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Los chistes del torpedo



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R.Arahuetes

Gerard Yamashita era un hombre de cultura que leía a Séneca antes de acostarse y no desayunaba sin un par de páginas del “De pictura” de Alberti; protegía su incipiente calvicie con una gorra plana, de esas que ya no se llevan y fumaba casi siempre.  Sus tres carreras de humanidades no le proporcionaban trabajo ni riqueza y para ganarse la vida había tenido que endeudarse y abrir un bar en el corazón del Raval de Barcelona, en la calle Robadors, la de las putas. Participaba en asambleas vecinales y su voz, tímida pero de dicción excelente en cualquiera de las seis lenguas que dominaba, era tenida en cuenta. Su bar Torpedo se caracterizaba por un aparato gastronómico del sur de España aderezado con jornadas poéticas, exposiciones y un concurso anual de imitadores de Chiquito de la Calzada, humorista que había entrado en el portal de la fama a mediados de los noventa renovando con sus chistes y extraño parlar el vocabulario de media España. Yamashita era fanático. En las paredes del local colgaban tres retratos excelentes al carboncillo de su propia manufactura: el guitarrista Django Reinhardt fumando un cigarrillo, escoltado por Leonardo da Vinci fumando un cigarrillo y Chiquito de la Calzada fumando un cigarrillo. Darle al pitillo representaba una actitud intelectual a la par que estética: simbolizaba al hombre pensante. Para él los genios pensaban y fumaban y de fondo escuchaban jazz.

 

Al menos una vez a la semana confiaba el bar a su camarero paquistaní, Jahan, y se sentaba en la mejor mesa a disfrutar del partido del Barça.

 

            - Difisil, ductur le decía Jahan emergiendo de detrás de la barra, siempre vestido con ropa muy holgada y de otra época, quizá hallada entre el fuselaje accidentado de un avión de la extinta RDA, Leganés, muy difisil.

 

Al escuchar doctor” se había echado a reír pero no sería él quien se privara de esa consideración. 


 

Con el partido a punto de empezar en el viejo Samsung de 32 pulgadas dispuesto en la pared entró el Suave con mucho aspaviento, a grandes zancadas, el vello del pecho bien visible por la camisa entreabierta, un AMOR DE MADRE tatuado en el brazo; las manos ásperas y encallecidas de estibador. El Suave era conocido por trapicheos, por vender cosas caídas” de contenedores y camiones, por ir muy peinado hacia atrás, a rastrillo y abotonarse poco la camisa. No había saludado a nadie al cruzar la puerta, ni al Jahan ni al Morales ni al manco Paquito Manodeperro, absorto, como Grouxo yendo de un camarote a otro, en alcanzar la mesa donde estaba su amigo. Se sentó a su lado, codo con codo y solo entonces, misión cumplida y partido sin empezar, se ofreció risueño, qué pasa Yama,” girando el tronco como un maniquí de dos piezas para estrecharle la mano.

 

Pidieron una botella de vino negro y Voll-Damms. También cecina, torreznos, croquetas de pollo y pistacho, habas (nadie hacía las habas a la extremeña como Jahan) salteado de riñones de cabra y dos morcillas por cabeza. Por si se quedaban con hambre pidieron un bol de arroz blanco. Comieron y bebieron prácticamente sin respirar hasta el minuto diez de partido.  

 

Terminaron y pidieron un corretto y más cerveza. El Barcelona se defendía tras un medroso inicio. El Suave gritaba:

 

            - ¡Va Piqué, rómpete el tupé! Venga hombre va, ¿pero esto qué es? ¿Pero lo estás viendo?

 

Al finiquitarse la primera mitad el Suave pegó un brinco para soltar un chiste de Chiquito. Empezó a caminar como si hubiera hormigas en el suelo y no quisiera pisarlas, sujetándose el riñón con una mano mientras contaba monedas con la otra. Se le escapaba una risa culpable porque los chistes de Chiquito, lo sabe todo el mundo, son malos de solemnidad,  el humorista arrastra ese peso desde el inicio, sabiendo, sin embargo, y aquí la culpa sobreviene doble, que contándolo como Chiquito, jugando con dados trucados, va a terminar doblegando al público.   

 

            - ¡Un circo llega a un pueblo!, necesitamos animales para los leones, que están hambrientos y se comen al público, queremos perros gatos gallinas borricos... –El Suave narraba bien, con el truco cogido, como si el mismísimo Chiquito lo poseyera.- Un gitano con el borrico, un borrico de veinte quilos, tan delgado que desaparecía si lo ponías de canto, naino naino, por la gloria de mi madre está la cosa mu mala, ¡que estamos friendo los huevos con saliva!

