataques ni insultos. Y yo siento que, despojado de esa ira, mis reflexiones mejoran. Yo lo noto y, por lo que veo, mi realizador también debe haberse dado cuenta de la mejoría, ya que en su último artículo ha expuesto una importante teoría sobre la representación del objeto torpedo como símbolo de las ideas sumergidas en la literatura, ideas que explotan cuando entran en contacto con algún otro objeto bajo la superficie. Y esa es una idea mía. Toda mía. Si sigo así puede que en algún momento aparezca mi nombre en uno de esos artículos. Aunque, la verdad, ya no me interesa.

Escribir comentario

Comentarios: 0