 

            - ¡Guárdatelo para el concurso, no seas tonto! -le decía Yamashita pasándose un clínex por los ojos.

 

            - Este borrico está mu delgao, le dicen, no sirve ni pa dar de comer a los leones. Te damos mil calas. ¡Nooorrll!, dise el gitano, -el Suave caminaba y caminaba, ahora adelante ahora hacia atrás- ¡Cobarde, dame dos mil! Pero si este animal lleva seis meses sin comé, se le ven los huesos sexuales.  Bueno, dos mil calillas. Hasta luego Lucas, more nore naur. El dueño del circo tira el borrico a los leones y al cabo de media hora, ¡ay ay gitano, me has buscao la ruina! Llama al gitano. Me has buscao la ruina. He echao el borrico en las jaulas y se ha comío a dos leones y tiene arrinconá a la pantera! ¡Polagloriademimadre!

 

El Morales y el Paquito Manodeperro reían a boca abierta. La risa de Yamashita no era sonora, nunca lo había sido, pero cuando estaba contento se notaba. El único impertérrito siempre era Jahan.

 

Durante la segunda parte el entrenador del Barcelona sacó al campo a Jordi Alba, y a un par de canteranos.

 

Yamashita, pensativo, preguntó al Suave:

 

            - ¿Tú lo ves?

 

Despertando de la digestión de los torreznos y morcillas el Suave, sobresaltado, dudó si le preguntaba por Luis Enrique y sus cambios o por la presencia (eso sí sería preocupante) de uniformados y secretas en el bar. Solo cuando comprobó que las seis o siete mesas a su alrededor estaban libres de sospecha, respiró hondo y con el poso de espanto aún en los ojos, inquirió:

 

            - ¿Lo cuálo?

 

            - La vida, ¿ves hacia dónde va?

 

            - Coño –hizo un silencio- Pues al hoyo.

 

            - ¿Y ya está?- Gerard Yamashita cogió la copa con su habitual gesto, una sencilla y

natural elevación del dedo meñique que algunos parroquianos referían a un pasado aristocrático de su familia en Japón y sorbió el vino con la lentitud de los entendidos.

 

Alguien había entrado en el bar y tomado asiento discretamente. El Jahan había ido a servirle y al volver interrumpió a los dos amigos en plena conversación:

 

            - Me parese Chiquitón del Calsado.

 

El Suave y Yamashita se intercambiaron una mirada incrédula.

 

Jahan señaló los retratos al carboncillo.  

 

            - El Chiquitón me parese.

 

Cortado en mano Yamashita se dirigió hacia la mesa del nuevo cliente. Estaba en su bar, lo adivinó enseguida: la nuca y la cabeza de cráneo brillante a la que se acercaba era la del humorista de mayor impacto en la historia reciente de España, el mismísimo Chiquito de la Calzada. El café hirviendo le temblaba en el platito como si lo hubieran olvidado sobre el capó de un Nissan Patrol de ocho cilindros. Con el gran hombre delante no supo qué decir. A Chiquito las patillas en forma de media luna le caían por las orejas y la frente despejada le terminaba en unos ojos acuosos y tristes, como si fuera un hombre cargado con un peso insoportable. Tenía más de ochenta años, el poco cabello sobre la alta frente repeinado hacia atrás como un bandolero de las series de Televisión Española. Vestía una camisa blanca bajo un traje azul casi negro con corbata verde aguamarina. Torso y hombros de anciano, las manos convexas de cantaor sobre la mesa retorciendo una servilleta. Yamashita intentaba hablar pero solo emitía un pitido gutural semejante al que haría un enfermo de bronquitis.

 

Las apagadas pupilas del humorista lo contemplaron.

 

            - Tú ere un Torpedo de Japonés. Le dijo finalmente En Japón hay muxo japoneses y muxo terremotos. Yo viví en Japón. Hase un siglo. Dos años durmiendo en una habitasión grande como un seisientos. Ganaba sinco mil calas por actuación. Pero no tenía a mi Pepita y me volví.

 

Yamashita estaba mudo. Al cabo de un rato comprendió que aún sostenía el platito con el cortado en la mano, enfriándose y se lo sirvió. Chiquito siguió hablando y confesó haber llegado al bar deambulando desde casa del productor de cine con el que había realizado varias películas y que el nombre del bar, Torpedo”, le hizo entrar.

 

            - ¡Cómo no iba a entrá en un bar llamado Torpedo!

 

Por desgracia, desde la muerte de su mujer (mis pies y mis manos, mi bastón, mi temple) no

hacía otra cosa que vagar, falto de memoria, sin retener las cosas, charlando con el retrato de su

esposa. Eso decía.

 

            - El ésito, el dinero, la fama, la casa nueva cambiaría por comerme unas tostás con la Pepita. De Nocilla, que éramo mu golosos, ¿te das cuen? Volvería ahora mismo a haser de cantaor en tugurios y sin cobrar un duro por cogerla la mano. Aunque fuera un paseíllo solamente. Ella se murió así ¡Pam! Sin despedirse. Y si te visto nomacuerdo.  

 

Chiquito terminó su alocución y miró a su izquierda y en la mirada se advertía que buscaba la aprobación a sus palabras, un gesto o una sonrisa tranquilizadora. Pero a su izquierda solo había una silla vacía y más allá otras sillas y otras mesas, todas vacías y en contacto ya con la pared, una máquina expendedora de tabaco.

 

El Suave se acercó y tomó el relevo de su bloqueado amigo.

 

            - Cada año le homenajeamos con un concurso de imitación, no sé si lo sabía.

 

            - ¿Cómo dise?

 

            - Le homenajeamos repitió el Suave.

 

            - Yo no sirvo pa na. No me acuerdo ni der teléfono de mi casa.

 

El Suave hizo una seña a Yamashita y este, nervioso, empezó a marcar un número en el móvil.   

 

            - Si usted quisiera… solo unos minutos. Ya lo estamos montando, para nosotros sería un

honor…

 

Al cabo de un par de horas, el concurso, adelantado un par de semanas, estaba en pie. A Chiquito lo habían acomodado en una especie de altar en compañía de unas bravas, boquerones, bombones de morcilla y un bol de arroz blanco; también una gran pinta de cerveza tostada, bien fría y con el grueso de espuma normativo.  Chiquito, asustado, daba sorbitos de vez en cuando.

 

Las actuaciones se realizarían en el fondo del local, un espacio descuidado y de iluminación tenue pero también íntima, donde se acumulaban cajas con género y al que se accedía sorteando mesas y sillas y bajando tres escaleras tras la barra de aluminio y la máquina de tabaco.

 

Alrededor del humorista, imitadores de todas las edades ejercitaban poses y sonidos, se recomponían los cuellos de floreadas camisas y caminaban como si sortearan cristales por el suelo mientras se sujetaban el riñón. Las expresiones pecador, torpedo, te das cuen, duodeno, quietor, se repetían. El Suave iba de aquí para allá agarrado a una cerveza ya caliente con la camisa cada vez más abierta, sin parar de hablar con quien quisiera escucharlo:

 

            - Las vocales a final de palabra, en chiquitostaní, son al, el, il, ol, ul. Acabado en ele.  Las consonantes, en realidad, también. Yamashita lo sabe mejor que es de letras. ¡Yama!

 

La noticia de la presencia del gran hombre había llenado las treinta sillas desplegadas en semicírculo. Se habían bajado las persianas para que no entrara más gente y levantado el veto sobre el tabaco. Jahan servía las mesas a destajo.  

 

El primer chiste lo contó el hijo de los del Can Josepet, uno de los bares de Robadors, un crío chino de unos diez años que había pasado de Pokemon a Chiquito en medio año y se había fanatizado consumiendo el recopilatorio Genio y figura volumen 2” a través de Youtube. En cuanto subió al escenario inclinó la cabeza ante la mesa de Chiquito y empezó su representación con grandes gritos de ¡¡pecadool,cobaalde!! mientras movía los piececitos como si estuviera sobre una cuerda de equilibrista. Cuando se le acababa el escenario giraba y volvía a empezar.       

 

Luego subió a escena un comercial sexagenario de una empresa de mensajería, escritor en sus ratos libres, al que su acento catalán, de Gironella no desanimaba a imitar el habla andaluza y los gestos del maestro mientras caminaba por el escenario fingiendo dolor en las lumbares.  Su afición a la escritura era tan incomprendida por su familia, ninguno presente, como su pasión por el humor del malagueño. Al terminar su actuación, tras tímidos aplausos, se acercó, lo ojos brillantes por la emoción, a estrechar la mano blanda del humorista.

 

A continuación actuaron media docena de personas, entre ellos Paquito Manodeperro, un ex legionario manco que explicó el chiste del niño orejotas y la Marilisa, una siciliana menuda y simpatiquísima, de rizos brunos y voz dulce, que ofrecía talleres de yoga postnatal a las prostitutas del barrio. Con unas pocas onomatopeyas y usando solo seis o siete palabras de la paleta idiomática de Chiquito compuso alguno de los más graciosos chistes de la noche. Tras ella se hizo un breve receso y Yamashita aprovechó para tomar asiento frente a la mirada perdida del maestro. No sabía decirle lo profundamente en deuda que se sentía por tenerlo ahí, por los buenos ratos pasados viendo sus shows, por la honradez de su trabajo, por no haberle visto nunca enfadado; toda una generación empapada por sus neologismos y su forma alegre y estrambótica de narrar la ciencia de la vida. Solo quería que supiera, si no lo sabía ya, que su paso por la tierra iba a dejar huella en la gente. Quería decirle que él, cuando estaba triste, hablaba chiquitistaní en la intimidad para ahuyentar las penas. Deseaba que se sintiera arropado, precisamente ahora que estaba solo y más lo necesitaba. También le hubiera agradado poder compartir con él su teoría sobre la tendencia del humor del siglo veintiuno a pecar de un rígido relativismo, gracioso solo para hipsters trasnochados. Todo esto quería transmitir pero no supo.

 

Lió un cigarrillo y se lo ofreció. Chiquito se quedó mirando el cilindro nicotínico en la punta de la mano extendida. La metástasis de una incipiente locura afloraba en sus ojos y Yamashita, sintiéndose ridículo, retiró el ofrecimiento y se encendió el pitillo.  

 

            - ¿Le molesta, maestro? acertó a balbucear.

 

            - A mí no me molesta ya nada, que tengo ochenta y cinco años. El otro día me caí y me quedé tirado en casa hasta que vinieron los bomberos.

 

            - ¿Le gustan las actuaciones? ¿Le parecen correctas?

 

            - ¿Los chistes?  Es que yo ya no me río. Es solo eso. Ahora voy por la calle mirando al suelo y sin hablar con nadie. No recuerdo ni mi teléfono. Mi sobrina me quiere llevar a su casa. Me disen que viva con ellos. Pero las cosas de Pepita dónde están, ¿eh? ¿Y su retrato? Cómo la voy a dejar ahí sola. No tuvimos hijos, ¿sabe usté?

 

            - ¿Quiere algo más de comer?

 

Chiquito, como si despertara de un largo sueño observó con atención las tapas en la mesa.

No había probado nada.

 

            - Ah, muxas grasias. Voy a comerme esta morsilla. Mmm, está mu rica. Yo estuve allí, sabe usté? Cantando. Sinco mil calas me pagaban.

 

Chiquito aguantó nueve concursantes. Al décimo dijo que se le hacía tarde, que había olvidado la lavadora encendida, como si estuviera en Málaga y no en Barcelona, como si no debiera irse a dormir a un hotel. Abandonó el bar entre la decepción de los congregados, a paso de tortuga, del brazo de Yamashita, que lo acompañó hasta la Rambla del Raval y lo subió a un taxi.  

 

Al volver, como escarcha de frigorífico, la tristeza había invadido el bar y vaciado algunas sillas, pero el Suave aún no había salido a escena y quedaban incondicionales con ganas de volver a reír. También faltaba la entrega de premios, aunque se intuía que la cortesía de la casa lo haría recaer en el más joven de los participantes. Yamashita se acercó a su amigo y le regaló un cigarrillo. El Suave estaba ya en camiseta imperio y tenía el aliento suyo de las siete de la madrugada. Fumaron.  Yamashita le dio un par de cariñosas collejas.

 

            - ¿Nos vamos al hoyo y se acabó? Tú, yo, Django, el Jahan, Leonardo, Piero della Francesca, Sócrates, Shakespeare, Chiquito de la Calzada,… ¿De verdad lo ves así?

 

            - Pa que nos coman los gusiluces.

 

Yamashita se fijó, como había hecho tantas otras veces en el ruinoso tatuaje que el Suave portaba en el antebrazo.  

 

            - Pues yo creo que tu difunta madre, en paz descanse, es ahora un ángel en el cielo esperando a reencarnarse para poder estar de nuevo contigo. De hecho en otra vida tu madre será tu hijo, un hermano o tu mujer.

 

El Suave contempló a su amigo. A veces olvidaba sus facciones orientales. Era algo sin importancia, pero al darse cuenta se enorgullecía de tener un compadre así, tan distinto al resto, tan generoso al compartir sus elevados pensamientos de igual a igual: la gente no se daba cuenta de la importancia de estas cosas para un tarambana como él. Entonces apuró el cigarrillo, lo tiró al suelo y caminando hacía el escenario dijo:

 

            - Deja a mi santa madre en el hoyo, no me la levantes todavía.

 

Y el público, en cuanto le vio el caminar rompió a aplaudir y a reír.

 

            - Uno borrasho, un pecador de la pradera nasido despué de lo dolore, borrasho perdío…en un coshe. Con una borrashera mu grande que le daba la mano al mismo do o tre vese

 

Y así empezó el chiste del borracho al que daba el alto un agente de la Meretérica.

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